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martes, 10 de noviembre de 2015

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?


Idiocracia (2006) es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota? 
Las televisiones de Idiocracia
En la búsqueda de información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web de Edge.org cuyo lema es:
 «Para llegar a la frontera del  conocimiento del mundo, busca las mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que se pregunten unos a otros las cuestiones que se hacen a sí mismos».
Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150 personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel, investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.
En 2013 la pregunta de Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.
Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que está en azul o lo que está en negro.

En Idiocracia, los idiotas tienen más hijos que los inteligentes

Árbol de los idiotas
Idiocracia comienza exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco inteligentes, el número de estúpidos crece.
Un matrimonio de personas con alto coeficiente de inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres adolescentes.
Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:
«En estos días, las personas con buena formación intelectual tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen hijos».
Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país. Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.

Se llega a la Idiocracia cuando se desprecia la ciencia

El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?
Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».
Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.

En Idiocracia no hay noción del tiempo

En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.
Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el tiempo del «ya».
El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de  250 milisegundos en abrirse. El parpadeo de un ojo.
 «Las tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».
La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez—  que crea la tecnología:
 «Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente. Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».
 ¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:
 «Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más grande!».  ¿No es esto un pensamiento idiota?

La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la ciencia.

Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia (otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.
«Desde entonces millones de personas han fallecido de cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados en ella».
Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:
«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la ciencia [...], que la investigación es una búsqueda sin fin».
 Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».

Los ciudadanos de Idiocracia no se paran a observar las cosas

En Idiocracia uno de los mayores problemas es la falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua en lugar del refresco es tomado a burla.
Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación.
«Hubo un tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».
Martin considera que Google puede ofrecer imágenes y datos de una planta de una manera nunca antes posible, pero que ninguna imagen puede tener la precisión de Darwin. Ella apuesta por entrenar la atención en las pequeñas cosas.

 En Idiocracia no hay conocimiento de la historia

Chaplin Hitler
En el Washington de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.
Para la historiadora de ideas Noga Arikha la indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso de internet:
«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet [...]. Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos en una pantalla [...]. Todo se iguala».
Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido. Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco». Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.
Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como casas.
Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en «meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».

En Idiocracia, la lectura y la escritura se han degradado

En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones». En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática. Por otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora. Los autodenominados «implosionarían».
David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.
Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque «apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.
Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de 1960.
Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás. Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre 3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario tiene una licenciatura.
Roger Schank también considera que el lenguaje se está degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes, pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».
Gavin Schmidt, climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en la calle a menudo degenera en mero tribalismo».

En Idiocracia hay una alta dependencia de las máquinas

Idiocracia cuenta  con una tecnología sofistica manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnóstica perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los que las usan lo hacen por mímica.
La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al de Idiocracia,lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un dedo con apenas razonamiento:
«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión, juegos, información y comunicaciones».
Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres [...] y no podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».
Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500 euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es ponerle el tono del eructo bajo el agua».
Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es fiesta?».
Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas: enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería, cocina, agricultura…

En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos

El presidente en Idiocracia
El presidente de los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que han comprado al Gobierno.
El productor de música y artista Brian Eno responde a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco no quieren tener nada que ver con la política».
Eno considera que la actual política (estadounidense) está hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán, que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.
«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan [...]. La responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos que otros las hagan por nosotros».
Roger Schank también considera que la política está llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un argumento razonado».
En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras que los otros responden con pataletas y silbidos.
Presidente Camacho
Para el oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos inmersos, no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para ser elegidos:
«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote por ellos [...]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión, el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».
Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva cultura de internet.

En Idiocracia, los medios embrutecen a las personas

La película más vista en Idiocracia se llama CULO. Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito). 
El programa más visto en Idiocracia es Oh, mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena patadas y accidentes en los testículos.

Un espectáculo que tiene un espejo en America’s Got Talent. 

No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez [...], programas que dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».
Schank considera que las grandes corporaciones están tras la glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre cómo funciona el medicamento [...]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa [...]. La gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».
Larry Sanger, cofundador de Wikipedia Citizendium, también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en concreto a los medios online:
«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son elHuffington Post de la izquierda y National Review Online a la derecha».
Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos políticos significativos.
Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los idiotas, los villanos son los otros.
Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente digeribles [...]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones, porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».
Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».
Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera de sus propios microcosmos de internet».

En Idiocracia no existe la individualidad

Idiocracia moda
En Idiocracia los medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante, Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.
En Idiocracia no hay más interés que el placer inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder la vida.
En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.
Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino Unido), Acapulco Shore (México) oWarsaw Shore (Polonia). Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.
Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de arte Serpentinede Londres, se queja de que las ciudades de la mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.  
Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».
O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del progreso pasa de una región a otra del  mundo. Pero ahora, por primera vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».
Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:
Presidente No Sé de Idiocracia
JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época se repetirá de nuevo.


http://www.yorokobu.es/idiocracia/

jueves, 29 de octubre de 2015

¡OXIMORON! (LA DERECHA INTELECTUAL Y EL FASCISMO LIBERAL)

Subcomandante Insurgente Marcos

En la figura que se llama oximoron, se aplica una palabra un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro. 
Jorge Luis Borges.

Advertencia, introducción y promesa
Ojo: Si usted no ha leído el epígrafe, más vale que lo haga ahora porque si no, no va a entender algunas cosas.

