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jueves, 14 de enero de 2016

Padura, el Che y la atracción trotskista

Más allá del ámbito literario, Trotsky y el trotskismo han tenido una importancia relativa en Cuba, pero la leyenda y el mito siempre han usurpado el lugar de la verdad


La figura de León Trotsky encierra la paradoja de atraer a intelectuales, aspirantes a revolucionarios y políticos frustrados, al tiempo que se mantiene como un ejercicio de minorías políticas influyentes pero no decisivas.
Esta simpatía no es ajena a un aprovechamiento oportunista. Lo practican, por ejemplo, los trotskistas norteamericanos que cada año acuden a la Feria del Libro de La Habana para exhibir sus libros, sin importarles un pasado de persecución de sus ideas en la Isla. Los mismos que se mantienen encasillados en la defensa del régimen cubano como la forma más fácil y segura de practicar su antinorteamericanismo.
En lo que se refiere a los intelectuales cubanos, Trotsky ha servido para alimentar tanto la obsesión paródica pero medular de Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres como el interés de Leonardo Padura por incursionar en un tema que por mucho tiempo fue tabú en Cuba, en El hombre que amaba a los perros.
Más allá del ámbito literario, Trotsky y el trotskismo han tenido una importancia relativa en Cuba, pero la leyenda y el mito siempre han usurpado el lugar de la verdad.
Al parecer resulta muy difícil escapar a esa dualidad, y en ocasiones se llega a la tergiversación mientras se intenta ampliar horizontes.
Durante una visita a Argentina, en mayo de este año, Padura se refirió a la influencia trotskista en Cuba:
“Si hubiera habido un asomo de Trotsky en Cuba, ese hubiera sido el argentino. Se cuenta que el Che tuvo una relación muy cercana con el grupo de trotskistas originales cubanos. A principios de la revolución la proyección socialista del gobierno cubano no estaba definida. Pero sí había allí un grupo de revolucionarios trotskistas con quienes el Che se relacionaba. Llegó un momento en el que el Che salió de Cuba y cuando regresó habían sacado de sus puestos a muchos de estos trotskistas. Y gracias al Che muchos recuperaron sus puestos. Eso quiere decir que había un conocimiento y una simpatía hacia el pensamiento trotskista”.
El rumor, la apariencia o la simple idea de que el Che Guevara tuviera una inclinación o sintiera una afinidad hacia el trotskismo es un fantasma que recorre la Isla desde el inicio de la revolución cubana.
Trotsky, el Che y los rumores
Cuando se conocieron en “casa de María Antonia”, el Che y Fidel hablaron de trotskismo. La realidad que empujaba a repetir este mito con tono conspirativo —convertido en secreto para quienes se creían iniciados en la obra de Trotsky por un par de lecturas clandestinas— es que el nombre del revolucionario ruso se pronunciaba en Cuba tanto con miedo como con respeto.
Otro rumor refería que en los primeros años de la revolución y por diversos rumbos varios trotskistas —juntos o en diversos grupos, aquí se multiplicaban las versiones— habían aterrizado en La Habana. Se decía además que el destino siempre había sido el mismo: todos conducidos de vuelta hacia la práctica de la revolución permanente en otras tierras del mundo: en Cuba no se necesitaba el concurso de sus modestos esfuerzos.
Poco más podía ser verificado, a principio de los años setenta, sobre la presencia del trotskismo en la Isla. Se sabía que en un número de Lunes de Revolución habían aparecido algunos trabajos del fundador del Ejército Rojo, pero no era posible comprobarlo en la Biblioteca Nacional. Se comentaba del gracioso que se había presentado en la carpeta del hotel Habana Libre, y pedido que por los altavoces trataran de localizar al camarada soviético Lev Davidovitch Bronstein. Aunque nadie podía afirmar que la broma fuera cierta. Lo real era que más de un revolucionario había cumplido prisión por sus ideas trotskistas, además de la existencia de algún que otro suicida por los mismos motivos.
Sin embargo, lo más lejos que podía llegarse se detenía siempre en el terreno de los malentendidos y las palabras dichas en el lugar y el momento inapropiados. Como la irritación del Kremlin hacia el Che y la acusación de la embajada de la Unión Soviética en La Habana, de que éste “desconocía los principios básicos del marxismo-leninismo”. O la queja de Moscú, cuando denunció a un artículo del guerrillero argentino como una muestra de “ultrarrevolucionarismo que bordea el aventurerismo”.
Pero aunque estos reproches no detuvieron los intentos de exportar la revolución, tampoco propiciaron que alguien en la Isla se atreviera a hablar de la necesidad de la revolución permanente.
También se sabía de la imprudencia de Jorge Ibarra, que colocó un asterisco al final de un trabajo publicado en la revista Casa de las Américas: “Capítulo de un libro sobre Lenin, Trotsky y Gramsci, de próxima publicación”. Sin embargo, ningún editor del Instituto del Libro llegó a preocuparse por eso, porque nadie del mundo editorial desconocía que Ibarra anunciaba libros que después abandonaba.
También por aquellos años la editorial Polémica publicó los dos tomos de la Teoría Económica Marxista La Formación del pensamiento económico de Carlos Marx de Ernest Mandel. Tampoco había aquí muchos motivos para quitarle el sueño a los censores. No solo las tiradas era muy limitadas, sino que ambas obras estaban restringidas a funcionarios y especialistas. Por lo tanto, los primeros seguro desconocían que el autor era trotskista y los segundos iban a leerlas —o ya las habían leído— en las ediciones mexicanas. Se hablaba de los planes para la publicación de los tres tomos de la biografía de Deutscher. Por lo demás, Trotsky era tabú.
La línea oficial era apartarse de la escolástica soviética, pero sin caer en un revisionismo extranjero. El gobernante cubano era quien dictaba los límites para avanzar al margen de la ortodoxia marxista-leninista decretada por Moscú, sin detenerse en muertos célebres.
Celia la “troskera”
Ahora las cosas han cambiado. En la Isla los estudiosos pueden mencionar el nombre y referirse a sus artículos y libros. Señalar sus aciertos y la agudeza de sus críticas a Stalin. Si entonces le hubieran hecho caso a Trotsky —se lamentan algunos—, quizá el socialismo no habría desaparecido de Europa Oriental.
Es una buena noticia que las simpatías hacia el revolucionario ruso ya son admitidas en La Habana, que éstas no impiden la entrada al Partido Comunista de Cuba (PCC). Al menos no se lo impidieron a la fallecida hija de Armando Hart y Haydée Santamaría.
Celia Hart, que murió en 2008, a la edad de 45 años, se destacó por su intento de reivindicar públicamente la figura y el pensamiento de Trotsky en la Isla. Su artículo La bandera de Coyoacán —publicado el 19 de diciembre de 2003— apareció en diversos sitios de internet, así como otro en que refuta la tesis estalinista de la construcción del socialismo en un solo país.
En una entrevista publicada en el diario mexicano La Jornada, el 6 de abril de 2005, Celia Hart señalaba que dos trabajos publicados en Juventud Rebelde el año anterior aparecieron sin la mención que hizo del luchador revolucionario. Luego agregó que en esos momentos estaba llevando a cabo una “reinvindicación” de la figura de Trotsky que hasta hace pocos años era “impensable”.
¿Por qué demoró tanto en aceptarse la figura más odiada por los estalinistas, si Cuba había dejado de depender de la generosidad soviética desde hacía más de una década? Si el encarcelamiento de los revolucionarios trotskistas cubanos supuestamente obedeció al deseo de congraciarse con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) —algo que Celia Hart no mencionó nunca en sus trabajos, pero ha sido señalado por diversos autores—, ¿qué otras razones determinaron esa demora?
Siempre dos veces
De la tragedia a la farsa. Así puede titularse un estudio sobre la influencia trotskista tras el primero de enero de 1959. Ahora la farsa es permitida y la tragedia olvidada. En La Habana de comienzos de este siglo, Celia Hart practicaba un trotskismo chic. Lo saludaban periodistas de paso y le disgustaba a algún que otro recalcitrante.
“Vengo de leerles una ponencia a los viejitos del Moncada y les gustó. Ponme una cerveza que me la he ganado (…) He presentado una ponencia desde las posiciones de Trotsky”.
Así hablaba Celia la “troskera”.
“El trotskismo estuvo presente en la revolución. (…) Pero lo hizo de manera clandestina, silenciosa, así como la luz difusa del atardecer, como ese brillo que es tan solo un instante, que penetra sin permiso en nuestras pupilas”, le dijo la hija de Armando Hart a Manuel Talens, en un reportaje de la revista Amauta, del 29 de marzo de 2006.
“La revolución cubana puede asumir la herencia trotskista sin que la tilden de oportunista”, agregó.
Rebeldía de bar habanero, con aire acondicionado en hotel para extranjeros.
Complicidad y oportunismo
Lo primero que tiene que hacer un verdadero trotskista cubano es denunciar la complicidad histórica del régimen castrista con los verdugos de Trotsky. Complicidad que obedeció no sólo a un oportunismo político, sino a la similitud de Moscú y La Habana en la elección de los medios que consideraron más adecuados para mantener el poder. Optar por un estalinismo sin Stalin, del cual era imposible desprenderse sin poner en peligro la hegemonía de quienes estaban al mando.
La segunda denuncia necesaria es echar por tierra cualquier pretensión de que el Che Guevara era trotskista, o de que al menos simpatizaba emocionalmente con las ideas del revolucionario ruso.
