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jueves, 1 de enero de 2015

LA ATLÁNTIDA EN LOS "DIÁLOGOS" DE PLATÓN.

SOBRE  Ατλαντίς νῆσος (Atlantís nēsos) O LA ISLA-PENÍNSULA DE LA ATLÁNTIDA


Fresco en la isla de Thera. Representa una ciudad-palacio rodeada por varios cercos de agua, con sus habitantes asomados en las terrazas. Barcos adornados, leones, gacelas y delfines la reodean.



El filósofo griego Platón fue el primero en hacerse eco de una leyenda de la antigüedad en la que se menciona un reino mítico situado en una isla o península llamada Atlántida. En sus "Diálogos" hará referencia de ella a través de Critias, discípulo deSócrates. Según el relato de Platón, Critias oyó esa historia contada por su abuelo, que a su vez la había escuchado del político ateniense Solón y a éste último se la habían transmitido los sacerdotes egipcios de la ciudad de Sais, situada en el delta del Nilo.

Sitúa la ubicación de esta poderosa nación en el Mediterráneo, en un periodo de tiempo nueve mil años antes del momento en el que se produce el diálogo en la que se la menciona. Describe su fundación y orígenes bajo la advocación del dios Neptuno, así como su geografía y sus leyes. También explica algunos cultos relacionados con el toro, la confederación de pueblos gobernados por la asamblea de sus reyes, la organización del ejército y la abundancia de sus riquezas. Aparece el nombre de Gades entre los lugares conocidos que menciona. Finalmente será destruida para castigar la soberbia de sus habitantes, que habían olvidado las tradiciones de susmayores y las enseñanzas de sus dioses.

En el siglo I a.d.C., Estrabón  y Posidonio están en la convicción de que el relato de Platón no eraresultado de la imaginación literaria del filósofo, sino que se ajustaba a una realidad de recuerdo impreciso. Plutarco (s.II d.d.C) dará los nombres de los sacerdotes egipcios que habrían contado a Solón la historia de la Atlántida, haciendo mención de Psenophis (Sais) y Sonkhis (Heliopolis). Por su parte, Proclo hará alusión al viaje que hizo a Egipto que Crantor, filósofo de la Academia platónica y como pudo ser testigo de la existencia de unas inscripciones en las que aparecía la historia que había referido Solón.

Muchos serán los historiadores, arqueólogos e investigadores de todos los tiempos que intentarán descifrar el misterio de la Atlántida. Sobre todo, después de que Schiemann descubriera la ciudad de Troya siguiendo las pistas encontradas en las lecturas de Homero. Las hipótesis sobre su posible asentamiento han sido, en la mayoría de los casos, especulativas y con escasa base científica. Seguramente una de las que ha cobrado más fuerza es aquella que la relaciona con Grecia (Cultura minoica) y España (cultura tartésica). En ese sentido, las teorías encontrarían afinidad con algunos topónimos mencionados por Plantón y que hace referencia al Mediterráneo, África y a la que fuera colonia fenicia de Gades.




CRÍTIAS ó LA ATLÁNTIDA.
Esquela de la edad del Bronce de El Viso (Los Pedroches-Córdoba). Tiene  paralelismo con la hallada en el yacimiento tartésico de  Cancho Roano (Zalamea de la Serena-Badajoz). Algunos investigadores la interpretan como la figura de un guerrero defendiendo su ciudad. En éste caso, la mítica Atlántida.
Timeo - Crítias - Sócrates - Hermócrates.
 
- TIMEO
Cuan agradable me es, Sócrates, poder, como sucede después de un largo viaje, descansar anchamente al ver terminado este discurso. Yo suplico á ese Dios, cuya existencia es muy antigua, pero que en cierta manera acaba de nacer de nuestra misma conversación, que si lo que hemos dicho ha sido oportuno, nos lo tome en cuenta; y que nos imponga el castigo á que nos hayamos hecho merecedores, si hemos pronunciado, sin quererlo, alguna palabra inconveniente. Pero ningún castigo más justo para el que se engaña, que ilustrarle. A fin, pues, de que en lo sucesivo nuestros razonamientos sobre la generación de los dioses sean verdaderos, suplicamos á este dios, que nos conceda el mejor de los talismanes, el talismán por excelencia, la ciencia. Hecha esta invocación, cedo la palabra á Critias, conforme á lo acordado.

- CRITIAS
La acepto, mi querido Timeo. Pero la misma indulgencia que has reclamado, cuando principiastes tu discurso, reclamo yo ahora. Querría alcanzarla mayor aún, atendido el objeto que debo tratar. No se me oculta que pueda tenerse por ambiciosa, y si se quiere, hasta por un poco inconveniente mi súplica; mas, sin embargo, estoy resuelto á hacerla. No se trata de negar las verdades, que tú nos has expuesto; ¿ni qué hombre sensato se atreverla á hacerlo? Pero debo esforzarme para convenceros de que mi tarea es aún más difícil; y, por consiguiente, que tengo necesidad de mayor indulgencia.

Cuando se habla de los diosas á los hombres, mi querido Timeo, es infinitamente más fácil satisfacerlos, que cuando se les habla de los mortales, es decir, de ellos mismos. En efecto, la inexperiencia, ó más bien, la completa ignorancia de los oyentes, deja el campo libre al que quiere hablarles de cosas que ellos no-conocen; y tratándose de los dioses, ya sabemos á qué atenernos (1). Concebiréis más claramente esto, si fijáis vuestra atención en lo que voy á decir. Nuestras palabras son necesariamente una imitación ó imagen de alguna cosa.

Supóngase un pintor, que se proponga representar las cosas humanas ó las obras de la divinidad en general (2); desde luego vemos la facilidad ó dificultad que experimenta al imitar estos diversos objetos, para poder contentar al espectador. Si pinta la tierra, las montañas, los ríos, los buques, el cielo entero y todo lo que él comprende, así como todo lo que en él se mueve, nos daremos desde luego por satisfechos, por poco que haya sido su arte y escasa la semejanza conseguida al reproducir estos objetos; y en tal caso, desprovistos nosotros de todos los conocimientos precisos, no pensamos en examinar nada, ni en criticar nada, y nos damos por satisfechos con un bosquejo incierto y engañoso.

Pero que el pintor trace los rasgos de la humanidad, nuestros hechos propios, como el hábito de verlos nos los ha hecho familiares, notamos inmediatamente las más ligeras faltas, y nos convertimos en jueces severos del cuadro, si no ha reproducido su modelo con una completa fidelidad. Lo mismo sucede con los discursos. Cuando se trata de las cosas celestes y divinas, basta que se hable de ellas con alguna verosimilitud; pero cuando se trata de las cosas mortales y humanas, las examinamos con un espíritu riguroso.