Un hecho irrefutable: la globalización está aquí. No la califico (todavía), simplemente señalo una realidad. Pero, puesto que oximoron, hay que señalar que se trata de una globalización fragmentada.
La globalización ha sido posible, entre otras cosas, por dos revoluciones: la tecnológica y la informática. Y ha sido y es dirigida por el poder financiero. De la mano, la tecnología y la informática (y con ellas el capital financiero) han desaparecido las distancias y han roto las fronteras. Hoy es posible tener información sobre cualquier parte del mundo, en cualquier momento y en forma simultánea. Pero también el dinero tiene ahora el don de la ubicuidad, va y viene en forma vertiginosa, como si estuviera en todas partes al mismo tiempo. Y más, el dinero le da una nueva forma al mundo, la forma de un mercado, de un mega-mercado.
Sin embargo, a pesar de la "mundialización" del planeta, o más bien precisamente por ella, la homogeneidad está muy lejos de ser la característica de este cambio de siglo y de milenio. El mundo es un archipiélago, un rompecabezas cuyas piezas se convierten en otros rompecabezas y lo único realmente globalizado es la proliferación de lo heterogéneo.
Si la tecnología y la informática han unido al mundo, el poder financiero que las usa lo ha roto usándolas como armas, como armas en una guerra. Antes hemos dicho (el texto se llama "7 Piezas sueltas del rompecabezas mundial", EZLN, 1997) que en la globalización se lleva a cabo una guerra mundial, la cuarta, y que se desarrolla un proceso de destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento (estoy tratando de resumir apretadamente, sed benévolos) en todo el planeta. Para la construcción del "nuevo orden mundial" (Planetario, Permanente, Inmediato e Inmaterial, siguiendo a Ignacio Ramonet), el poder financiero conquista territorios y derriba fronteras, y lo consigue haciendo la guerra, una nueva guerra. Una de las bajas de esta guerra es el mercado nacional, base fundamental del Estado-Nación. Éste último está en vías de extinción, o cuando menos, lo está el Estado-Nación tradicional o clásico. En su lugar, surgen mercados integrados o, mejor aún, tiendas departamentales del gran "mall" mundial, el mercado globalizado.
Las consecuencias políticas y sociales de esta globalización son una figura de oximoron reiterada y compleja: menos personas con más riquezas, producidas con la explotación de más personas con menos riquezas, la pobreza de nuestro siglo es incomparable con ninguna otra. No es, como lo fuera alguna vez, el resultado natural de la escasez, sino de un conjunto de prioridades impuestas por los ricos al resto del mundo (John Berger. Cada vez que decimos adiós. Ediciones de la flor. Argentina, 1997, pp. 278-279.); para unos cuantos poderosos el planeta se abrió de par en par, para millones de personas el mundo no tiene lugar y vagan errantes de uno a otro lado; el crimen organizado forma la columna vertebral de los sistemas judiciales y de los gobiernos (los ilegales hacen las leyes y "guardan el orden público"); y la "integración" mundial multiplica las fronteras.
Así que, si resaltáramos algunas de las principales características de la época actual, diríamos: supremacía del poder financiero, revolución tecnológica e informática, guerra, destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento, ataques a los Estados-Nación, la consiguiente redefinición del poder y de la política, el mercado como figura hegemónica que permea todos los aspectos de la vida humana en todas partes, mayor concentración de la riqueza en pocas manos, mayor distribución de la pobreza, aumento de la explotación y del desempleo, millones de personas al destierro, delincuentes que son gobierno, desintegración de territorios. En resumen: globalización fragmentada.
Bien, según este planteamiento, en el caso de los intelectuales (puesto que tienen que ver con la sociedad, el poder y el Estado) cabría preguntarse: ¿han padecido el mismo proceso de destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento?; ¿qué papel les asigna el poder financiero?; ¿cómo usan (o son usados por) los avances tecnológicos e informáticos?; ¿qué posición tienen en esta guerra?; ¿cómo se relacionan con esos golpeados Estados-Nación?; ¿cuál es su vínculo con ese poder y en esa política redefinidos?, ¿qué lugar tienen en el mercado?, y ¿qué posición toman frente a las consecuencias políticas y sociales de la globalización? En suma: ¿cómo es que se insertan en esa globalización fragmentada?
El mundo habría cambiado por y para esta guerra. Si así fuera, los intelectuales "clásicos" no existirían más, ni sus antiguas funciones. En su lugar, una nueva generación de "cabezas pensantes" (para usar un término acuñado por el comandante zapatista Tacho) habría emergido (o está por emerger) y tendrían nuevas funciones en su quehacer intelectual.
Aunque aquí nos trataremos de limitar a los intelectuales de derecha, serán evidentes algunos señalamientos sobre los intelectuales en general y sobre su relación con el poder. Como el propósito de este texto es participar y alentar la polémica entre intelectuales de derecha e izquierda, queda una reflexión más profunda (sobre los intelectuales y el poder, y sobre los intelectuales y la transformación) para futuros e improbables escritos.
Vale. Salud y tenga a la mano su control remoto. En un momento comenzamos...
I. La mundialización: pay per view
En la bisagra del calendario, el dos mil se balancea aún entre los siglos XX y XXI, y entre el segundo y tercer milenio. No sé qué tan importante sea esta cuenta del tiempo, pero me parece que es, también, un momento adecuado para que por todos lados surja OXIMORON. Para no ir muy lejos, se puede decir que esta época es el principio del fin o el fin del principio de "algo". "Algo", irresponsable forma de eludir un problema. Pero ya se sabe que nuestra especialidad no es la solución de problemas, sino su creación. ¿"Su creación"? No, es muy presuntuoso, mejor su proposición. Sí, nuestra especialidad es proponer problemas.
Allá arriba todo parece haber ocurrido ya antes, como si una vieja película se repitiera con otras imágenes, otros recursos cinematográficos, incluso actores diferentes, pero el mismo argumento. Como si la "modernidad" (o "post modernidad", dejo la precisión para quien se tome la molestia) de la globalización se vistiera con su OXIMORON y se nos presentara como una modernidad arcaica, rancia, antigua.