Sin embargo, lo que hizo Celia Hart fue intentar darle una continuidad al rumor del supuesto trotskismo del Che Guevara. Para ello se valió de una carta que su padre recibió del guerrillero:
“En 1965 el Che le escribe a Armando Hart estando en Tanzania acerca de sus convicciones para el estudio de la filosofía marxista. En el apartado VII le dice ‘y debería estar tu amigo Trotsky, que existió y escribió según parece’”, afirmó Celia Hart.
Era una tergiversación. Además de pasar por alto el tono irónico empleado por el argentino, alteraba la cita.
No le valió de mucho. Desde una posición estalinista, el escritor y periodista peruano Dante Castro salió a enmendarle la plana.
Castro —siempre aparece un Castro con relación a Cuba, aunque no sea pariente ni cubano— hizo referencia al comienzo del párrafo, omitido por Celia Hart.
En realidad, el párrafo citado del Che empieza de esta forma: “Aquí vendrán los grandes revisionistas (si quieren pueden poner a Jruschov), bien analizados, más profundamente que ninguno, y debía estar tu amigo Trotsky…”.
Queda claro que el Che no mostraba simpatía alguna por Trotsky, que su desdén era enorme por la figura del ideólogo y revolucionario ruso.
Sobre todo al tener en cuenta que el párrafo anterior de la carta citada —al que también hace referencia Dante Castro en el artículo reproducido en CubaNuestra Digital— se inicia de esta forma: “Aquí sería necesario publicar las obras completas de Marx y Engels, Lenin, Stalin [subrayado por el Che en el original] y otros grandes marxistas”.
Carlos Manuel Estefanía señala en su trabajo El trotskismo: vida y muerte de una alternativa obrera no estalinista, que en mayo de 1962 el gobierno de Castro suprimió el periódico Voz Proletaria, del Partido Obrero Revolucionario Trotskista (PORT), y mandó a destruir las planchas del libro de Trotsky La RevoluciónPermanente, que el PORT pensaba publicar, debido a un comentario del Che.
Celia Hart afirmó en “Welcome”… Trotsky que al final de su vida el Che pudo acercarse bastante a la literatura trotskista. Lo sustentó de esta manera: “Juan León Ferrer, un compañero trotskista que trabajaba en el Ministerio de Industrias me lo ha comentado. El Che recibía además el periódico de su organización y fue el Che quien lo sacó de la cárcel después de su regreso de África. El compañero Roberto Acosta, ya fallecido, tuvo gran camaradería con Guevara”.
Vale la pena detenerse en este dato, porque más allá de la anécdota sirve para ilustrar la relación del Che y el propio Fidel Castro con el trotskismo cubano.
Guevara y los trotskistas
Según el interesante testimonio de Domingo del Pino —un español que en la década de los años 60 era empleado del Ministerio de Industrias—, “el Che no excluyó por motivos ideológicos nunca a nadie que pudiese ser útil”. En el ministerio a su cargo trabajaba el ingeniero Roberto Acosta, “de quien luego sabríamos que era el jefe del trotskismo cubano”. El ingeniero Acosta había conseguido autorización del Che para publicar un boletín semanal titulado Boletín Informativo de IV Internacional-Sección Cubana, que se distribuía personalmente por los ministerios de Industrias y Finanzas. Esto explica la referencia al ingeniero Acosta en el artículo de Celia Hart y también aclara de que no se trataba de un periódico sino de un simple boletín. El verdadero periódico había sido suprimido por el propio Che.
Dice Del Pino en su testimonio Che Guevara ¿El Trotsky de Castro?, que el año de 1965 —clave en la vida del Che— resultó también el año del final del trotskismo en la Isla. Tras las declaraciones del guerrillero argentino en una conferencia en Argel, donde se refirió a que la URSS se beneficiaba al igual que los países capitales del “intercambio desigual” entre países industrializados y subdesarrollados, Moscú le expresó sus quejas a Cuba.
“Los trotskistas cubanos, a quienes Fidel Castro nunca había tomado en consideración como fuerza, eran unboccato minore que no obstante sufrirían las consecuencias de aquella irritación de la URSS y de Fidel con el Che. El líder máximo les infligiría un castigo ejemplar y público para satisfacer a la URSS porque ¿Qué podía agradar más a Moscú que un trotskista castigado?”, expresa Del Pino.
Acosta y otros connotados trotskistas del Ministerio de Industrias fueron encarcelados, registradas sus viviendas, decomisadas sus bibliotecas. Al regreso el Che intentó la liberación de los detenidos, pero no lo logró. En el caso específico del ingeniero Acosta, consiguió que éste fuera sometido a un proceso de “rehabilitación por trabajo manual” y enviado a trabajar a una planta eléctrica situada a 20 kilómetros de La Habana.
Iguales motivos
De igual forma que cuando le dio entrada en el país al asesino de Trotsky, Ramón Mercader, —primero en tránsito hacia Moscú y años después para residir en la Isla— Castro actuó solícito para complacer a Moscú. Los trotskistas en Cuba no tenían nada que perder, salvo la libertad. Para el gobernante cubano, significaban poco a la hora de complacer a un aliado del que dependía por completo.
En el caso del Che, más que de simpatía ideológica se podría hablar de deferencia hacia sus empleados. Es posible que compartiera las críticas al burocratismo, hacia la URSS y los países socialistas y la necesidad de un intenso trabajo de orientación política. Pero por encima de todo estaba de acuerdo con Castro en que el trotskismo era una fuerza insignificante en el panorama político de la Isla.
Al encarcelar a los trotskistas, Castro no sólo complacía a los soviéticos. También se quitaba del medio a un grupo políticamente insignificante, pero que desde una posición de izquierda estaba criticando los males —burocratismo, ineficiencia, nacionalizaciones innecesarias— generados por su régimen.
Fracasos y leyendas
Quienes intenten renacer el trotskismo en Cuba tienen que luchar contra una historia de fracasos y verdades a media. A partir de la leyenda de que Julio Antonio Mella era partidario de las ideas de Trotsky, el mito siempre se ha impuesto. La trama de las vicisitudes del movimiento son muy tentadoras para el novelista, pero exigen al político una visión crítica si quiere sacar alguna enseñanza al respecto.
La realidad es que el trotskismo nunca fue una fuerza política importante en la Isla, salvo en el frente sindical. Un grupo pequeño desde el punto de vista numérico, que no logró crear un cisma entre los comunistas cubanos y que jamás conquistó el apoyo de los sectores populares del país.
No se ha demostrado a cabalidad que Mella se mostrara partidario de las ideas trotskistas. No deja tampoco de ser motivo de debate la posibilidad de que fuera asesinado por agentes comunistas y no por testaferros del dictador Gerardo Machado y que Tina Modoti estuviera al servicio de la KGB. Tampoco es cierto que los trotskistas cubanos apoyaran sin reserva al Gobierno de los Cien Días de Grau-Guiteras, la organización Joven Cuba y el programa de Antonio Guiteras. Más bien fue un intento de penetrar al grupo para desplazar a la pequeña burguesía cubana de la dirección de la lucha y controlar el proceso. El estudio de este proceso, durante los años 30, no puede realizarse solo teniendo en cuenta la bibliografía trotskista, sino también la labor del fallecido historiador Rafael Soler Martínez. Más allá de las posiciones ideológicas, la conclusión es que tanto los seguidores de Moscú como los partidarios de Trotsky luchaban por el control del movimiento obrero y eran igualmente sectarios.
Por encima del valor intelectual de los ensayos y artículos de quien fuera la figura de pensamiento más brillante de la Revolución de Octubre, y su mejor orador y jefe militar, desde el punto de vista intelectual muy superior a Lenin —quien resultó un hábil político y un astuto estratega partidista, pero un pésimo teórico, que tampoco nunca alcanzó la brillantez del primero en el discurso público—, poco o nada hay que buscar como guía en Trotsky para mejorar la sociedad.
Trotsky siempre resultó una figura difícil de clasificar, una figura difícil de encasillar, un hombre afiebrado y con una sensibilidad que quizá le hubiera servido para frenar más de un error en caso de mantenerse en el poder. Pero también a un fanático que propugnó el establecimiento de “campos de concentración” —de acuerdo a Isaac Deutscher en The Prophet Armed— para encerrar a los trabajadores que abandonaran sus puestos; un militar que reprimió a sangre y fuego la primera sublevación popular contra el régimen soviético —la de los marinos de Kronstadt— y el artífice del comunismo de guerra. Trotsky posteriormente acusó a Dzerzhinsky de ser el culpable de la represión en Kronstadt, aunque aclarando que “una guerra civil no es una escuela de humanitarismo”, y admitiendo en última instancia su responsabilidad histórica.
Fue Trotsky quien entonces escribió a Stalin: “Los [rebeldes] querían una revolución que no hubiera conducido a una dictadura, y una dictadura que no empleara la fuerza”, cita el historiador Dimitri Volkogonov en su biografía, Trotsky.
Volkogonov agrega: “Trotsky y Stalin pueden haber sido diametralmente opuestos en términos personales, pero ambos siguieron siendo típicos bolcheviques, obsesionados con la violencia, la dictadura y la coerción”.
Es precisamente en la obsesión por la violencia donde se encuentra la afinidad entre Trotsky y Guevara. Solo que hasta en ese punto el Che prefirió una elección más sencilla y rápida: escogió a Stalin.