Por lo tanto, si á causa de que voy á hablar sin preparación, se nota que se me escapa ó que incurro en alguna inexactitud, es preciso perdonármela; porque no es fácil, y antes bien es muy difícil, expresar las cosas que nos conciernen de una manera conveniente. No hay que olvidarse de esto. Hé aquí, Sócrates, lo que deseaba recordaros. Hé aquí cómo quería reclamar para mi discurso, no un poco, sino un mucho de indulgencia. Mis palabras no tienen otro objeto; y si os parece que tengo algún derecho á exigiros este favor, concedédmelo de. buena voluntad.
 
- SÓCRATES.
¿Por qué no concedértelo, Critias? También habremos de dispensar la misma gracia á Hermócrates, que hablará el tercero. Porque es seguro que apenas le llegue el turno, nos hará la misma súplica que tú. Y para que piense en otro exordio, y no se crea obligado á repetir tus palabras, tenga entendido desde ahora, que le dispensamos la misma indulgencia. Por lo demás, te daré á conocer, mi querido Critias, las condiciones del público, á quien vas á dirigirte. El actor, que acaba de representar su pieza, ha alcanzado un maravilloso éxito, y agotaremos toda nuestra benevolencia, para ponerte en estado de poder rivalizar con él.

- HERMÓCRATES.
Me doy ya por prevenido, Sócrates, al mismo tiempo que Critias. Pero dime, Critias: ¿no sabes que jamás los cobardes alcanzaron trofeos? Así, pues, es preciso que marches de frente y que discurras con resolución; es preciso quE después de haber invocado á Apolo y á las Musas, hagas la pintura de nuestros conciudadanos y celebres su valor.
 
- CRITIAS.
·Critias comenta como los sacerdotes egipcios cuentan a Solón el relato que sigue.
Bien, mi querido Hermócrates; como tu vez no llegará hasta mañana, y otro debe aún precederte, te presentas ahora muy valiente, pero no tardarás en saber por ti mismo si la tarea es fácil. Sin embargo, no me haré sordo ni á tus exhortaciones ni á tus excitaciones, y sin olvidar las divinidades que acabas de nombrar, llamaré en mi auxilio á todas las demás y singularmente á Mnemosina; porque de ella depende la mayor parte de mi discurso. Si la memoria me acompaña; si puedo referiros fielmente las antiguas historias de los sacerdotes egipcios importadas á estos lugares por Solón, creo que mi público quedará convencido de que he cumplido mi deber. Es preciso, pues, entrar en materia sin más demora.
 
 · Nueve mil años atrás hubo una guerra "entre entre los pueblos que habitan más acá y más allá" de las columnas de Hércules: Atenas y la federación de reyes de la Atlántida. La Atlántida, que se sumergió  en en mar por causa de terremotos, tenía un tamaño"más grande que la Libia y el Asia" quedó reducida a un escollo que impide la navegación en esa parte de los mares.
Ante todas cosas recordemos, que han pasado nueve mil años después de la guerra, que, según dicen, se suscitó entre los pueblos que habitan más acá y más allá de las columnas de Hércules. Es preciso que os dé una explicación de esta guerra desde el principio hasta el fin. De una parte estaba esta ciudad (3); ella tenía el mando y sostuvo victoriosamente la guerra hasta lo último. De la otra parte estaban los reyes de la isla Atlántida. Ya hemos dicho, que esta isla era en otro tiempo más grande que la Libia (4) y el Asia; pero que hoy día, sumergida por los temblores de tierra, no es más que un escollo que impide la navegación y que no permite atravesar esta parte de los mares. En el curso de mi historia hablaré por su orden de todos los pueblos griegos y bárbaros que existían entonces, pero debo comenzar por los atenienses y por sus enemigos, y daros razón de sus fuerzas respectivas y de sus gobiernos. En su vista, pues, de nuestra ciudad es de la que debemos ocuparnos desde luego.

·Los dioses repartieron las tierras entre sí. Vulcano y Minerva recibieron lo que Critias denomina "nuestro país". Sus habitantes, que se refugiaron en las montañas, han olvidado  la historia de sus mayores, aunque conservan la tradición de algunos de sus nombres. Recuerdan nombres de personas y héroes, pero no sus acciones.
Los dioses dividieron entre sí en otro tiempo la tierra toda, comarca por comarca, y esto sin que se suscitara alguna querella, porque no puede admitirse racionalmente, ni que los dioses ignoraran lo que á cada uno de ellos con venia, ni que, sabiéndolo, se robaran los unos á los otros el lote que les pertenecía. Habiendo obtenido como resultado de la justicia y de la suerte lo que querían, se establecieron en cada país; y después de haberse fijado en ellos, á la manera de lo que los pastores hacen con sus ganados, se consagraron á procurar el alimento y la educación á los hombres, que eran á la vez sus hijos y su propiedad.
 
Sin embargo, no emplearon la violencia como los pastores que castigan suavemente á su ganado para conducirle. Sabían que el hombre es un animal dócil, é imitando al piloto que conduce la nave, y sirviéndose de la persuasión como de un timón para mover el alma á su gusto, dirigieron y gobernaron así la raza toda de los mortales. Así gobernaron las demás divinidades en los países que les tocaron en suerte. Pero Vulcano y Minerva, que tienen la misma naturaleza, como hijos que son de un mismo padre, y que están animados del mismo amor á las ciencias y á las artes, recibieron como lote en común nuestro país, que les con venia y se adaptaba maravillosamente á su virtud y á su sabiduría.
·Los dioses hicieron hombres de bien. Con "la ruina de sus sucesores" y el tiempo perecieron, sobreviviendo sólo los que "escapando a los desastres"  que habitaban en las montañas. Carecían  de letras, cultura y tenían escasos medios de subsistencia. Habían olvidado su historia conservando solo algunas tradiciones. Empezaron a recuperar el pasado cuando algunos ciudadanos tuvieron resueltas las "cosas necesarias para la vida.
De los indígenas hicieron hombres de bien, y pusieron en su corazón el amor al orden político. Los nombres de estos hombres se han conservado, pero el recuerdo de sus acciones ha perecido con la ruina de sus sucesores y con el trascurso de los tiempos. La única raza, que ha escapado á estos desastres, ya lo hemos dicho, es la que habita las montañas, y que, sin letras y sin cultura, sólo recordaba los nombres de los que habían sido dominadores del país, sin saber nada ó casi nada de sus grandes hechos. Haciéndolo por punto de honra dieron estos nombres á sus hijos; pero en cuanto á las virtudes y á las instituciones de sus antepasados, sólo conocían lo que les había sido trasmitido por una oscura tradición.

Dada la escasez de subsistencias para el sostenimiento de la vida, escasez que duró por espacio de muchas generaciones; ocupados ellos y sus hijos en procurarse la satisfacción de sus necesidades, y entregado el espíritu á este solo objeto, para nada se cuidaron de los sucesos, que en otro tiempo se habían realizado. El estudio y la historia de las cosas antiguas se introdujeron con el ocio en las ciudades, cuando cierto número de ciudadanos, teniendo aseguradas las cosas necesarias para la vida, no tuvieron después que preocuparse bajo este punto de vista, Y he aquí como los nombres de los antiguos héroes se han conservado sin el recuerdo de sus acciones.
 