Si esto que digo les parece una mera apreciación subjetiva, póngalo a cargo de nuestro estar en la montaña, resistiendo y en rebeldía, pero concédanos el privilegio de la lectura y vea si se trata en efecto de un síntoma más del "mal de montaña", o usted comparte esta sensación de dejà vuque fluye por el hipercinema que es el mundo globalizado.
El mundo no es cuadrado, cuando menos esto es lo que se enseña en la escuela. Pero, en el filo cortante de la unión de dos milenios, el mundo tampoco es redondo. Ignoro cuál sea la figura geométrica adecuada para representar la forma actual del mundo, pero, puesto que estamos en la época de la comunicación digital audiovisual, podríamos intentar definirla como una gigantesca pantalla. Usted puede agregar "una pantalla de televisión", aunque yo optaría por "una pantalla de cine". No sólo porque prefiero al cinematógrafo, también (y sobre todo) porque me parece que hay frente a nosotros una película, una vieja película, modernamente vieja (para seguir con oximoron).
Es, además, una de esas pantallas donde se puede programar la presentación simultánea de varias imágenes (picture in picture la llaman). En el caso del mundo globalizado, de imágenes que se suceden en cualquier rincón del planeta. No son todas las imágenes. Y no se debe a que falte espacio en la pantalla, sino a que "alguien" ha seleccionado esas imágenes y no otras. Es decir, estamos viendo una pantalla con diversos recuadros que presentan imágenes simultáneas de diferentes partes del mundo, es cierto, pero no todo el mundo está ahí.
Al llegar a este punto, uno se pregunta, inevitablemente, ¿quién tiene el control remoto de esta pantalla audiovisual? y ¿quién hace la programación? Buenas preguntas, pero aquí no encontrará usted las respuestas. Y no sólo porque no las sabemos a ciencia cierta, sino también porque no son el tema de este escrito.
Puesto que no podemos cambiar de canal o de cinema, veamos algunos de los diferentes recuadros que nos ofrece la mega pantalla de la globalización.
Vayamos al continente americano. Ahí tiene usted, en aquel rincón, la imagen de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ocupada por un grupo paramilitar del gobierno: la llamada Policía Federal Preventiva. No parece que estén estudiando esos hombres uniformados de gris. Más allá, enmarcada por las montañas del sureste mexicano, una columna de grises tanquetas blindadas cruza una comunidad indígena chiapaneca. En el otro lado, la imagen gris presenta a un policía norteamericano que detiene, con lujo de violencia, a un joven en un lugar que puede ser Seattle o Washington.
En el recuadro europeo proliferan también los grises. En Austria es Joer Heider y su fervor pro-nazi. En Italia, con la ayuda desinteresada de D´Alema, Silvio Berlusconi se arregla la corbata. En el Estado Español, Felipe González le maquilla la cara a José María Aznar. En Francia es Le Pen quien nos sonríe.
Asia, África y Oceanía presentan el mismo color repitiéndose en sus respectivos rincones.
Mmh... Tantos grises... Mmh... Podemos protestar... Después de todo, nos prometieron un programa a todo color... Cuando menos subamos el volumen y tratemos de entender así de qué se trata...
II. Un olvido memorable
Al igual que la globalización fragmentada, los intelectuales están ahí, son una realidad de la sociedad moderna. Y su "estar ahí" no se limita a la época actual, se remonta a los primeros pasos de la sociedad humana. Pero la arqueología de los intelectuales escapa a nuestros conocimientos y posibilidades, así que partimos del hecho de que "están ahí". En todo caso, lo que tratamos de descubrir es la forma que adquiere ahora su "estar ahí".
Los intelectuales como categoría son algo muy vago, ya se sabe. Diferente es, en cambio, definir la "función intelectual". La función intelectual consiste en determinar críticamente lo que se considera una aproximación satisfactoria al propio concepto de verdad; y puede desarrollarla quien sea, incluso un marginado que reflexione sobre su propia condición y de alguna manera la exprese, mientras que puede traicionarla un escritor que reaccione ante los acontecimientos con apasionamiento, sin imponerse la criba de la reflexión. (Umberto Eco. Cinco escritos morales. Ed. Lumen. Traducción Helena Lozano Miralles, pp. 14-15). Si esto es así, entonces el quehacer intelectual es, fundamentalmente, analítico y crítico. Frente a un hecho social (por limitarnos a un universo), el intelectual analiza lo evidente, lo afirmativo y lo negativo, buscando lo ambiguo, lo que no es ni una cosa ni otra (aunque así se presente), y exhibe (comunica, devela, denuncia) lo que no sólo no es lo evidente, sino incluso contradice a lo evidente.
Es de suponer que las sociedades humanas tengan personas que se dediquen profesionalmente a este análisis crítico y a comunicar su resultado (en palabras de Norberto Bobbio: Los intelectuales son todos aquellos para los cuales transmitir mensajes es la ocupación habitual y conciente [...] y para decirlo en un modo que puede parecer brutal, casi siempre representa también el modo de ganarse el pan). Quedémonos con esta aproximación al intelectual, al profesional del análisis crítico y la comunicación.
Ya hemos sido advertidos de que el intelectual no siempre ejerce la función intelectualLa función intelectual se ejerce siempre con adelanto (sobre lo que podría suceder) o con retraso (sobre lo que ha sucedido); raramente sobre lo que está sucediendo, por razones de ritmo, porque los acontecimientos son siempre más rápidos y acuciantes que la reflexión sobre los acontecimientos (Umberto Eco, op cit, p. 29).
Por su función intelectual, este profesional del análisis crítico y su comunicación sería una especie de conciencia incómoda e impertinente de la sociedad (en esta época, de la sociedad globalizada) en su conjunto y de sus partes. Un inconforme con todo, con las fuerzas políticas y sociales, con el Estado, con el gobierno, con los medios de comunicación, con la cultura, con las artes, con la religión, con el etcétera que el lector agregue. Si el actor social dice "¡ya está!", el intelectual murmura con escepticismo: "le falta, le sobra".