http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/padura-el-che-y-la-atraccion-trotskista-296576

Los errores fatales de Trotsky, un análisis erróneo del ciclo

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Contrariamente a la actividad de los “trotskistas” después de 1945, la de la corriente trotskista de 1938 tal como derivaba del programa de transición, estaba al menos relacionada con una tentativa de apreciación de la naturaleza del periodo (la agonía mortal del capitalismo, la ausencia de desarrollo de más fuerzas productivas, la próxima reemergencia del proletariado revolucionario). Aún si este análisis hubiera sido correcto, no habría justificado los extravíos oportunistas y activistas de Trotski. Pero importa recordar a los campeones actuales del empirismo que el viejo revolucionario tenia aún la preocupación que ellos han perdido: fundar su actividad sobre una comprensión de la situación objetiva.
Todos los segmentos de la obra teórica y política de Trotski están enlazados, en esta época, por un solo y mismo fin: la convicción de un ascenso revolucionario del proletariado. Trotski siempre percibió el retroceso mundial de la revolución como un fenómeno temporal, resultado de una interrupción momentánea del ciclo de luchas iniciado en 1917. En esta perspectiva, la derrotas, lejos de abrir todo un ciclo contrarrevolucionario (crisis/guerra/reconstrucción) lejos de arrebatar todas las adquisiciones organizacionales del ciclo anterior, no representaban ante sus ojos más que una pausa inestable, preludio de nuevas explosiones.
Es esta convicción jamás cuestionada la que se relaciona con su defensa de organizaciones pretendidamente “obreras”, que siguen siendo a pesar de sus jefes “conquistas” a defender. Es este el fundamento de su percepción de la burocracia rusa como una “bola en la cumbre de una pirámide”, de los sindicatos como “adquisiciones” de Octubre. Partiendo de estas premisas, Trotski cometió el error de considerar el fascismo como una reacción a un peligro de revolución proletaria, en tanto que éste no había podido desarrollarse sino porque la curva de la lucha de clase estaba ya en descenso (este error conduciría a Trotski a pensar que en Alemania en 1933, la presión de la clase podría “obligar” al PC y la SD a organizar el contraataque). Es igualmente esta convicción la que justificaba a los ojos de Trotski, la creación de una “Internacional” artificial, andamiaje apresurado destinado a destacar la vanguardia, la cual él estaba persuadido que se mantenía, como adquisición de luchas anteriores en el seno de las organizaciones estalinistas y socialdemócratas.
Sólo semejante visión puede explicar que en plena debacle del proletariado (1936) Trotski haya podido escribir sin dudar: “En Francia, los reformistas han logrado... canalizar y frenar al menos momentáneamente el torrente revolucionario. En los Estados Unidos hacen todo lo que pueden para contener y paralizar la ofensiva revolucionaria de más masas' y en fin en Alemania “los soviets cubrirán al país antes de que Weimar reúna una nueva asamblea constituyente...”
Trotski no había comprendido que desde el aplastamiento de la revolución alemana (1923), última esperanza de una recuperación del movimiento, se había impuesto la contrarrevolución, es decir el capital decadente, el que impone su lógica a todas las conquistas, a todas las organizaciones permanentes y que desviaba para sus propios fines las luchas. Crisis, fascismo, New Deal, Frente Popular, guerras locales y luego guerra generalizada, reparto del mundo, guerra fría, reconstrucción, no serán más que momentos de la contrarrevolución arrogante, segura de ella misma que, sobre el cadáver de la revolución, penetra las adquisiciones anteriores del movimiento y las vacía de su contenido proletario. En el curso de este ciclo sangriento, bárbaro, inhumano, todas las iniciativas de clase son desviadas hacia el terreno de la defensa de una fracción del capital contra otra.
Es verdad que en 1938 el capitalismo se halla en un marasmo espantoso y que hasta 1947-49 jamás la miseria de las masas había sido tan aguda. Pero lo que importaba comprender es que: cuando el proletariado en tanto que clase autónoma había sido eliminado de la escena, era el capitalismo el que superaba la crisis por sus propios medios (guerra/reparto/reconstrucción). Nada será dispensado a la clase obrera: es con su sangre y sus ilusiones como será establecido el nuevo mapa del mundo, de Cataluña a Stalingrado y de Dresde a Varsovia. Y es con el sudor de los trabajadores como será “reconstruida” la economía capitalista mundial.
En estas condiciones, el papel de los revolucionarios no era correr tras las masas desmoralizadas, dejando sus principios a un lado, y tomando parte en cada uno de los episodios de la lucha intestina del capital que es ante todo una lucha unánime contra los trabajadores, ni rumiar la poción milagrosa “transitoria” destinada a crear el “puente” entre su pasividad y la revolución, sino entregarse a un trabajo de estudio crítico de las experiencias pasadas y de preparación teórica, defendiendo los principios de clase y resistiendo a todas las tentaciones activistas e impacientes.
Ese trabajo, lo han cumplido algunas minúsculas fracciones salidas de las “Izquierdas” italiana y alemana, bien o mal, pero lo han cumplido. Que hayan sufrido ellas mismas la presión del periodo, que hayan atrapado en el curso de ésta interminable travesía enfermedades sectarias y dogmáticas o por el contrario empiristas, no cambia nada el hecho que es gracias a su lucidez como nosotros podemos actualmente superar el trotskismo.