·Recuerdan nombres anteriores a Teseo conocidos por sacerdotes egipcios y que éstos mencionaron a Solón. La participación en las guerras eran iguales para hombre y mujeres, usando ambos armaduras en las batallas. El ejército y los sacerdotes vivían separados del resto de la población, sin propiedades pero recibiendo lo necesario para la subsistencia. Su estatus económico era semejante al del resto de los ciudadanos.
Lo que me autoriza á hablar así, es que los nombres de Cécrope, de Erecteo, de Eríctonío, de Erisicton y de muchos otros, que remontan más allá de Teseo, son precisamente aquellos de que, según la relación de Solón, se servían los sacerdotes egipcios, cuando le refirieron esta guerra. Lo mismo sucede con respecto á los- nombres de mujeres. Los trabajos de la guerra eran entonces comunes a las mujeres y á los hombres, y por esta causa la diosa era representada en sus imágenes y en sus estatuas con una armadura; era como una advertencia, para indicar que desde el momento en que el varón y la hembra están destinados á vivir juntos, la naturaleza ha querido que pudiesen ejercer igualmente las facultades, que son el atributo de su especie.
Diferentes clases de ciudadanos, entregados á los oficios mecánicos y á la agricultura, habitaban entonces nuestro país; la de los guerreros, separada desde el principio de las demás, como hombres divinos, habitaba aparte. Provistos de todas las cosas necesarias á su subsistencia y á la educación de sus hijos, estos guerreros no poseían nada en particular; consideraban todos los bienes como pertenecientes á todos; no exigían de los demás ciudadanos más que lo que justamente necesitaban para vivir, y desempeñaban con el mayor esmero las funciones diarias del Estado, tales como las hemos concebido.
 
·Describe los límites de su país (Ática), habla de un poderoso ejército  y de pueblos vasallos. Refiere que La Ática sufrió "numerosas y terribles inundaciones" a lo largo de los 9.000 años, y que las tierras de  "estas revoluciones" eran arrastradas al  mar, disminuyendo la superficie habitable.
Y también se dice como muy probable y quizá verdadero, que nuestro país en aquel tiempo tenia por límites el istmo (5) por una parte, y por otra los montes Citeron (6) y Parnaso (7), abrazando toda la parte del continente comprendida en este intervalo; que de aquí descendía, por la derecha, hasta Oropo (8), y por la izquierda, hacia el mar, hasta el río Asopo (9); estos eran sus límites extremos. Sobresalía entre todos los demás países por su fertilidad, lo cual le hacia capaz de sostener un numeroso ejército, compuesto de pueblos vecinos dependientes de nosotros. Es este un testimonio imponente de su fecundidad. Y, en efecto, lo que subsiste aún de esta dichosa tierra, no tiene igual en cuanto á la diversidad de producciones, excelencia de frutos y abundancia de pastos.
 
Tales eran entonces la belleza y la riqueza del Ática. ¿Podríais creerlo? ¿Ni cómo puede formarse una idea de lo que fue, por lo que es? Toda el Ática se desprende en cierta manera del continente, se mete por el mar y se parece á un promontorio. El mar que la envuelve, como si estuviera colocada en una vasija, es por todas partes muy profundo. En medio de las numerosas y terribles inundaciones que han tenido lugar durante nueve mil años, porque nueve mil años han pasado desde aquella época, las tierras, que estas revoluciones arrastraban desde las alturas, no se amontonaban en el suelo, como en otros países, sino que, rodando sobre la ribera, iban á perderse en las profundidades del mar. De suerte que, como sucede en las islas poco extensas, nuestro país, comparado con lo que era, se parece á un cuerpo demacrado por la enfermedad; escurriéndose por todas partes la tierra vegetal y fecunda, sólo nos quedó un cuerpo descarnado.
 ·Diferencia las inundaciones  descritas en los párrafos anteriores ( que arrastraban las tierras hasta hundirlas en el mar) de las lluvias anuales, que mantenían las tierras "en su seno" y las fertilizaba.
Pero antes el Ática, cuyo suelo no había experimentado ninguna alteración, tenía por montañas altas colinas; las llanuras, que llamamos ahora campos de Felleo (10), estaban cubiertas de una tierra abundante y fértil; los montes estaban llenos de sombríos bosques, de los que aún aparecen visibles rastros. Las montañas, donde sólo las abejas encuentran hoy su alimento, en tiempos no muy lejanos estaban cubiertas de árboles poderosos, que se cortaban para levantar vastísimas construcciones, muchas de las cuales están aún en pié. Encontrábanse también allí árboles frutales de mucha elevación y extensos pastos para los ganados. Las lluvias, que se alcanzaban de Júpiter cada año, no se perdían sin utilidad, corriendo de la tierra estéril al mar; por el contrario, la tierra, después que venían á ella abundantemente, las conservaba en su seno, las tenía en reserva entre capas de arcilla; las dejaba correr desde las alturas á los valles, y se veían por todas partes miles de fuentes, de ríos y de cauces de agua. Los monumentos sagrados, que se encuentran aún junto á los antiguos lechos de los ríos, atestiguan la verdad de mis palabras. He aquí lo que eran por naturaleza nuestros campos; los que los cultivaban, eran sin duda verdaderos labradores, entregados exclusivamente á sus labores, amigos del bien, de un natural excelente, y poseedores de una tierra fértil, regada por aguas abundantes y favorecida con el más benigno de los climas.
 
· Cuenta como la Acrópolis fue destruida por terremotos y lluvias en una sola noche, siendo ésta la tercera catástrofe natural antes del diluvio de Deucalión. En la parte alta vivían los guerreros y a su alrededor, campesinos y artesanos.  La meseta estaba vallada y los habitantes hacían vida en espacios colectivos. Una parte de la ciudadela estaba dedicada a jardines y lugares de esparcimiento. Tenía una fuente de la que manaba agua abundante, desaparecida por los terremotos. Contaba con un ejército de 20.000 efectivos, tanto de hombres como mujeres.  
En cuanto á la ciudad, ved la manera con que se gobernaba en aquel tiempo. En primer lugar, la Acrópolis (11) estaba muy distante de tener el aspecto que hoy tiene. En una sola noche torrentes de lluvia arrastraron las tierras con que estaba revestida, y la dejaron desnuda y despojada, en medio de temblores de tierra y de una inundación, que es la tercera antes del diluvio de Deucalion. Pero antes, en otra época, era tal la extensión de Id Acrópolis, que se extendía hasta el Herídan (12) y el Iliso (13), comprendía el Pnyx (14) y tenía el Lícabete (15) por límite por el lado opuesto al Pnyx. Estaba cubierta de una espesa capa de tierra, y, fuera de algunos puntos, presentaba en las alturas una llanura no interrumpida.