Tendríamos entonces que el intelectual en su papel es un crítico de la inmovilidad, unpromotor del cambio, un progresista. Sin embargo, este comunicador de ideas críticas está inserto en una sociedad polarizada, enfrentada entre sí de muchas formas y con variados argumentos, pero dividida en lo fundamental entre quienes usan el poder para que las cosas no cambien y entre quienes luchan por el cambio. El intelectual debe, por un elemental sentido del ridículo, comprender que no se le otorga un papel de brujo del espíritu en torno al cual va a girar el ser o no ser de lo histórico, pero que evidentemente él tiene saberes [...] que lo pueden alinear en un sentido o en otro de lo histórico. Lo pueden alinear en la búsqueda de la clarificación de las injusticias presentes en el mundo actual o en la complicidad con la paralización e instalación en el Limbo. (Manuel Vázquez Montalbán. Panfleto desde el planeta de los simios. Ed. Drakontos. Barcelona, 1995, p. 48)
Y es aquí donde el intelectual opta, elige, escoge entre su función intelectual y la función que le proponen los actores sociales. Aparece así la división (y la lucha) entre intelectuales progresistas y reaccionarios. Unos y otros siguen trabajando con la comunicación de análisis críticos pero, mientras los progresistas siguen en la crítica a la inmovilidad, a la permanencia, a la hegemonía y a lo homogéneo; los reaccionarios enarbolan la crítica al cambio, al movimiento, a la rebelión y a la diversidad. El intelectual reaccionario "olvida" su función intelectual, renuncia a la reflexión crítica, y su memoria se recorta de modo que no hay pasado ni futuro, el presente y lo inmediato es lo único asible y, por ende, incuestionable.
Al decir "intelectuales progresistas y reaccionarios", nos referimos a los intelectuales "de izquierda y de derecha". Aquí conviene agregar que el intelectual de izquierda ejerce su función intelectual, es decir, su análisis crítico, también frente a la izquierda (social, partidaria, ideológica), pero en la época actual su crítica es fundamentalmente frente al poder hegemónico: el de los señores del dinero y quienes los representan en el campo de la política y de las ideas.
Dejemos ahora a los intelectuales progresistas y de izquierda, y vayamos a los intelectuales reaccionarios, la derecha intelectual.
III. El pragmatismo intelectual
En el principio, los gigantes intelectuales de derecha fueron progresistas. Y hablo de los grandes intelectuales de derecha, los "think tanks" de la reacción, no de los enanos que fueron ingresando a sus clubes "pensantes". Octavio Paz, excelente poeta y ensayista, el más grande intelectual de derecha de los últimos años en México, declaró: Vengo del pensamiento llamado de izquierda. Fue algo muy importante en mi formación. No sé ahora... lo único que sé es que mi diálogo --a veces mi discusión-- es con ellos (los intelectuales de izquierda). No tengo mucho que hablar con los otros. (Braulio Peralta. El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz. Ed. Grijalbo. México, 1996, p. 45). Y casos como el de Paz se repiten en la mega pantalla global.
El intelectual progresista, en tanto que comunicador de análisis críticos, se convierte en objeto y objetivo para el poder dominante. Objeto a comprar y objetivo a destruir. Multitud de recursos se ponen en juego para una y otra cosa. El intelectual progresista "nace" en medio de este ambiente de seducción persecutoria. Algunos se resisten y defienden (casi siempre en solitario, la solidaridad intergremial no parece ser la característica del intelectual progresista), pero otros, tal vez fatigados, buscan entre su bagaje de ideas y sacan aquellas que sean a la vez coartada y razón para legitimar al poder. Lo nuevo exige mucho, lo viejo ahí está, así que basta enarbolar el argumento de "lo inevitable" para que el sistema le ofrezca un cómodo sillón (a veces en forma de beca, puesto, premio, espacio) a la vera del Príncipe ayer tan criticado.
"Lo inevitable" tiene nombre hoy: globalización fragmentada, pensamiento único (es decir, la traducción en términos ideológicos y con pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional: Ignacio Ramonet. Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo. Editorial Debate. Madrid), fin de la historia, omnipresencia y omnipotencia del dinero, reemplazo de la política por la policía, el presente como único futuro posible, racionalización de la desigualdad social, justificación de la sobreexplotación de seres humanos y recursos naturales, racismo, intolerancia, guerra.
En una época marcada por dos nuevos paradigmas, comunicación y mercado, el intelectual de derecha (y ex de izquierda) entiende que ser "moderno" significa cumplir la consigna: ¡adaptaos o perded vuestros privilegiados lugares!
Ni siquiera tiene que ser original, el intelectual de derecha ya tiene la cantera de la que habrá que picar las piedras que adornen la globalización fragmentada: el pensamiento único. La asepsia no importa mucho, el pensamiento único tiene sus principales "fuentes" en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico, la Organización Mundial de Comercio, la Comisión Europea, el Bundesbank, el Banco de Francia que, mediante su financiamiento, enrolan al servicio de sus ideas a través de todo el planeta a numerosos centros de investigación, universidades y fundaciones, los cuales, a su vez, perfilan y difunden la buena nueva (Ignacio Ramonet, op cit,p. 111).
Con tal abundancia de recursos, es fácil que florezcan élites que, desde hace años, se emplean a fondo en hacer los elogios del "pensamiento único"; que ejercen un auténtico chantaje contra toda reflexión crítica en nombre de la "modernización", del "realismo", de la "responsabilidad" y de la "razón"; que afirman el "carácter ineluctable" de la evolución actual de las cosas; que predican la capitulación intelectual, y arrojan a las tinieblas de lo irracional a todos los que se niegan a aceptar que "el estado natural de la sociedad es el mercado (ibid, p. 114).
Lejos de la reflexión, del pensamiento crítico, los intelectuales de derecha se convierten en los pragmáticos por excelencia, destierran la función intelectual y se transforman en ecos, más o menos estilizados, de los spots publicitarios que inundan el mega mercado de la globalización fragmentada.