La naturaleza de la URSS

Desde la segunda guerra mundial la cuestión de la naturaleza de la URSS no es ya una discusión abierta entre revolucionarios, sino una frontera de clase para los internacionalistas. La caracterización del capitalismo ruso como un Estado “obrero” conduce a la defensa de un imperialismo en un conflicto armado. Reconoce de hecho un papel progresivo al estalinismo y a la acumulación nacional: en una palabra, al capital envuelto con frases “socialistas” conduce por otra parte a la defensa de las nacionalizaciones, es decir a la tendencia del capitalismo decadente al capitalismo de Estado.
Esto siembra la confusión entre los trabajadores porque proclama, lo quiera o no, que no es posible para la clase obrera salir del falso dilema en que ha sido encerrada por décadas y del cual apenas comienza a salir: Elegir entre el capital ruso o el capital occidental.
Esto no es todo, la teoría del “Estado obrero degenerado” oscurece igualmente la comprensión de lo que es el capitalismo. Implícita o explícitamente, el análisis de Trotski que reduce el capitalismo a un cierto número de características, formales, jurídicas, parciales, fijas (la propiedad individual de los medios de producción, su venta, el derecho de herencia, etc..). Se prohíbe a si misma penetrar en el corazón de las contradicciones del sistema. No reconoce esas contradicciones en la URSS porque en realidad no las reconoce tampoco en los países capitalistas tradicionales.
Caracterizar a la URSS como un Estado obrero, es de entrada y ante todo afirmar que en la época de la dominación del capital a escala mundial, seria posible para un Estado nacional escapar al menos parcialmente a las leyes del modo de producción capitalista. Tal concepción monstruosa no puede descansar más que sobre una visión completamente falsa del capitalismo en tanto que sistema histórico y mundial.
Consideremos un instante un caso puramente imaginario y absurdo. Imaginemos que Rusia protegida por una muralla impenetrable, vive en la más completa autarquía frente al mercado mundial. Supongamos también que ninguna de las “categorías” aparentes del capitalismo pueda ser descubierta; que el sistema considerado en sí mismo presenta el aspecto de una gigantesca sociedad de esclavitud generalizada, sin intercambio exterior ni interior, sin dinero, sin capital. Supongamos aún que los esclavos son remunerados en especie y que el Estado “planifica” toda la economía hasta el último tornillo o grano de trigo.
Y bien, aún en este caso extremo y puramente hipotético, tendríamos el derecho de afirmar que sin salariado, sin intercambio, sin capital, las LEYES de la sociedad rusa estarían enteramente determinadas por las del mercado mundial y que sin “valor” reconocible, la LEY del valor constituiría la LEY que se oculta detrás de cada una de las manifestaciones de esta economía.
La autarquía no es más que una forma de la competencia. Aún si la acumulación estatal no revelara la forma capital/dinero, el excedente, el plusvalor y los productos del trabajo, la forma mercancía, la concurrencia con el capital mundial es lo que determinaría directamente la tasa, el ritmo y la forma de esta acumulación, es ella y solamente ella, la que permitiría comprender las relaciones sociales de producción y su dinámica y no la “maldad”, el “autoritarismo”, el “parasitismo” o el “burocratismo”“de los “gerentes”.
La simple necesidad de mantener esta autarquía exigiría la explotación feroz, intensiva, taylorista, sin cesar acrecentada de los trabajadores. Más la competencia internacional capitalista se agudizara, más la productividad del trabajo se acrecentara, más nuevas procedimientos técnicos, nuevas armas aparecieran, y más la autarquía dependería de la capacidad de los “burócratas” de acrecentar la productividad de su parte, de inventar nuevos procedimientos, nuevas armas. No es más que siguiendo paso a paso las necesidades impuestas por la concurrencia mundial que los faraones de este Estado imaginario podrían edificar las murallas que les dieran la ilusión de “escapar” a sus leyes. Es por ello que estaríamos perfectamente en el derecho de calificar a estos faraones como funcionarios del capital, capitalistas, porque no serían más que los representantes en el seno de esta fortaleza de la necesidad ineluctable de acumular, necesidad que es totalmente impuesta por el CAPITAL en tanto que modo de producción mundial. Aunque revistiera el aspecto de una negación aparente de las “categorías” del capitalismo, tal Estado no sería más que la personificación extrema del sistema, porque lejos de ejercerse mediante todo un juego de oferta y demanda y de ser obstaculizadas por restos precapitalistas, las leyes del capitalismo mundial se ejercerían directamente por intermedio de los funcionarios de este Estado, verdaderos sátrapas del capital internacional.
Aún en ese caso extremo sería completamente legitimo llamar a los burócratas rusos capitalistas tal como era legítimo para Marx llamar así a los esclavistas del sur de los Estados Unidos porque, decía él, no son esclavistas más que en (y por relación) a un sistema capitalista. En un mundo capitalista, aún en el país imaginario de los faraones modernos, el despotismo en el seno de la fábrica estaría subordinado a la anarquía del mercado, y la “planificación” a las leyes ciegas de la competencia.
Desgraciadamente para los sostenedores de la absurda teoría del “Estado obrero degenerado”, la realidad contradice aún más implacablemente los fundamentos de su análisis. En efecto, no solamente Rusia no vive en la autarquía, sino además todas las manifestaciones esenciales del capitalismo se hallan abiertamente establecidas en Rusia misma, no solamente en el sentido tomado más arriba, sino igualmente bajo una forma “interna” fácilmente reconocible. Los trabajadores rusos son remunerados bajo la forma de salario-dinero. Este hecho por sí solo implica la existencia del intercambio, de la producción mercantil, de la ley del valor, de la dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, del beneficio capitalista y de la baja de su tasa, ¡aún para los miopes trotskistas que analizaran a Rusia aisladamente!
Pero los herederos de la “revolución traicionada” se muestran incapaces de comprender la identidad de las tareas sociales de los proletarios rusos o americanos, chinos o franceses, polacos o alemanes. Los de los países llamados “socialistas” no deben dejarse engañar por las consignas “reformistas” (“democracia”, “reducción de los privilegios”, “autogestión”...) y los de los países capitalistas tradicionales por los discursos sonoros contra los “trusts” y las -especulaciones- o los “parásitos”. Las tareas de los obreros de los dos bloques se confunden: Destruir al Estado burgués primeramente a escala mundial y enseguida destruir la forma valor de los productos del trabajo (es decir, el hecho que sean intercambiados por intermedio de un equivalente general, según el tiempo de trabajo social necesario para su fabricación) aboliendo a escala del globo la separación de los trabajadores de los medios de producción y toda competencia, nacional o internacional. Destruyendo el salariado (intercambio de la mercancía fuerza de trabajo por un salario) y la producción mercantil (intercambio de mercancías). Esto es llevar a la muerte al capital, que no es ni el “poder de los monopolios”, ni de “doscientas familias” sino una relación social. Todo el resto: “nacionalizaciones”, “control obrero sobre las ganancias” no son más que propuestas para administrar mejor el capitalismo.
En los países del Este, el trotskismo se presenta como una corriente reformista que lucha por la revolución “política” que dejaría intactas las relaciones de producción capitalistas añadiéndole simplemente más palabras: “control obrero” y “democracia obrera”. Como no alcanza a comprender que el capitalismo de Estado no es más que la realización de las tendencias intimas del capitalismo tradicional en la época de su declive, se revela incapaz de superar mediante el pensamiento y la práctica el marco de estas tendencias y no hace más que avanzar un programa máximo que se mantiene sin llegar a la destrucción de las relaciones capitalistas.
En la hora en que el capital somete a toda la humanidad a sus propias necesidades, no es posible ser revolucionario en Paris y reformista en Gdansk, o internacionalista en Turín y chovinista en Moscú.