Estaba habitada, á los costados según se bajaba, por artesanos y labradores, que cultivaban los campos vecinos. En la altura sólo vivía la clase de los guerreros alrededor del templo de Minerva y de Vulcano, después de haber rodeado esta meseta con un solo vallado, como se hace con el jardín de una sola familia. Habitaban en común en casas situadas á la parte del Norte; en invierno tenían salas donde comían juntos; y tenían todo lo que reclama la vida en común, sea con relación á las habitaciones de los ciudadanos, sea con respecto á los templos de los dioses, á excepción del oro y de la plata de que no hacían ningún uso. Vivian tan lejos de la opulencia como de la pobreza; habitaban casas decentes, donde vegetaban ellos y los hijos de sus hijos, y las trasmitían sucesivamente tales como las habían recibido á hijos semejantes á sus padres.

La parte meridional de la Acrópolis estaba destinada a jardines, gimnasios, salas de refectorio, que dejaban de ocupar durante el estío. En el punto, que ocupa hoy la Acrópolis (16), manaba una fuente; y así como ahora sólo salen de ella pobres arroyos por uno ú otro lado, entonces suministraba una agua abundante, tan saludable en invierno como en verano, pero que desapareció á consecuencia de los temblores de tierra. Tal era el género de vida de estos guardas de sus propios conciudadanos, de estos jefes respetados por los demás griegos. Procuraban tener siempre á su disposición, en cuanto fuese posible, un número igual de hombres y mujeres en estado de llevar ya las armas y poderlas llevar aún, es decir, veinte mil. He aquí cómo gobernaban según las reglas de la justicia su ciudad y la Grecia; he aquí lo que eran estos hombres, celebrados y admirados de toda la Europa y de toda el Asia por la belleza de sus cuerpos y por las virtudes de todos géneros, que adornaban sus almas.

· Cuando Critias era joven oyó relatos de los enemigos de Ätica. Solón tradujo los nombres extranjeros de esos enemigos a la lengua helénica. Los manuscritos de Solón fueron del abuelo de Critias que se los cedió a él, su nieto.
Pero ¿quiénes eran sus enemigos, remontando hasta el origen de su historia? Esto es, amigos míos, lo que voy á exponeros y daros á conocer, si es que no se ha borrado en mí el recuerdo de las cosas que oí contar cuando era joven. Antes de entrar en materia, debo haceros una prevención. No os sorprendáis al oírme muchas veces dar nombres griegos á los bárbaros, pues ved la razón que tengo para hacerlo. Cuando Solón pensaba consignar esta relación en sus poemas, quiso conocer la significación de los nombres, y encontró que los egipcios, primeros autores de esta historia, los habían traducido á su propia lengua; y el mismo Solón, á su vez, buscando el sentido de cada nombre, le escribió en la nuestra. Estos manuscritos de Solón estaban en poder de mi abuelo y ahora los poseo yo, que los he estudiado mucho siendo joven.

· Según éstos, en el reparto de los territorios hecho por los dioses, a Neptuno le correspondió la Atlántida. La describe como una isla o península con la palabra "nesos". Fue habitada por los hijos de Neptuno y Clito, una mortal nacida de Leuciopa, esposa de Evenor. Ocuparon una montaña poco elevada, rodeada de una amplia llanura.
Y así, si me oís pronunciar nombres griegos, no os sorprendáis, puesto que ya sabéis la razón. Esta larga historia comenzaba poco más ó menos de la manera siguiente: Ya dijimos antes, que los dioses echaron suertes sobre las diferentes partes de la tierra; que los unos obtuvieron un territorio grande, otros uno pequeño, y que todos establecieron templos y sacrificios. Neptuno, á quien correspondió la Atlántida, colocó en una parte de esta isla los hijos que había tenido de una mortal. Esta parte era una llanura situada no lejos del mar, hacia el medio de la isla, la más bella, según se dice, y la más fértil de las llanuras. A cincuenta estadios poco más ó menos de esta llanura, también en medio de la isla, había una montaña muy poco elevada. Allí habitaba uno de estos hombres, que en el origen de las cosas nacieron de la tierra, Evenor, con su mujer Leucipa.

· Neptuno fortificó la colina de Clito con muros y fosos de tierra y mar alternativamente.En ningún caso se menciona que sean circulares.
Estos engendraron una sola hija, llamada Clito, que era núbil, cuando murieron sus padres; y con la que se casó Neptuno, que se enamoró de ella. La colina (17), donde vivía Clito, fue fortificada por Neptuno, que la aisló de todo lo que la circundaba. Hizo muros y fosos con tierra y agua del mar alternativamente, unos más pequeños, otros más grandes, dos de tierra y tres de agua, ocupando el centro de la isla, de manera que todas sus partes se encontraran á igual distancia del mismo. La hizo por lo tanto inaccesible, porque entonces no se conocían ni las naves ni el arte de conducirlas. Como era un dios, le fue fácil ordenar y embellecer esta nueva isla, formada en medio de la otra, haciendo que salieran del suelo dos manantiales, uno caliente y otro frió; y que produjera la tierra alimentos variados y abundantes.

· Neptuno tuvo cinco parejas de hijos varones mellizos entre los que dividió la Atlántida en diez partes. Al mayor de los mellizos le dio la mejor, que era la de su madre. Se llamaba Atlas y lo hizo rey de los demás hermanos. Al mar que limitaba con sus tierras se le llamó Atlántico. A su hermano gemelo le di la tierra de Gadirica, en lengua indígena, Gadir,  hacia las columnas de Hércules.
Tuvo sucesivamente de Clito cinco parejas de hijos, todos varones y mellizos, y los educó. Dividió toda la isla Atlántida en diez partes; dio al hijo mayor de los primeros gemelos la estancia de su madre con toda la campiña circundante, que era la más vasta y la más rica de toda la isla, y le hizo rey de todos sus hermanos. Entre estos eligió jefes, y dio á cada uno de ellos el gobierno sobre un crecido número de hombres y una gran extensión de territorio. Todos ellos recibieron un nombre. El hijo mayor, el rey, de quien la isla y este mar, llamado Atlántico, han tomado su nombre, por haber sido el primero que reinó en ella, fue llamado Atlas. A su hermano gemelo le tocó la extremidad de la isla, hacia las columnas de Hércules, la parte del país que se llama Gadirica, que se llamó en griego Enmeles y en la lengua indígena Gadir, donde tiene su origen el nombre de este país. Los hijos de la segunda pareja se llamaron Aniferes y Euemon; los terceros, Mneseo, el mayor, y el otro Autóctono; los cuartos, Elasipo el primero y el segundo Mestor; y en fin, los quintos Azaes y Diaprepes.