Refuncionalizados en la globalización fragmentada, los intelectuales de derecha modifican su ser y adquieren nuevas "virtudes" (entre ellas reaparece oximoron): una audaz cobardía y una profunda banalidad. Ambas brillan en sus "análisis" del presente globalizado y sus contradicciones, sus revisitaciones al pasado histórico, sus clarividencias. Se pueden dar el lujo de la audaz cobardía y de la profunda banalidad, puesto que la hegemonía universal casi absoluta del dinero los protege con torres de cristal blindado. Por esto, la derecha intelectual es particularmente sectaria y tiene, además, el respaldo de no pocos medios de comunicación y gobiernos. El ingreso a esas altas torres intelectuales no es fácil, hay que renunciar a la imaginación crítica y autocrítica, a la inteligencia, a la argumentación, a la reflexión, y optar por la nueva teología, la teología neoliberal.
Puesto que la globalización se vende como el mejor de los mundos posibles, pero carece de ejemplos concretos de sus ventajas para la humanidad, se debe recurrir a la teología y suplir con dogmas y fe neoliberales la falta de argumentos. El papel de los teólogos neoliberales incluye el señalar y perseguir a los "herejes", a los "mensajeros del mal", es decir, a los intelectuales de izquierda. Y qué mejor forma de combatir a los críticos que acusarlos de "mesianismo".
Frente al intelectual de izquierda, el de derecha impone la etiqueta lapidaria de "mesianismo trasnochado". ¿Quién puede cuestionar un presente pleno de libertades, donde cualquiera puede decidir qué compra, sean artículos de primera necesidad, ideologías, propuestas políticas y conductas para toda ocasión?
Pero paradoja no perdona. Si en algún lado hay mesianismo, es en la derecha intelectual. El Gran Circo de Intelectuales Neoliberales Químicamente Puros o Ex Marxistas Arrepentidos o la Trilateral pueden ser mesiánicos cuando prefiguran la fatalidad de un universo basado en la verdad única, el mercado único y el ejército gendarme único vigilando el fogonazo de flash que acompaña la foto final de la Historia, pulsado ante los mejores paisajes de las mejores sociedades abiertas. (Manuel Vázquez Montalbán, op cit, p. 47).
La foto final. O la escena culminante del filme de la globalización fragmentada.
IV. Los clarividentes ciegos
Parafraseando a Régis Debray (Croire, Voir, Faire. Ed. Odile Jacob. París, 1999), el problema aquí no es por qué o cómo la globalización es irremediable, sino por qué o cómo todo el mundo, o casi, está de acuerdo en que es irremediable. Una posible respuesta: La tecnología del hacer-creer [...]. El poder de la información... Inf-formar: dar forma, formatear. Con-formar: dar conformidad. Trans-formar: modificar una situación (ibid, p. 193).
Con la globalización de la economía se globaliza también la cultura. Y la información. De ahí que las grandes empresas de la comunicación "tiendan" sobre el mundo entero su red electrónica sin que nada ni nadie se los impida. Ni Ted Turner, de la cnn; ni Rupert Murdoch, de News Corporation Limited; ni Bill Gates, de Microsoft; ni Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments; ni Larry Rong, de China Trust and International Investment; ni Robert Allen, de att, al igual que George Soros o decenas de otros nuevos amos del mundo, han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal (Ignacio Ramonet, op cit, p. 109).
En la globalización fragmentada, las sociedades son fundamentalmente sociedades mediáticas. Los media son el gran espejo, no de lo que una sociedad es, sino de lo que debe aparentar ser. Plena de tautologías y evidencias, la sociedad mediática es avara en razones y argumentos. Aquí, repetir es demostrar.
Y lo que se repite son las imágenes, como ésas grises que ahora nos presenta la pantalla globalizada. Debray nos dice: La ecuación de la era visual es algo así como: lo visible = lo real = lo verdadero. He aquí la idolatría revistada (y sin duda redefinida) (Régis Debray, op citp. 200). Y los intelectuales de derecha han aprendido bien la lección. Y más, es uno de los dogmas de su teología.
¿Dónde se dio el salto que iguala lo visible con lo verdadero? Trucos de la pantalla globalizada.
El mundo entero, mejor aún, el conocimiento entero está ahora a la mano de cualquiera con una televisión o una computadora portátil. Sí, pero no cualquier mundo y no cualquier conocimiento. Debray explica que el centro de gravedad de las informaciones se ha desplazado de lo escrito a lo visual, de lo diferido a lo directo, del signo a la imagen. Las ventajas para los intelectuales de derecha (y las desventajas para los progresistas) son obvias.
Analizando el comportamiento de la información en Francia durante la Guerra del Golfo Pérsico, se devela el poder de los media: al inicio del conflicto el 70% de los franceses se mostraban hostiles a la guerra, al final el mismo porcentaje la apoyaba. Bajo el golpeteo de los media, la opinión pública francesa se "volteó" y el gobierno obtuvo el beneplácito por su participación bélica.
Estamos en la "era visual". Así las informaciones se nos presentan en la evidencia de su inmediatez, por tanto es real lo que se nos muestra, por tanto es verdadero lo que vemos. No hay lugar para la reflexión intelectual crítica, a lo más hay espacio para comentaristas que "completen" la lectura de la imagen. Lo visual no está hecho, en esta era, para ser visto, sino para dar "conocimiento". El mundo ha devenido en una mera representación multimedia, que suprime al mundo exterior, capaz de ser conocida en la misma medida en que es vista. Sí, inicios del tercer milenio, siglo XXI, y la filosofía boyante en nuestro mundo "moderno" es el idealismo absoluto.
Se pueden sacar ya algunas conclusiones: el nuevo intelectual de derecha tiene que desempeñar su función legitimadora en la era visual; optar por lo directo e inmediato; pasar del signo a la imagen y de la reflexión al comentario televisivo. Ni siquiera tiene que esforzarse por legitimar un sistema totalitario, brutal, genocida, racista, intolerante y excluyente. El mundo que es el objeto de su "función intelectual" es el que ofrecen los media: una representación virtual. Si en el hipermercado de la globalización el Estado-Nación se redefine como una empresa más, los gobernantes como gerentes de ventas y los ejércitos y policías como cuerpos de vigilancia, entonces a la derecha intelectual le toca el área de Relaciones Públicas.
En otras palabras, en la globalización, los intelectuales de derecha son "multiusos": sepultureros del análisis crítico y la reflexión, malabaristas con las ruedas de molino de la teología neoliberal, apuntadores de gobiernos que olvidan el "script", comentaristas de lo evidente, porristas de soldados y policías, jueces gnoseológicos que reparten etiquetas de "verdadero" o "falso" a conveniencia, guardaespaldas teóricos del Príncipe, y locutores de la "nueva historia".
  