La guerra de España

La toma de posición de Trotski respecto a la guerra de España debía revelar la profundidad de su regresión en relación a los principios comunistas e internacionalistas. Por crítico que fuera, su apoyo al Frente Popular, al Estado burgués democrático y a la guerra imperialista que llevaban a cabo, constituía el signo precursor del hundimiento de la 4ª Internacional en el chovinismo en el curso de la segunda guerra mundial.
La posición de Trotski durante la llamada guerra “civil” es una obra maestra de centrismo. Comienza partiendo en tajos con violencia a la “democracia burguesa” y declarando que sólo la acción independiente del proletariado puede asegurar su propia victoria. Critica ferozmente no solamente el papel contrarrevolucionario de los estalinistas, sino también el de los anarquistas, del POUM, calificado a justo título de“ala izquierda del frente popular”. Sin embargo, el ex gran revolucionario ruso declara aceptar el mando oficial, en tanto que “no seamos tan fuertes como para derribarlo” y pone en guardia al proletariado contra toda tentativa de destrozar actualmente al gobierno de Négrin.., lo que “no serviría más que al fascismo”. (Tomo II de sus Escritos). Extremista en verdad, preconiza “delimitarse netamente de más traiciones y los traidores, sin dejar de ser los mejores combatientes del frente”.
La posición de Trotski se fundaba sobre un análisis completamente falso de las relaciones de clase en España. Consideraba que en el seno de la clase “republicana” se desenvolvía una revolución híbrida, confusa, medio ciega y medio sorda, que se trataba de transformar en revolución socialista. El describía la lucha entre los dos frentes de la lucha entre dos clases sociales, subyugados uno por la democracia burguesa, otro por el “fascismo”. En suma para Trotski, el ejército proletario con jefes burgueses: “si al frente de los obreros y campesinos afiliados, es decir de la España republicana, hubiera habido revolucionarios y no agentes cobardes de la burguesía...”, ¡si hubiera revolucionarios al frente del Estado burgués...! ¡No es Louis Blanc quien habla, es el hombre que un día estuvo al frente del soviet de Petrogrado!
En la época, la fracción de la “Izquierda Italiana” reagrupada alrededor de la revista “Bilan” mantiene un diagnóstico radicalmente diferente al que estaba en la base de esta visión fantasmagórica de una revolución “medio conciente” (?) que avanzaba a pies juntillas a la masacre bajo las órdenes de los “agentes cobardes de la burguesía”. De hecho, como lo muestran los camaradas de BILAN, si el levantamiento de julio del 36 contra los facciosos había constituido una primera emergencia del proletariado sobre sus propias bases de clase (huelga, armamento autónomo de los obreros, milicias...), sin embargo, “la fracción democrática de los representantes del capital había logrado encerrar al proletariado en un terreno antifascista de guerra civil, enrolar a los obreros en un ejército permanente burgués y reemplazar completamente los frentes de clase por frentes territoriales”.
El ataque frontal no había tenido éxito, pues la burguesía democrática había logrado fijar a la clase obrera sobre una base en que no podría ya afirmarse en tanto que fuerza autónoma.
Desde entonces la guerra “republicanos-nacionalistas” no era más que un conflicto intercapitalista, donde los obreros totalmente sometidos al Estado burgués se hacían masacrar por intereses que no eran los suyos. Además, como todo conflicto entre dos Estados burgueses, la carnicería española se volvió inmediatamente un momento de la guerra imperialista mundial donde los diferentes países tomaron más o menos claramente posición, por supuesto bajo la cubierta de “fascismo” o “antifascismo”, y donde los obreros y los campesinos pobres regaron su sangre al son de los cañones franceses, alemanes, rusos, etc.
En tales condiciones, la única oportunidad, por ínfima que fuera, de ver abrirse un proceso revolucionario, era oponer a los frentes imperialistas los frentes de la lucha de clase sin ningún temor de debilitar el frente republicano y llamando a los obreros a ser los “mejores combatientes” del frente de clase que ellos mismos debían instituir en el seno de los dos frentes imperialistas y no del “heroico” ganado del ejercito burgués, Los eternos “realistas” chillarán que ello hubiera favorecido a Franco, Pero la única oportunidad de batir a Franco era llevar la lucha de clase a las regiones que ocupaba y para ello hacía falta para comenzar que esta emergiera sin ningún compromiso, allí donde se encontraban las fracciones más avanzadas del proletariado, en las llamadas zonas “libres”. Aunque se declaraba en general de acuerdo con esta verdad elemental de que los obreros debían cumplir la revolución social contra Caballero y Franco, Trotski fue conducido por su visión superficial de las cosas a tomar partido de manera “crítica” por un ejército imperialista.
Hacia el final de la guerra en 1938-39 Trotski radicaliza su lenguaje al punto de retomar las tesis de la “Izquierda Italiana”, pero sin romper jamás con su catastrófica concepción según la cual en el interior de una guerra conducida por un Estado capitalista puede desarrollarse un proceso revolucionario que no trastorne completamente la disposición de los frentes y que bajo la dirección de un ejercito burgués permanente podía caminar una “revolución inconsciente”.
De esta capitulación a, la del conjunto del movimiento trotskista durante la guerra de 1940-45, no había más que un medio paso.