· Los hijos de Neptuno extendieron su poder durante muchas generaciones,  llegando hasta Egipto y la Tirrenia. Poseían grandes riquezas metalúrgicas, destacando eloricalco, "el más precioso de los metales después del oro". Había lagos,  pantanos, toda clase de frutos, animales salvajes y muchos elefantes.  
Estos hijos de Neptuno y sus descendientes habitaron en este país durante muchas generaciones; sometieron en estos mares otras muchas islas, y extendieron su dominación más allá, según hemos dicho, hasta el Egipto y la Tirrenia. La posteridad de Atlas continuó siendo siempre muy respetada; el mayor en edad era el rey y trasmitía su autoridad al mayor de sus hijos, de suerte que conservaron el reinado en su familia durante largos años. Era tal la inmensidad de riquezas, de que eran poseedores, que ninguna familia real ha poseído ni poseerá jamás una cosa semejante. Todo lo que la ciudad y los otros países podían suministrar, todo lo tenían ellos á su disposición. Gracias á su poder, eran importadas muchas cosas en la isla, si bien producía ésta las que son necesarias á la vida, y por lo pronto los metales, ya fueran sólidos ó fusibles, y hasta aquel del cual sólo conocemos el nombre, pero que en la isla existía realmente, extrayéndose de mil parajes de la misma, el oricalco (18), que era entonces el más precioso de los metales después del oro.

La isla suministraba en abundancia todos los materiales de que tienen necesidad las artes, y mantenía un gran número de animales salvajes y domesticados, y se encontraban entre ellos muchos elefantes. Todos los animales tenían pasto abundante, lo mismo los que vivían en los pantanos, en los lagos y en los ríos, como los que habitaban las montañas y llanuras, y lo mismo el elefante que los otros, á pesar de su magnitud y de su voracidad. Además de esto, todos los perfumes que la tierra produce hoy, en cualquier lugar que sea, raíces, yerbas, plantas, jugos destilados por las flores ó los frutos, se producían y criaban en la isla.

Asimismo los frutos blandos (19) y los duros (20), de que nos servimos para nuestro alimento; todos aquellos con que condimentamos las viandas y que generalmente llamamos legumbres; todos estos frutos leñosos que nos suministran á la vez brebajes, alimentos y perfumes (21); todos esos frutos de corteza con que juegan los niños y que son tan difíciles de conservar (22); y todos los frutos sabrosos que nos servimos á los postres para despertar el apetito cuando el estómago está saciado y fatigado; todos estos divinos y admirables tesoros se producían en cantidad infinita en esta isla, que florecía entonces en algún punto á la luz del sol.

· Describe la organización espacial de la Atlántida con sus diferentes anillos de tierra y agua. Menciona las dimensiones de algunas de las grandes obras de la ciudad. Relata como sus habitantes crearon templos y palacios, puertos y dársenas. Levantaron puentes sobre los fosos circulares que rodeaban la antigua metrópoli. Abrieron canales por los que podían circular trirremes. En algunos pasajes de los mismos pusieron techos para que las naves lo cruzaran a cubierto.
Utilizando, pues, todas estas riquezas de su suelo, los habitantes construyeron templos, palacios, puertos, dársenas para las naves, y embellecieron toda la isla en la forma siguiente: Comenzaron por echar puentes sobre los fosos circulares, que llenaba la mar, y que rodeaban la antigua metrópoli, poniendo así en comunicación la estancia real con el resto de la isla. Muy al principio construyeron este palacio en el punto mismo donde habían habitado el dios y sus antepasados. Los reyes, al trasmitírselo, no cesaron de añadir nuevos embellecimientos á los antiguos, haciendo cada cual los mayores esfuerzos para dejar muy atrás á sus predecesores; de suerte que no se podía, sin llenarse de admiración, contemplar tanta grandeza y belleza tanta.

A partir desde el mar abrieron un canal de tres arpentos de ancho, de cien pies de profundidad y de una extensión de cincuenta estadios, que iba á parar al recinto exterior; hicieron de suerte que las embarcaciones que viniesen del mar pudiesen entrar allí como en un puerto, disponiendo la embocadura de modo que las más grandes naves pudiesen entrar sin dificultad. En los cercos de tierra, que separaban los cercos de mar, al lado de los puentes, abrieron zanjas bastante anchas, para dar paso á una trirreme: y como de cada lado de estas zanjas los diques se levantaban á bastante altura por cima del mar, unieron sus bordes con techumbre, de suerte que las naves las atravesaban á cubierto. El mayor cerco, el que comunicaba directamente con el mar, tenia de ancho tres estadios, y el de tierra contiguo tenia las mismas dimensiones.
 · Los recintos de la ciudadela estaba rodeada de varias murallas de piedras blancas, negras y encarnadas. Cubrieron con una especie de barniz de bronce  el muro exterior, de estaño el segundo y de oricalco la Acrópolis, "que relumbraba como el fuego". En el centro se levantaba el templo a Clíto y Neptuno con muros revestidos de oro. En ese templo cada diez años acudían desde las provincias a ofrecer los primeros frutos de la tierra..
De los dos cercos siguientes, el del mar tenía dos estadios de ancho, y el de tierra tenia las mismas dimensiones que el precedente. En fin, el que rodeaba inmediatamente la isla interior, tenia de ancho un estadio solamente. En cuanto á la isla interior misma, donde se ostentaba el palacio de los reyes, su diámetro era de cinco estadios. El ámbito de esta isla, los recintos y el puerto de los tres arpentos de ancho, todo estaba revestido en derredor con un muro de piedra. Construyeron torres y puertas á la cabeza de los puentes y á la entrada de las bóvedas, por donde pasaba el mar. Para llevar á cabo todas estas diversas obras, arrancaron alrededor de la isla interior y en cada lado de las murallas, piedras blancas, negras y encarnadas. Arrancando así aquí y allá, abrieron en el interior de la isla dos receptáculos profundos, que tenían la misma roca por techo.

De estas construcciones, una serán sencillas; otras, formadas de muchas especies de piedras y agradables á la vista, tenían todo el buen aspecto de que eran naturalmente capaces. Cubrieron de bronce, á manera de barniz, el muro del cerco exterior en toda su extensión; de estaño, el segundo recinto; y la Acrópolis misma, de oricalco, que relumbraba como el fuego. En fin, ved cómo construyeron el palacio de los reyes en el interior de la Acrópolis. En medio se levantaba el templo consagrado á Clíto y á Neptuno, lugar imponente, rodeado de un muro de oro,donde en otro tiempo habían ellos engendrado y dado á luz los diez jefes de las dinastías reales. A este sitio concurrían todos los años de las diez provincias del imperio á ofrecer á estas dos divinidades las primicias de los frutos de la tierra.