V. El futuro pasado

Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes, dice Jorge Luis Borges. Y añade que todo Príncipe quiere que la historia comience desde él. En la era de la globalización fragmentada no se queman los libros (aunque sí se erigen fortificaciones), sino que se les substituye. Aun así, más que suprimir la historia previa a la globalización, el Príncipe neoliberal instruye a sus intelectuales para que la rehagan de modo que el presente sea la culminación de los tiempos.
"Los maquillistas de la historia", así tituló Luis Hernández Navarro un artículo dedicado al debate con los intelectuales de derecha en México (Ojarasca en La Jornada, 10 de abril, 2000). Además de provocar el presente texto (escrito con el ánimo de darle seguimiento a sus planteamientos), Hernández Navarro advierte sobre una nueva ofensiva: la nueva derecha intelectual dirige sus baterías contra figuras representativas de la intelectualidad progresista mexicana. Rentista tardía de la bonanza planetaria del "pensamiento único", renegada de su identidad, heredera con escrituras de la caída del muro de Berlín, socia y émula del circuito cultural conservador estadunidense, esta derecha está convencida de que la crítica cultural otorga credenciales suficientes para emitir, sin argumentación, juicios sumarios a sus adversarios en el terreno político (ibidem).
Las razones no-ideológicas de este ataque deben buscarse en la disputa por el espacio de credibilidad. En México los intelectuales de izquierda tienen gran influencia en la cultura y la academia. Estorban, ése es su delito.
No, más bien ése es uno de sus delitos. Otro es el apoyo de estos intelectuales progresistas a la lucha zapatista por una paz justa y digna, por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indios, y por el fin de la guerra contra los indígenas del país. Este "pecado" no es menor. El levantamiento zapatista inaugura una nueva etapa, la de la irrupción de movimientos indígenas como actores de la oposición a la globalización neoliberal (Ivon Le Bot. "Los indígenas contra el neoliberalismo", en La Jornada, 6 de marzo, 2000). No somos los mejores ni los únicos: ahí están los indígenas de Ecuador y de Chile, las protestas de Seattle y Washington (y las que sigan en tiempo, no en importancia). Pero somos una de las imágenes que distorsionan la mega pantalla de la globalización fragmentada y, como fenómeno social e histórico, demandamos reflexión y análisis crítico.
Y la reflexión y el análisis crítico no están en el "arsenal" de la derecha intelectual. ¿Cómo cantar las glorias del nuevo orden mundial (y su imposición en México) si un grupo de indígenas "premodernos" no sólo desafiaban al poder, sino que lograban la simpatía de una importante franja de intelectuales? En consecuencia el Príncipe dictó sus órdenes: atacad a unos y a otros, yo pongo al ejército y los medios de comunicación, ustedes pongan las ideas. Así que la nueva derecha intelectual dedicó burlas y calumnias a su par de izquierda. A los indígenas rebeldes zapatistas nos dedicó... una nueva historia.
Y, en tanto que el zapatismo tuvo impacto internacional, la derecha intelectual en varias partes del mundo (no sólo en México) se dedicó a esta tarea. Los intelectuales de derecha no sólo maquillan la historia, la rehacen, la rescriben a conveniencia del Príncipe y a modo con su función intelectual.
Pero volvamos a México. A lo largo de este siglo los intelectuales en México han desempeñado funciones diversas: cortesanos de lujo del poder en turno, decoración estatal, voces disidentes (a las que se llama, para institucionalizarlas, "Conciencias Críticas"), intérpretes privilegiados de la historia y de la sociedad, espectáculos en sí mismos. (Carlos Monsiváis. "Intelectuales mexicanos de fin de siglo", Viento del Sur 8, 1996, p. 43).
El último gran intelectual de derecha en México, Octavio Paz, cumplió a cabalidad la labor encomendada por el Príncipe. No escatimó palabras para desprestigiar a los zapatistas y a quienes mostraron simpatía por su causa (ojo: no por su forma de lucha). Una de las mejores muestras del Paz al servicio del Príncipe está en sus escritos y declaraciones en los inicios de 1994. Ahí Octavio Paz definía, no al EZLN, sino los argumentos sobre los que deberían ahondar sus "soldados" intelectuales: maoísmo, mesianismo, fundamentalismo, y algunos "ismos" más que ahora escapan a mi memoria. Frente a los intelectuales progresistas, Paz no escatimó acusaciones: ellos eran responsables del "clima de violencia" que marcó el año de 1994 (y todos los años del México moderno, pero la derecha intelectual nunca ha brillado por su memoria histórica), en concreto, del asesinato del candidato oficial a la presidencia de la República, Colosio. Años después, antes de morir, Paz rectificaría y señalaría que el sistema estaba en crisis y que, aun sin el alzamiento zapatista, esos hechos ocurrirían de todas formas (véase: Braulio Peralta, op cit).
Ninguno de los actuales herederos de Paz tiene su estatura, aunque no les faltan ambiciones para ocupar su lugar. No como intelectual, pues les faltan inteligencia y brillo, sino por el lugar privilegiado que ocupó al lado de Príncipe. Sin embargo, su lucha hacen. Y siguen en su empeño de confeccionarle al zapatismo una historia que les sea cómoda, no sólo para atacarlo, sino, sobre todo, para eludir el análisis crítico y la reflexión serios y responsables.
Pero no sólo la historia del zapatismo y de los pueblos indios rescriben los intelectuales de derecha. La historia entera de México se está rehaciendo para demostrar que estamos, ya, en el mejor de los Méxicos posibles. Así que los enanos de la derecha intelectual revisitan el pasado y nos venden una nueva imagen de Porfirio Díaz, de Santa Anna, de Calleja, de Cárdenas.
Y este afán de remodelar la historia no es exclusivo de México. En la pantalla de la globalización ya se nos oferta una nueva versión en donde el Holocausto nazi en contra de los judíos fue una especie de Disneylandia selectiva, Adolfo Hitler es una especie de alegre Mickey Mouse ario y, más acá en el tiempo, las guerras del Golfo Pérsico y de Kosovo fueron "humanitarias". En el futuro pasado que nos prepara la derecha intelectual, la globalización es el "deux ex machina" que trabaja sobre el mundo para preparar su propio advenimiento.
Pero, esas imágenes grises que nos presenta ahora la mega pantalla de la globalización, ¿qué llegada anuncian?
VI. El liberal fascista
Yo digo que esta película ya la vimos antes, y si no la recordamos es porque la historia no es un artículo atractivo en el mercado globalizado. Esos grises pueden significar algo: la reaparición del fascismo.
¿Paranoia? Umberto Eco, en un texto llamado "El fascismo eterno" (op cit), da algunas claves para entender que el fascismo sigue latente en la sociedad moderna, y que, aunque parece poco probable que se repitan los campos de exterminio nazis, en uno y otro lado del planeta acecha lo que él llama el "Ur Fascismo". Luego de advertirnos que el fascismo era un totalitarismo "fuzzy", es decir, disperso, difuso en el todo social, propone algunas de sus características: rechazo al avance del saber, irracionalismo, la cultura es sospechosa de fomentar actitudes críticas, el desacuerdo con lo hegemónico es una traición, miedo a la diferencia y racismo, surge de la frustración individual o social, xenofobia, los enemigos son simultáneamente demasiado fuertes y demasiado débiles, la vida es una guerra permanente, elitismo aristocrático, sacrificio individual para el beneficio de la causa, machismo, populismo cualitativo difundido por televisión, "neo lengua" (de léxico pobre y sintaxis elemental).
Todas estas características pueden ser encontradas en los valores que defienden y difunden los media y los intelectuales de derecha en la era visual, en la era de la globalización fragmentada. Acaso, hoy casi como ayer, ¿no se está utilizando el cansancio democrático, la náusea ante la nada, el desconcierto ante el desorden como aval de una nueva situación histórica de excepción que requiere un nuevo autoritarismo persuasivo, unificador de la ciudadanía en clientes y consumidores de un sistema, un mercado, una represión centralizada? (M. Vázquez Montalbán, op cit, p. 76).