El programa de transición

El programa de transición es la continuación directa de la estrategia de la Internacional Comunista a partir de sus 2º y 3º Congresos. La discusión sobre la táctica “transitoria” es de una importancia fundamental. Esta saca a la luz la divergencia infranqueable que separa a los revolucionarios de los trotskistas. No podemos aquí agotar la riqueza de la cuestión que es la de la relación dialéctica entre luchas económicas y políticas, el movimiento y el fin, la clase y el programa, etc... Pero podemos intentar delinear el nudo del problema y mostrar al mismo tiempo que Trotski no lo aborda tampoco y se contenta con acomodar los vejestorios socialdemócratas en una salsa “radical izada”.
Un programa mínimo en la época que no puede haberlo ya
Trotski pretende “superar” la tradicional separación entre programa mínimo y máximo, estableciendo un programa de reivindicaciones transitorias susceptibles de entablar una relación entre las demandas inmediatas y la revolución. Este objetivo de ir más allá de la ruptura heredada del siglo XIX es loable. Pero precisamente, Trotski cae exactamente en el defecto que denuncia, al establecer un programa que no es el programa comunista. Trotski reconoce la necesidad ¡de que hubiera dos programas comunistas! Pero el segundo, si quiere tener una razón de ser, debe estar compuesto de reivindicaciones que no sobrepasen el marco burgués (si no, formarían parte del programa comunista), por tanto de reivindicaciones “mínimas”. Al reconocer que pudiera existir en la hora de declive del capitalismo, otro programa diferente al de la revolución comunista, Trotski divide nuevamente el proceso proletario y su curso en dos etapas: actualmente las reivindicaciones inmediatas, mañana el programa revolucionario. Que pretenda que las primeras conduzcan al segundo no cambia nada: ¡los socialdemócratas lo afirmaban también!
Hay que ser coherente: O bien existe un solo programa y este es el programa máximo, o bien existen dos y entonces se recae en la vieja dicotomía programa máximo / programa mínimo.
Por tanto, lejos de establecer la relación entre el movimiento elemental y el objetivo final, el programa de transición los disocia. La mejor prueba del hecho que el programa de transición no es más que un programa mínimo cubierto con una capa de fraseología “radical”, es que abunda en demandas reformistas y que el programa comunista se halla totalmente ausente (aún si Trotski reconocía aquí y allá la necesidad de la revolución).
Es así que se encuentra el “control obrero” (sobre el capital), el gobierno “obrero y campesino”, la reivindicación de las “grandes obras públicas” la expropiación de ciertas (?)ramas de la industria entre las más importantes para la existencia nacional (!) o de ciertos grupos la burguesía entre los más parásitos (!!!)”, “un sistema único de crédito, según un plan racional que corresponde a los intereses de toda la nación (¿!)”, “banca estatal única” y otras sandeces ni aún dignas del programa común de la izquierda. En ninguna parte se encuentra la destrucción del Estado burgués, la dictadura del proletariado, la destrucción de la competencia, de las naciones, del intercambio y de la forma valor de los productos del trabajo, del salariado. Trotski desea modernizar, estatizar el capital y generalizar el salariado, Marx, en cambio, deseaba destruir el capital y abolir el salariado.”
“Pero” nos responderán los trotskistas, “nosotros estamos de acuerdo, solamente que es el programa final y entre tanto, queremos otro programa para movilizar a las masas”, bien, pero entonces dejen de andarse hipócritamente por las ramas y reconozcan que tienen necesidad de dos programas, uno “mínimo” y otro “máximo”, uno para la lucha y otro para los discursos, ¡uno para los días de entre semana y otro para el domingo! y por favor, dejen de mofarse de los socialdemócratas, que al menos ellos lo reconocen abiertamente.
Un esquema utópico y burocrático
Los comunistas no tienen un programa para la sociedad capitalista. Pero es obvio que le conceden una importancia decisiva a las luchas elementales que surgen espontáneamente de su suelo. No comparten el desdén académico de los intelectuales burgueses por esas cuestiones “cuantitativas”. Saben que la crisis social produce una revuelta contra las condiciones sociales de existencia tales como se manifiestan cotidianamente para los trabajadores y que no es más que a partir de esta revuelta que una toma de conciencia de la necesidad de transformar la sociedad puede efectuarse. Saben que es a partir de la lucha elemental espontánea del proletariado que se engrana el proceso que conduce a su propia superación.
Pero es justamente porque conocen las formidables posibilidades de ampliación, de desarrollo de los combates económicos sobre el terreno revolucionario, que no los encierran por adelantado en reivindicaciones rígidas. Todo catálogo de reivindicaciones fijado al inicio de un movimiento de clase obstaculiza la profundización de ese movimiento fijándolo sobre aspectos parciales antes que tenga tiempo de expandirse, de alcanzar su amplitud.
Porque los revolucionarios saben que un movimiento de clase rechaza sus ilusiones y sus fijaciones particulares más rápido que el tiempo que los revolucionarios requieren para editar sus hojas volantes, se cuidan como de la peste de aprisionar como Trotski la riqueza, la fuerza y las potencialidades de la lucha en un programa de reivindicaciones rígidas y en un esquema doctrinario.
No solamente el programa de transición es reformista por el contenido de sus demandas, sino además porque toda su lógica consiste en encerrar al movimiento en el saco estrecho de sus consignas, aún antes de que haya comenzado a desplegar sus gigantescas posibilidades de crecimiento.
Trotski no se contenta con desear fijar el proceso de la lucha de clase sobre aspectos parciales. Tiene además la pretensión de “programar” la sucesión de formas de lucha, desde la huelga hasta la insurrección Trotski desea hacer avanzar el movimiento en una especie de juego de la oca salido de su imaginación dogmática. Cree que la lucha va primero a tal casilla, luego bajo el impulso de tal consigna pasa a la casilla siguiente. Y por fin, después de haber “transitado” dócilmente los pasos previstos, arriba al objetivo final.
El movimiento real no sigue ningún esquema burocrático. Huelgas, luchas económicas, luchas políticas, comités de huelga, iniciativas informales, ocupaciones, Soviet: la lucha no se desenvuelve según un plan preconcebido, sino que sus formas se engendran mutuamente, se ínter penetran, se suceden, desaparecen y vuelven en el momento menos esperado.
Marx escribía que los comunistas no tienen principios particulares sobre los cuales pretenderían modelar el movimiento práctico de la lucha de la clase. Esta frase es más profunda de lo que se piensa. Significa que no corresponde a la organización de revolucionarios definir de manera idealista las formas y las reivindicaciones por adelantado. Ello lo hará el proletariado mismo en el fuego de la acción, según las circunstancias concretas y de una manera mucho más segura que no importa que minoría “esclarecida”.
En nuestra época una gran parte de los movimientos de clase parten sin reivindicaciones precisas y no es más que después de una cierta relación de fuerzas que se plantea el problema de fijar objetivos precisos, negociar, etc. Es esta ausencia de limites a priori que conlleva la posibilidad de la extensión del movimiento; de su profundización, de su radicalización. En estas condiciones, la función de los sindicatos y los trotskistas, es la de desgastar el movimiento clavándolo sobre limitaciones “realistas” desde el inicio.
Los revolucionarios saben dos cosas:
- que detrás de cada huelga se yergue la hidra de la revolución y que su función es únicamente expresar las tendencias revolucionarias inherentes a las luchas;
- que aún los éxitos económicos inmediatos dependen de una relación de fuerzas política a la escala de la sociedad y que menos el movimiento se fije sobre objetivos “realistas” y “razonables” al comienzo, más impondrá una posición de fuerza susceptible de obligar a la clase adversaria a ceder. Lo que tiene evidentemente el efecto de reforzar su determinación.
Movimiento y programa
Los revolucionarios no condenan ni fetichizan ninguna forma de la lucha de clase. Su papel no es modelar el movimiento, sino fecundarlo expresando su sentido general, por tanto haciendo todo por impedir que los sindicatos e izquierdistas limiten sus potencialidades y oculten su significación y su dirección.
Debemos ser a la vez extremadamente flexibles y extremadamente rígidos. Flexibles porque en tanto que miembros de la clase, sabemos en las circunstancias más diversas retomar, amplificar las formas, las reivindicaciones que surgen espontáneamente de la masa, formular lo que las masas sienten, lanzar consignas unificadoras porque van en el sentido de la extensión y de la radicalización del movimiento. Rígidos porque en tanto que organización, defendemos integralmente en cada momento como único programa, el programa comunista (el resto son compromisos efímeros). Tal es nuestra función especifica, porque es en torno a este programa que se reagrupan los trabajadores más concientes que atraen a los otros y es a partir de esta visión del objetivo que destacamos del movimiento las tendencias revolucionarias.
iTrotski está por la flexibilidad en el programa y el abandono del objetivo final y por el dogmatismo rígido frente al movimiento! El comunismo es el sentido del movimiento. Abandonar el comunismo, es traicionar la esencia misma del movimiento, es impedir su única realización: el comunismo.
Extractos del folleto: Ruptura con Lutte Ouvriere y el Trotskismo.
marzo de 1973.
http://es.internationalism.org/Trotski/ciclo.htm