· El templo estaba revestido en su exterior de plata, "fuera de los extremos, que eran de oro". En su interior y exterior habían tesoros y estatuas de oro y marfil, siendo las más importante la de Neptuno, situando centro del santuario en un carro tirado por seis corceles alados y rodeado de cien nereidas.. El palacio de los reyes armoniza con la grandeza del templo.   
El templo sólo tenía un estadio de longitud, tres arpentos de anchura, y una altura proporcionada; en su aspecto había un no sé qué de bárbaro. Todo el exterior, estaba revestido de plata, fuera de los extremos, que eran de oro. Por dentro, la bóveda, que era toda de marfil, estaba adornada de oro, plata y oricalcoLos muros, las columnas, los pavimentos, estaban revestidos de marfil. Se veían estatuas de oro, siendo de notar la del dios (23), de pié sobre su carro, conduciendo seis corceles alados, tan alto, que su cabeza tocaba á la bóveda del templo, y rodeado de cien nereidas sentadas sobre delfines. Se creía entonces, que tal era el número de estas divinidades. A esto se agregaban un gran número de estatuas, que eran ofrendas hechas por particulares. Alrededor del templo, en la parte exterior, estaban colocadas las estatuas de oro de todas las reinas y de todos los reyes descendientes de los diez hijos de Neptuno, así como otras mil ofrendas de reyes y de particulares, ya de la ciudad, ya de países extranjeros, reducidos á la obediencia.

Por su grandeza y por su trabajo, el altar estaba en armonía con estas maravillas; y el palacio de los reyes era tal cual convenía á la extensión del imperio y á los ornamentos del templo. Dos fuentes, una caliente, otra fría, abundantes é inagotables, gracias á la suavidad y á la virtud de sus aguas satisfacían admirablemente todas las necesidades; en las cercanías de las casas se encontraban árboles, qué mantenían la frescura; depósitos de agua á cielo abierto, y otros cubiertos con su techumbre para tomar baños calientes en invierno, aquí los de los reyes, allí los de los particulares, en otra parte los de las mujeres; y otros, en fin, destinados á caballos y en general á las bestias de carga, adornados todos y decorados según su destino. El agua, que salía de aquí, iba á regar el bosque de Neptuno, donde árboles de una magnitud y de una belleza en cierta manera divina se ostentaban sobre un terreno fértil y vegetal; y pasaba después á los cercos exteriores por acueductos abiertos en la dirección de los puentes.

· Además del templo de Clito y Netuno había otras divinidades, además de hipódromos, gimnasios y jardines intramuros. También había cuarteles pasa el ejército, situándose los cuerpos de más confianza más próximos a la acrópolis y el palacio. En el puerto habían muchas naves y gentes procedentes de todas partes del mundo, que de día y de noche formaban una algarabía continúa. 
Numerosos templos, consagrados á varias divinidades; muchos jardines; gimnasios para los hombres; hipódromos para los caballos; todo esto había sido construido en cada uno de los cercos ó murallas (24) que formaban como islas. Era de notar, sobre todo en el centro de la mayor de éstas islas, un hipódromo de un estadio de largo, que en su longitud abrazaba toda la vuelta de la isla, y donde se presentaba vasto campo para la carrera de los caballos y para la lucha. A derecha é izquierda había cuarteles destinados á la mayor parte de la gente armada; las tropas, que inspiraban más confianza, se alojaban en la más pequeña de las murallas, que era también la más próxima a la Acrópolis; y en fin, la tropa de más confianza vivía en la Acrópolis misma cerca de los reyes.

Las dársenas para las naves estaban llenas de trirremes y de todos los aparatos que reclaman estas embarcaciones; y estaba todo, en perfecto orden. He aquí cómo estaba dispuesto todo alrededor del palacio de los reyes. Más allá, y á la parte exterior de los tres puertos, un muro circular comenzaba en el mar, seguía el curso del mayor cerco y del mayor puerto á una distancia de cincuenta estadios, y volvía al mismo punto, para formar la embocadura del canal situado hacia el mar. Multitud de habitaciones, próximas las unas á las otras, llenaban este intervalo; el canal y el puerto rebosaban de embarcaciones y mercaderes, que llegaban de todas las partes del mundo, y de esta muchedumbre nacía día y noche un ruido de voces y un tumulto continuos. Creo haber referido fielmente en este momento lo que cuenta la tradición sobre esta ciudad, antigua estancia de los reyes.

· Descripción topográfica de la Atlántida. El suelo estaba muy elevado sobre el nivel del mar. Alrededor de la ciudad había una llanura que la circundaba a su vez rodeada de montañas que se prolongaban hasta el mar. En la parte de la isla que miraba al Mediodía había una llanura cuadrilonga, de 3000 estadios de un lado y 2000 de otro, con "populosas poblaciones", ríos y lagos. Estaba rodeada por un foso artificial al que vertían las aguas de las montañas. "Tocaba en la ciudad por sus dos extremidades". Para transportar los troncos de madera de las montañas se hicieron fosos que se comunicaban entre sí.
Ahora necesito exponer lo que la naturaleza hizo en el resto de este país, y las bellezas que le añadió el arte. Por lo pronto, se dice que el suelo estaba muy elevado sobre el nivel del mar, y las orillas de la isla cortadas á pico; que alrededor da la ciudad se extendía una llanura que la rodeaba, y que esta misma estaba rodeada de montañas, que se prolongaban hasta el mar; que esta llanura era plana y uniforme y prolongada, y que tenia de un lado tres mil estadios, y del mar al centro más de dos mil. Esta parte de la isla miraba al Mediodía, y no tenía nada que temer de los vientos del Norte. Eran objeto de alabanza las montañas que formaban como una cintura, y excedían en número, en grandor y en belleza á todas las que se conocen hoy día. Abrazaban ricas y populosas poblaciones, ríos, lagos, praderías, donde los animales salvajes y domesticados encontraban un abundante alimento, así como encerraban numerosos y vastos bosques, donde las artes encontraban materiales de toda especie para obras de todas clases.

Tal era esta llanura, gracias á los beneficios de la naturaleza y á los trabajos de gran número de reyes durante un largo trascurso de tiempo. Tenía la forma de un cuadrilongo recto y prolongado, y si faltaban estas condiciones en algún punto, esta irregularidad había sido corregida al, trazar el foso que la rodeaba. En cuanto á la profundidad, anchura y longitud de este foso es difícil creer lo que se cuenta, cuando se trata de un trabajo hecho por la mano del hombre, y si se compara con las demás obras del mismo género; sin embargo, es preciso que os repita lo que he oído decir. Estaba abierto hasta la profundidad de un arpento; tenia de ancho un estadio, rodeaba toda la llanura, y no tenia de largo menos de diez mil estadios. Recibía todos los cauces de agua, que se precipitaban de las montañas, rodeaba la llanura, tocaba en la ciudad por sus dos extremidades, y de allí iba á desembocar en el mar. Del borde superior de este foso, partían otros cien pies de ancho, que cortaban la llanura en línea recta y volvían al mismo foso, al aproximarse al mar; estos fosos particulares distaban entre sí cien estadios. Para trasportar por agua las maderas de las montañas y los diversos productos de cada estación á la ciudad, hicieron que los fosos comunicaran entre sí y con la ciudad misma por medio de canales abiertos transversalmente. Notad que la tierra daba dos cosechas por año, porque era regada en invierno por las lluvias de Júpiter, y en verano era fecundada por el agua de los estanques.
 