Mire usted la mega pantalla, todos esos grises son la respuesta al desorden, es lo que se necesita para enfrentar a quienes se niegan a disfrutar el mundo virtual de la globalización y se resisten. Y, sin embargo, parece que el número de inconformes crece. Uno de los enanos mexicanos que aspiran a ocupar la silla vacía de Octavio Paz, constataba, aterrado, que en una encuesta en México del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en 1994, el 29% de los entrevistados respondía que las leyes no deben obedecerse si son injustas. En noviembre de 1999, en la revista Educación 2001, era el 49% el que a la pregunta "¿Puede el pueblo desobedecer las leyes si le parece que son injustas?", respondió "sí". Después de reconocer que es necesario resolver problemas de crecimiento económico, educación, empleo y salud, señalaba: todas esas cosas sólo pueden alcanzarse si la sociedad está parada en un piso más básico que es de la seguridad pública y el cumplimiento de la ley. Ese piso está lleno de agujeros en México y tiende a empeorar. (Héctor Aguilar Camín. "Leyes y crímenes", en "Esquina", Proceso 1225, 23 de abril, 2000). El razonamiento es sintomático: a falta de legitimidad y consenso, policías.
El clamor de la derecha intelectual demandando "orden y legalidad" no es exclusivo de México. En Francia, el fascista Le Pen está dispuesto a responder al llamado. En Austria el neonazi Heider ya está listo, lo mismo que el franquista Aznar en el Estado Español. En Italia, Berlusconi (alias el "Duce Multimedia") y Gianfranco Fini se arreglan para el momento.
¿Europa asomada de nuevo al balcón del fascismo? Suena duro... y lejano. Pero ahí están las imágenes de la mega pantalla. Esos "skin heads" que asoman sus garrotes en aquella esquina, ¿están en Alemania, en Inglaterra, en Holanda? "Son grupos minoritarios y bajo control", nos tranquiliza el audio de la mega pantalla. Pero parece que el fascismo renovado no siempre trae la cabeza rapada ni se adorna el cuerpo con suásticas tatuadas, y aun así no deja de ser una siniestra derecha.
Si digo "siniestra derecha" le parecerá a usted que juego con las palabras y sólo recurro de nuevo a oximoron, pero trato de llamar su atención sobre algo. Después de la caída del muro de Berlín, el espectro político europeo, en su mayoría, corrió atropelladamente hacia el centro. Esto es evidente en la izquierda europea tradicional, pero también ocurrió con los partidos derechistas (véanse: Emiliano Fruta, "La nueva derecha europea", y Hernán R. Moheno, "Más allá de la vieja izquierda y la nueva derecha", en Urbi et Orbiitam, abril, 2000). Con una careta moderna, la derecha fascista empieza a conquistar espacios que ya rebasan con mucho los de las notas policiacas en los media. Ha sido posible porque se han esforzado en construirse una nueva imagen, alejada del pasado violento y autoritario.
También porque se han apropiado de la teología neoliberal con una facilidad asombrosa (por algo será), y porque en sus campañas electorales han insistido mucho en los temas de seguridad pública y empleo (alertando contra la "amenaza" de los inmigrantes). ¿Alguna diferencia con las propuestas de la social democracia o de la izquierda tradicional?
Detrás de la "tercera vía" europea acecha el fascismo, y también de la izquierda que no se define (en teoría y práctica) contra el neoliberalismo. En veces, la derecha se puede vestir con andrajos de izquierda. En México, en el reciente debate televisivo entre los 6 candidatos a la presidencia de la República, el candidato que obtuvo el beneplácito de la derecha intelectual fue Gilberto Rincón Gallardo, del Partido Democracia Social, de izquierda aparente. Acaso la televisión no mostró que algunos de los militantes y candidatos del pds en Chiapas son cabezas de varios grupos paramilitares, responsables, entre otras cosas, de la masacre de Acteal.
Que la derecha fascista y la nueva derecha intelectual estén listas para mostrarle sus "habilidades" a los señores del dinero no sorprende. Lo que desconcierta es que, algunas veces, son la socialdemocracia o la izquierda institucional quienes les preparan el camino.
Si en el Estado Español, Felipe González (ese político tan aplaudido por la derecha intelectual) trabajó para el triunfo del derechista Partido Popular de José María Aznar, en Italia, la autopista por la que la derecha se dirige al poder se llama Massimo D´Alema. Antes de renunciar, D´Alema hizo todo lo necesario para hacer naufragar a la izquierda. D´Alema y los suyos financiaron con el dinero de todos la educación religiosa y prepararon la privatización de la [educación] pública, participaron plenamente en la aventura de la OTANcontra Yugoslavia y en la ocupación virtual de Albania, privatizaron lo que pudieron, atentaron contra los jubilados, reprimieron a los inmigrantes, se sometieron a Washington, "reflotaron" a los corruptos y al mismo Bettino Craxi, por cuya residencia en el exilio, como prófugo de la justicia, desfilaron para pedirle ayuda, hicieron una ley sobre los carabineros dictada por el comando golpista de los mismos... (Guillermo Almeyra. "La izquierda de la derecha" en La Jornada, 23 de abril, 2000). ¿Resultado? Buena parte del electorado de izquierda se abstuvo de votar.
En la complicada geometría política europea, la llamada "tercera vía" no sólo ha resultado letal para la izquierda, también ha sido la rampa de despegue del neofascismo.
Tal vez estoy exagerando, pero la memoria es una facultad extraña. Cuanto más agudo y más aislado es el estímulo que recibe la memoria, más se recuerda; cuanto más abarcador, se recuerda con menor intensidad. (John Berger, op cit, p.234), y sospecho que ese alud de imágenes grises en la pantalla es para que recordemos con menor intensidad, con pereza, con ganas de olvidar.
Y si los libros no mienten, fue el fascismo italiano el que resultó atractivo para muchos líderes liberales europeos porque consideraban que estaba llevando a cabo interesantes reformas sociales, y podría ser una alternativa a la "amenaza comunista" (Véase: U. Eco, op cit).
En agosto de 1997, Fausto Bertinotti (secretario del italiano Partido de Refundación Comunista) escribía en una carta al EZLN: Se ha abierto, en Europa, una verdadera crisis de civilización. Se podrían, desgraciadamente, narrar cientos y miles de episodios de barbarie cotidiana, de violencia gratuita, de agresión a las personas, al cuerpo, de tráfico de personas, de cuerpos, de órganos, sin ningún sentido. Y encima de todo una gruesa capa de indiferencia, como si la vida hubiera perdido el sentido. Le podría contar de cosas que ocurren en la periferia urbana, realidad y metáfora de la tragedia humana en la que se ha convertido este nuevo ciclo del desarrollo capitalista.
Frente a esta vida sin sentido, el liberal fascista ofrece su cara amable y argumenta, haciendo hincapié en sus bondades, el recurso de la violencia legalizada, institucional.
El horizonte anuncia tormenta, y la derecha intelectual nos trata de tranquilizar presentándola como un chubasco sin importancia. Todo sea por asegurar el pan, la sal... y el lugar junto al Príncipe. ¡Protegedlo! No importa que su camisa sea gris y en su cálido seno se cultive el huevo de la serpiente.
"El huevo de la serpiente". Si mal no recuerdo, es el título de una película de Bergman que describía el ambiente en el que se gestó el fascismo. ¿Y qué hacemos? ¿Seguimos sentados hasta que termine la película? ¿Sí? ¿No? ¡Un momento! ¡Vea usted hacia los otros espectadores! ¡Muchos se han levantado de sus asientos y hacen corrillos! ¡Los murmullos crecen! ¡Algunos lanzan objetos contra la pantalla y abuchean! ¡Y mire esos otros! ¡En lugar de dirigirse a la pantalla van hacia arriba! ¡Como que buscan al que proyecta la película! ¡Parece que lo encontraron porque señalan insistentemente hacia un rincón allá arriba! ¿Quiénes son esas personas y con qué derecho interrumpen la proyección? Uno de ellos levanta una pancarta que reza: Tomemos entonces, nosotros, ciudadanos comunes, la palabra y la iniciativa. Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. (José Saramago, Discursos de Estocolmo. Ed. Alfaguara). ¿El deber de nuestros deberes? ¡Que alguien explique porque no entendemos nada! ¡Silencio! Alguien toma la palabra...
  