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Análisis del texto: Los errores fatales de Trotsky
El texto es una crítica a la teoría y práctica de Leon Trotsky, fundador de la Cuarta Internacional. A continuación, se presentan los extractos más importantes y esclarecedores:
La naturaleza del capitalismo y la revolución
  • "La agonía mortal del capitalismo, la ausencia de desarrollo de más fuerzas productivas, la próxima reemergencia del proletariado revolucionario" (p. 1)
  • "Trotski no había comprendido que desde el aplastamiento de la revolución alemana (1923), se había impuesto la contrarrevolución, es decir el capital decadente" (p. 2)
La crítica a la teoría del "Estado obrero degenerado"
  • "La caracterización del capitalismo ruso como un Estado 'obrero' conduce a la defensa de un imperialismo en un conflicto armado" (p. 3)
  • "La teoría del 'Estado obrero degenerado' oscurece igualmente la comprensión de lo que es el capitalismo" (p. 3)
La guerra de España y el Frente Popular
  • "La posición de Trotski durante la llamada guerra 'civil' es una obra maestra de centrismo" (p. 5)
  • "Trotski consideraba que en el seno de la clase 'republicana' se desenvolvía una revolución híbrida, confusa, medio ciega y medio sorda" (p. 5)
El programa de transición
  • "El programa de transición es la continuación directa de la estrategia de la Internacional Comunista a partir de sus 2º y 3º Congresos" (p. 7)
  • "Trotski pretende 'superar' la tradicional separación entre programa mínimo y máximo, estableciendo un programa de reivindicaciones transitorias" (p. 7)
  • "El programa de transición no es más que un programa mínimo cubierto con una capa de fraseología 'radical'" (p. 8)
Conclusión
El texto es una crítica profunda a la teoría y práctica de Trotsky, argumentando que su análisis del capitalismo y la revolución es erróneo y que su programa de transición es reformista y no revolucionario.

TROTSKY vs STALIN

Lenin, el indiscutible lider de la Revolución, murió en 1924 en un momento en el que se debatía cuál era el mejor camino para consolidar la revolución. 

Diferentes propuestas enfrentaron a los dirigentes del Partido, en especial a Trotsky y Stalin.

Stalin, que se había convertido en el Secretario General del Partido Comunista de la URSS (PCUS), se hizo dueño de la situación en 1927, y se convirtió en el principal dirigente de la URSS. Trotsky, su rival, se vió obligado a exiliarse del país ante las acusaciones vertidas por su rival, siendo asesinado en Mexico por orden del mismo Stalin en 1940, a manos de un terrorista catalán llamado Ramón Mercader.


- En primer lugar, os propongo que leáis lo que pensaba Lenin de Stalin poco antes de falleccer:

"El camarada Stalin, desde que llegó a secretario general, ha concentrado en sus manos un inmenso poder, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con prudencia.(...) Stalin es demasiado brutal, y este defecto, tolerante en las relaciones entre comunistas, es inadmisible en el puesto de secretario general. También propongo a los camaradas en la forma de desplazar a Stalin y de nombrar en ese puesto un hombre que presentara, desde ese punto de vista, la ventaja de ser más tolerante, más leal, más educado, más atento hacia los camaradas, menos caprichoso, etc.”

Lenin. Cartas de 23 al 26 de diciembre de 1922, dirigidas al XIII Congreso del PCUS.

Por su parte Trotsky, pensaba de Stalin lo siguiente:



- Stalin, dirigirá la URSS durante casi 30 años, ejerciendo una verdadera dictadura en la que el Partido Comunista controlaba todos los órganos del Estado. Su liderazgo quedó reforzado por el "culto a la personalidad" que se daba a su persona. Todo sospechoso de oponerse a Stalin fue acusado de "enemigo del socialismo" y la represión afectó al conjunto de la sociedad, incluyendo al Partido Comunista, y como hemos visto a Trotsky, a quien no solo asesinó, sino que también borró de la memoria.

A continuación os propongo el "juego de las diferencias":




Si amigos, el Photoshop se inventó mucho antes de que nacieráis.