· Repartición de las levas por territorioContribución al ejército de las gentes de la llanura: Cada división territorial tenía una extensión de cien estadios. El territorio estaba dividido en 60.000 divisiones (por lo que se puede estimar una extensión de 60.000 x 100 = 6.000.000 de estadios) solamente en la llanura. Los habitantes de las montañas y el resto del país también contribuían a las fuerzas militares de la ciudad.
El número de soldados, con que debían contribuir los habitantes de la llanura que estuvieran en estado de llevar las armas, se había fijado de esta manera. Cada división territorial, debía elegir un jefe. Cada división tenia una extensión de cien estadios, y había sesenta mil de estas divisiones. En cuanto á los habitantes de las montañas y de las otras partes del país, la tradición cuenta que eran infinitos en número; fueron distribuidos, según las localidades y las poblaciones, en divisiones semejantes, cada una de las que tenia un jefe. El jefe debía suministrar, en tiempo de lucha la sexta parte de un carro de guerra, de manera que se reunieran diez mil; dos caballos con sus jinetes, un tiro de caballos, sin carro; un combatiente armado con un pequeño broquel; un jinete para conducir dos caballos; infantes pesadamente armados, arqueros, honderos, dos de cada especie; soldados armados á la ligera ó con piedras ó con azagayas, tres de cada especie; cuatro marinos para maniobrar en una nota compuesta de mil doscientas naves. Tal era la organización de las fuerzas militares en la ciudad real.

· Organización política de las otras nueve provincias del reino. Cada provincia tenía organización independiente, si bien compartían leyes comunes dadas por Neptuno y gravadas en una columna de oricalco en el templo que había en el centro de la isla. Los reyes se reunían cada cinco años-seis años.
Respecto á las otras nueve provincias, cada una tenía la suya, y nos extenderíamos demasiado, si habláramos de ello. En cuanto al gobierno y á la autoridad, he aquí el orden que se estableció desde el principio. Cada uno de los diez reyes tenia en la provincia, que le había correspondido y en la ciudad en que residía, todo el poder sobre los hombres y sobre la mayor parte de las leyes, imponiendo penas y la muerte á su capricho. En cuanto al gobierno general y á las relaciones de los reyes entre sí, las órdenes de Neptuno eran su regla. Estas órdenes les habían sido trasmitidas en la ley soberana; los primeros de ellos las hablan gravado en una columna de oricalco, levantada en medio de la isla en el templo de Neptuno. Los diez reyes se reunían sucesivamente el quinto año y el sexto, alternando los números par é impar. En estas asambleas discutían los intereses públicos, averiguaban si se había cometido alguna infracción legal, y daban sus resoluciones. Cuando tenían que dictar un fallo, ved como se aseguraban de su fe recíproca.

Después de dejar en libertad algunos toros en el templo de Neptuno, los diez reyes quedaban solos y suplicaban al dios, que escogiera la víctima que fuese de su agrado, y comenzaban á perseguirlos sin otras armas que palos y cuerdas. Luego que cogían un toro, le conducían á la columna y le degollaban sobre ella en la forma prescrita. Además de las leyes estaba inscripto en esta columna un juramento terrible é imprecaciones contra el que las violase. Verificado el sacrificio y consagrados los miembros del toro según las leyes, los reyes derramaban gota á gota la sangre de la víctima en una copa, arrojaban lo demás en el fuego, y purificaban la columna. Sacando en seguida sangre de la copa con un vaso de oro, y derramando una parte de su contenido en las llamas, juraban juzgar según las leyes escritas en la columna, castigar á quien las hubiere infringido, hacerlas observar en lo sucesivo con todo su poder, y no gobernar ellos mismos ni obedecer al que no gobernase en conformidad con las leyes de su padre.

Después de haber pronunciado estas promesas y juramentos por sí y por sus descendientes; después de haber bebido lo que quedaba en los vasos y haberlos depositado en el templo del dios, se preparaban para el banquete y otras ceremonias necesarias. Llegada la sombra de la noche y extinguido el fuego del sacrificio, después de vestirse con trajes azulados y muy preciosos, y de haberse sentado en tierra al pié de los últimos restos del sacrificio, cuando el fuego estaba extinguido en todos los puntos del templo, dictaban sus juicios ó eran ellos juzgados, si alguno había sido acusándole de haber violado las leyes. Dictados estos juicios, los inscribían, al volver de nuevo el día, sobre una tabla de oro, y la colgaban con los trajes en los muros del templo, para que fueran como recuerdos y advertencias.

Además había numerosas leyes particulares relativas á las atribuciones de cada uno de los reyes. Las principales eran: No hacerse la guerra los unos á los otros; prestarse recíproco apoyo en el caso de que alguno de ellos intentase arrojar á una de las razas reales de sus Estados; deliberar en común, á ejemplo de sus antepasados, sobre la guerra y los demás negocios importantes, dejando el mando supremo á la raza de Atlas. El rey (25) no podía condenar á muerte á ninguno de sus parientes (26) sin el consentimiento de la mayoría absoluta deles reyes. Tal era el poder, el formidable poder, que en otro tiempo se creó en este país, y que la divinidad, según la tradición, volvió contra el nuestro por la razón siguiente. Durante muchas generaciones, mientras se conservó en ellas algo de la naturaleza del dios á que debían su origen, los habitantes de la Atlántida obedecieron las leyes que habían recibido y respetaron el principio divino, que era común á todos. Sus pensamientos eran conformes á la verdad y de todo punto generosos; se mostraban llenos de moderación y de sabiduría en todas las eventualidades, como igualmente en sus mutuas relaciones. Por esta razón, mirando con desdén todo lo que no es la virtud, hacían poco aprecio de los bienes presentes, y consideraban naturalmente como una carga el oro, las riquezas y las ventajas de la fortuna.

Lejos de dejarse embriagar por los placeres, de abdicar el gobierno de sí mismos en manos de la fortuna, y de hacerse juguete de las pasiones y del error, sabían perfectamente que todos los demás bienes acrecen cuando están de acuerdo con la virtud; y que, por el contrario, cuando se los busca con demasiado celo y ardor perecen, y la virtud con ellos. Mientras los habitantes de la Atlántida razonaban de esta manera, y conservaron la naturaleza divina de que eran participes, todo les salía á satisfacción, como ya hemos dicho. Pero cuando la esencia divina se fue aminorando por la mezcla continua con la naturaleza mortal; cuando la humanidad la superó en mucho; entonces, impotentes para soportar la prosperidad presente, degeneraron. Los que saben penetrar las cosas, comprendieron que se habían hecho malos y que habían perdido los más preciosos de todos los bienes; y los que no eran capaces de ver loque constituye verdaderamente la vida dichosa, creyeron que habían llegado á la cima de la virtud y de la felicidad, cuando estaban dominados por una loca pasión, la de aumentar sus riquezas y su poder.