VII. La escéptica esperanza

Los intelectuales progresistas. Los de la escéptica esperanza. El sociólogo francés Alain Touraine propone una clasificación de ellos (¿Comment sortir du libéralisme? Ed. Fayard. París, 1999): la más clásica la del intelectual denunciador, donde toda la atención se concentra sobre la crítica al sistema dominante; el segundo tipo de intelectuales se identifican con tal lucha o tal fuerza de oposición y se convierten en sus intelectuales orgánicos; la tercera cree en la existencia, la conciencia y la eficacia de los actores, al mismo tiempo que conocen sus límites; la cuarta son los utopistas, se identifican con las nuevas tendencias culturales, de la sociedad o de la existencia personal. Todos ellos (y ellas, porque ser intelectual no es privilegio masculino) empeñan sus esfuerzos en entender, críticamente, la sociedad, su historia y su presente, y tratan de desentrañar la incógnita de su futuro.
Nada fácil la tienen los pensadores progresistas. En su función intelectual se han dado cuenta de qué va todo y, nobleza obliga, deben develarlo, exhibirlo, denunciarlo, comunicarlo. Pero para hacerlo deben enfrentarse a la teología neoliberal de la derecha intelectual, y detrás de ésta están los media, los bancos, las grandes corporaciones, los Estados (o lo que queda de ellos), los gobiernos, los ejércitos, las policías.
Y deben hacerlo, además, en la era visual. Aquí están en franca desventaja, pues hay que tener en cuenta las grandes dificultades que implica enfrentarse al poder de la imagen con único recurso de la palabra. Pero su escepticismo frente a lo evidente les ha permitido ya descubrir la trampa. Y con el mismo escepticismo arman sus análisis críticos para desmontar, conceptualmente, la maquina de las bellezas virtuales y las miserias reales. ¿Hay esperanza?
Hacer de la palabra bisturí y megáfono es ya un desafío descomunal. Y no sólo porque en esta época la reina es la imagen. También porque el despotismo de la era visual arrincona a la palabra en los burdeles y en las tiendas de trucos y bromas. Aun así, sólo podemos confesar nuestra confusión y nuestra impotencia, nuestra ira y nuestras opiniones, con palabras. Con palabras nombramos aun nuestras pérdidas y nuestra resistencia porque no tenemos otro recurso, porque los hombres están indefectiblemente abiertos a la palabra y porque poco a poco son ellas las que moldean nuestro juicio. Nuestro juicio, temido a menudo por quienes detentan el poder, se moldea lentamente, como el cauce de un río, por medio de corrientes de palabras. Pero las palabras sólo producen corrientes cuando resultan profundamente creíbles (John Berger, op cit, p. 255).
Credibilidad. Algo de lo que carece la derecha intelectual y que, afortunadamente, abunda entre los intelectuales progresistas. Sus palabras han producido, y producen, en muchos la sorpresa primero, la inquietud después. Para que esa inquietud no sea aplastada por el conformismo que receta la era visual, hacen falta más cosas que escapan al ámbito del quehacer intelectual.
Pero aun cuando la palabra se ha hecho raudal, la función intelectual no termina. Los movimientos sociales de resistencia o de protesta frente al poder (en este caso frente a la globalización y el neoliberalismo) todavía deben recorrer un largo camino, no digamos ya para conseguir sus fines, sino para consolidarse como alternativa organizativa para otros. Finalmente, hay que reconocer la responsabilidad particular de los intelectuales. Depende de ellos, más que de cualquier otra categoría, que la protesta se desgaste en denuncia sin perspectiva o, por el contrario, que ella conduzca a la formación de nuevos actores sociales e, indirectamente, a nuevas políticas económicas y sociales. (Alain Touraine, op cit, p. 15).
El intelectual progresista está debatiéndose continuamente entre Narciso y Prometeo. En veces la imagen en el espejo lo atrapa y empieza su inexorable camino de trasmutación en un empleado más del mega mercado neoliberal. Pero en veces rompe el espejo y descubre no sólo la realidad que está detrás del reflejo, también a otros que no son como él pero que, como él, han roto sus respectivos espejos.
La transformación de una realidad no es tarea de un solo actor, por más fuerte, inteligente, creativo y visionario que sea. Ni solos los actores políticos y sociales, ni solos los intelectuales pueden llevar a buen término esa transformación. Es un trabajo colectivo. Y no sólo en el accionar, también en los análisis de esa realidad, y en las decisiones sobre los rumbos y énfasis del movimiento de transformación.
Cuentan que Miguel Ángel Buonarroti realizó su "David" con serias limitaciones materiales. El pedazo de mármol sobre el que trabajó Miguel Ángel era uno que ya había sido empezado a trabajar por alguien más y tenía ya perforaciones, el talento del escultor consistió en hacer una figura que se ajustara a esos límites infranqueables y tan restringidos, de ahí la postura, la inclinación, de la pieza final (Pablo Fernández Christlieb, La afectividad colectiva. Ed. Taurus, 2000, pp. 164-165).
De la misma forma, el mundo que queremos transformar ya ha sido trabajado antes por la historia y tiene muchas horadaciones. Debemos encontrar el talento necesario para, con esos límites, transformarlo y hacer una figura simple y sencilla: un mundo nuevo.
Vale de nuez. Salud y no olvidéis que la idea es también un cincel.
Desde las montañas del Sureste Mexicano  
Subcomandante Insurgente Marcos
México, abril del 2000
P.D. ¿Alguien tiene un martillo a la mano?
  

http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/2000/2000_04.htm