Para finalizar, fijáos en la imágen que se genera Stalin como lider de la URSS, a falta de santos y vírgenes, el culto se le rendía a él:


http://profemariodiaz.blogspot.com.ar/2010/04/trotsky-vs-stalin.html

“Si camina con la derecha no puede llamarse izquierda”

ENTREVISTA a Stella Calloni. La reconocida periodista explica qué es y cómo funciona la Doctrina Contrainsurgente de Estados Unidos. Asegura: “El poder hegemónico maneja el 95% de la información que circula en el mundo”.
 
Por Héctor Bernardo
Stella Calloni es periodista y escritora. Tiene una extensa trayectoria y ha sido varias veces galardonada. Entre sus investigaciones sobresalen: Evo en la mira: CIA y DEA en BoliviaNicaragua: El tercer díaPanamá: Pequeña Hiroshima, y, la más destacada de ellas, Operación Cóndor: Pacto Criminal.
En esta entrevista –que es un parte de una extensa charla realizada para el libro sobrepensadores de Nuestra América–, Calloni explica qué es y cómo se ha aplicado la Doctrina Contrainsurgente. Analiza cuál ha sido y es el rol de los medios y afirma contundente: “No puede ser que le hagan al presidente Maduro lo mismo que le hicieron a Salvador Allende hace cuarenta años y no reaccionemos. Parece que no hemos aprendido nada”.
-¿Qué es la contrainsurgencia?
-La contrainsurgencia es una doctrina que se estableció a partir de los años sesenta, luego del triunfo de la Revolución Cubana. Se trata de una serie de metodologías implementadas para evitar que surgiesen otros gobiernos que desobedecieran los mandatos de Estados Unidos y su esquema de dominación.
La contrainsurgencia abarca acciones de todo tipo: políticas, económicas, culturales, militares y psicológica, con el fin de agredir a un gobierno determinado. Es un esquema de ataque permanente contra cualquiera de los países o gobiernos que quieran salirse de la dependencia de Estados Unidos.
-¿Cuál podría ser un ejemplo de contrainsurgencia?
-Todo lo actuado contra Salvador Allende, incluso desde antes de que asumiese como presidente de Chile. Allí se financió a los sectores civiles, paramilitares y parapoliciales para que realizaran ataques y sabotajes. El más emblemático de esos ataques fue el asesinato –en 1970– del comandante en jefe del Ejército, René Schneider, un militar institucionalista. Luego de la asunción de Allende, comenzaron un sabotaje permanente contra su gobierno. Aplicaron una guerra económica, infiltraron sindicatos como el de camioneros, utilizaron a los medios para desacreditar permanentemente al gobierno –el diario El Mercurio es un ejemplo en ese sentido–. Todo eso financiado por la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA), a través de la ITT Corporation (International Telephone & Telegraph), una de las grandes empresas trasnacionales de Estados Unidos, y la Agencia Internacional para el Desarrollo. Todo ese ataque contrainsurgente, que incluía sabotajes terroristas, derivó en el golpe militar de 1973 contra Salvador Allende.
Cuando uno mira lo que pasó en Chile y se lo compara con lo que pasa actualmente en Venezuela, se ve que es exactamente igual: desabastecimiento, sabotajes, desinformación, etcétera.
“LA CONTRAINSURGENCIA ABARCA ACCIONES DE TODO TIPO: POLÍTICAS, ECONÓMICAS, CULTURALES, MILITARES Y PSICOLÓGICA, CON EL FIN DE AGREDIR A UN GOBIERNO DETERMINADO. ES UN ESQUEMA DE ATAQUE PERMANENTE CONTRA LOS PAÍSES QUE QUIERAN SALIRSE DE LA DEPENDENCIA DE ESTADOS UNIDOS.”
-¿La Operación Cóndor también es parte de este entramado?
-La Operación Cóndor fue un claro ejemplo de una táctica de contrainsurgencia. Las dictaduras militares de América Latina se unieron para esta operación conjunta, que era como una omertá mafiosa en la que todos iban a ser responsables de los asesinatos que se cometieran en nombre de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Hay quienes quieren confundir y hablan de la doctrina francesa, que es una doctrina de guerra contrainsurgente que, como otras similares, forma parte de las enseñanzas de la Escuela de las Américas. Sin duda en los años sesenta los militares argentinos, por ejemplo, estudiaban en Francia y luego todos los que concurrieron a la Escuela de las Américas en el Comando Sur también estudiaban esa doctrina francesa, en especial lo referido a la contrainsurgencia urbana. Pero no fue Francia la que impuso las dictaduras del Cono Sur. También es contrainsurgencia intentar tapar la responsabilidad de Estados Unidos en el surgimiento y sostenimientos de nuestras dictaduras.
-¿Qué rol juegan los medios?
-La concentración mediática es parte de este esquema contrainsurgente, no sólo en América Latina, sino en todo el mundo. En este período histórico, el poder hegemónico maneja el 95% de la información que circula en el mundo. La información se procesa en las propias oficinas militares del Pentágono.
“LA CONCENTRACIÓN MEDIÁTICA ES PARTE DEL ESQUEMA CONTRAINSURGENTE EN TODO EL MUNDO. EN ESTE PERÍODO HISTÓRICO, EL PODER HEGEMÓNICO MANEJA EL 95% DE LA INFORMACIÓN QUE CIRCULA. LA INFORMACIÓN SE PROCESA EN LAS PROPIAS OFICINAS MILITARES DEL PENTÁGONO.”
-¿Qué se puede hacer para enfrentar esta doctrina contrainsurgente?
-Primero, los gobiernos de la región tienen que evaluar con claridad cuál es la situación actual y dónde están los verdaderos peligros. Hay que tomar como ejemplo lo realizado por el presidente Evo Morales, que expulsó de Bolivia a la CIA, la DEA y la USAID. Y cuando descubrió que desde la embajada de Estados Unidos se intentaba fomentar un golpe de Estado, no dudo en expulsar al embajador.
Además, en la actualidad, las derechas regionales son absolutamente dependientes del financiamiento, el asesoramiento y los mandatos externos. En Argentina tenemos un ejemplo clarísimo con la oposición respondiendo a los fondos buitre que intentan atacar a este país por una deuda contraída totalmente en la ilegalidad.
Tenemos que estar muy preparados para enfrentar estas situaciones. No puede ser que le hagan al presidente Maduro lo mismo que le hicieron a Salvador Allende hace cuarenta años y no reaccionemos. Parece que no hemos aprendido nada.
Todos los organismos de integración de la región tienen que ponerse de acuerdo para combatir los planes contrainsurgentes que amenazan a nuestros pueblos.
Ellos utilizan todos sus recursos. Han infiltrado las izquierdas. Lo vemos en estos días en Ecuador, en el plan contrainsurgente que se lleva adelante contra el Gobierno. Hace pocos días se pudo ver que había marchas de las derechas y las izquierdas radicales en contra del Gobierno del presidente Rafael Correa. En eso también hay que tener una definición clara: un sector no es de izquierda porque lo diga, sino porque en los hechos demuestra que lo es. Una izquierda que camina con la derecha no puede llamarse izquierda, porque ha perdido sus características y sus principios.

http://www.diariocontexto.com.ar/2015/07/07/si-camina-con-la-derecha-no-puede-llamarse-izquierda/