Entonces fue cuando el dios de los dioses, Júpiter, que gobierna según las leyes de la justicia y cuya mirada distingue por todas partes el bien del mal, notando la depravación de un pueblo antes tan generoso, y queriendo castigarle para atraerle á la virtud y á la sabiduría, reunió todos los dioses en la parte más brillante de las estancias celestes, en el centro del universo, desde donde se contempla todo lo que participa de la generación, y teniéndolos así reunidos, les habló de esta manera...

FIN DEL TOMO VI.
Gacelas minoicas del palacio de Knossos (Creta)
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 NOTAS.
 
(1) Critias veía en la religión una invención de los gobernantes para someter a los ciudadanos.
(2) La naturaleza propiamente dicha..
(3) La antigua Atenas.
(4) Posiblemente África.
(5) Lengua de tierra en medio del mar, que une la Acaya al Peloponeso. (Escoliasta).
(6) Montaña de Beocia.
(7) Montaña situada entre el Ática y la Beocia
(8) Ciudad de Beocia.
(9) Río de Beocia
(10) Era, dice el Escoliasta, una llanura árida y pedregosa.
(11) Literalmente, la ciudad elevada. En ella estaba la ciudadela de Atenas, la Atenas de la historia.
(12) Río del Ática.
(13) Río también del Ática.
(14) Plaza de Atenas donde tuvieron lugar al principio las asambleas del pueblo.
(15) Montaña del Ática que debe su nombre al gran número de lobos (Xúxot;) que la poblaban.
(16) Ciudadela.
(17) Una montaña de poca elevación antes mencionada.
(18) Hidrocarbonato de cobre y de zinc, conocido por los antiguos con el nombre de oricalco.
(19) La vid.
(20) El trigo
(21) ¿Cocos?
(22)¿Nueces?
(23) Neptuno.
(24) De tierra, separados por cercos de agua ó fosos.
(25) Aquel que ejercía el poder supremo o rey de reyes.
(26) Los otros nueve soberanos.
174,125

Hallan 39 lingotes de oricalco, un metal legendario descrito por Platón en 'La Atlántida'

Un grupo de buzos encuentra 39 lingotes de oricalco en el mar de Gela, al sur de la isla de Sicilia

El oricalco u orichalcum, como se le denomina en la Antigüedad, es un metal legendario que aparece mencionado en los muchos escritos antiguos. El término, en sí, deriva del griego y significa "cobre de montaña". Su leyenda se magnifica porque el filósofo griego Platón, que vivió entre los años 427 y 347 a. C. aproximadamente, lo menciona en sus escritos sobre la Atlántida. Según se extrae de estos longevos textos, el oricalco es el segundo metal más valioso de la época y predomina en muchas partes de la Atlántida.

El portal Ansa de Sicilia, recientemente, nos sorprende con la noticia de que han aparecido treinta y nueve lingotes relucientes de oricalco en el mar de Gela, situado en la costa meridional de la isla italiana de Sicilia, en una zona perteneciente a la provincia de Caltanissetta. El hallazgo lo ha hecho un grupo de buzos, pertenecientes a la asociación cultural Mare Nostrum, en las cercanías de un pecio arcaico descubierto hace ya algún tiempo en la zona. La recuperación de este peculiar tesoro la ha llevado a cabo un equipo de buzos de la Guardia Costera, la Guardia di Finanza y la Superintendencia del Mar.

Según los estudios realizados por muchos especialistas en metales e historiadores de la minería, que ahora se pueden completar con el análisis de este hallazgo, el oricalco es una aleación de cobre, zinc y plomo. Seguramente, debe de ser algo similar al conocido como latón dorado. Esta aleación de tres metales se utilizaba en la Antigüedad para la elaboración de objetos de valor y para la acuñación de monedas que, en muchos casos, datan del siglo VI a. C.

Ciertamente, aunque es una aleación que actualmente no tiene un gran valor crematístico, por aquel entonces era un metal muy apreciado, sobre todo en el ámbito religioso. El oricalco es el metal que se usaba por aquel entonces para rendir culto a Poseidón, el dios de los mares y de las tormentas, y otras deidades de la antigua Grecia.

No obstante, si tomamos como referencia la descripción que Platón hace del oricalco en el diálogo de Critias o La Atlántida, se puede excluir la probabilidad de que se trate de una aleación de metales, ya que "se le extraía de la tierra en muchos lugares de la isla" (Critias, 114). Algunos arqueólogos, teniendo en cuenta esta definición, piensan que cuando los antiguos hablan del oricalco se refieren al ámbar. De hecho, durante la Edad del Bronce final, entre los siglos XII y X a. C., esta amarillenta resina fósil es uno de los principales productos que se comercia por el Mediterráneo. Los navíos de Tartessos lo traían desde la península de Jutlandia junto con otros materiales como la plata, el bronce o el estaño.

En conclusión, el nuevo hallazgo de los treinta y nueve relucientes lingotes de oricalco en el mar de Gela arrojará más información a este interesante debate.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Un sátiro sanjuanino


Sarmiento lector, personaje y escritor en clave satírica

En el siglo XIX, la sátira es un discurso central para la articulación de la esfera pública, y que permite exhibir y exhibirse en la arena política. Pero pocos escritores, e incluso pocos hombres públicos americanos se manejan frente a este discurso con la soltura con la que lo hace Sarmiento. Este trabajo se centra en las diferentes figuras discursivas satíricas, verbales e icónicas, con las que Sarmiento fue calificado y que él mismo reescribió, y analiza algunas formas en que se plasmaron en el imaginario cultural argentino.

At the XIXth, Satire is a central discourse in order to articulate public sphere; and helps to exhibit the actors of the political field. But just a few writer, and just a few public men indeed could cope with satiric attacks as freely as Sarmiento does. This article focuses in the different satiric verbal and iconic figures that made Sarmiento a character, and in the ways he re-wrote them. It also intends to analyze some ways they formed an Argentinean cultural Imaginary. 



 En el siglo XIX americano, la sátira es un discurso central para la articulación de la esfera pública, y que permite exhibir y exhibirse en la arena política. Pero pocos escritores, e incluso pocos hombres públicos americanos se manejan frente a este discurso con la soltura con la que lo hace Domingo F. Sarmiento. Ya su iniciación literaria habría estado marcada por la sátira, con la lectura de unos versos en la época en que, en tertulia de amigos, redactaba periódicos manuscritos “por ocio y por juguete”. Estos versos satíricos contra los tratados de Paucarpata (1837), habrían sido entregados “en reserva” para que fueran publicados en un diario de Mendoza (Hudson, 1898: 388-389). Aunque velada por su carácter anónimo, y desfiguradas por el carácter de tentativa juguetona y amateur que el ejercicio de la sátira habilita, algo de ese primer tono –convenientemente perdida la obra inicial, borradas sus exactas palabras- persiste en toda su obra. La dimensión moral de este “modo” verbal le proporciona un tono para el sostén de “la verdad”, valor supremo de su discurso público; y su inmediatez, su capacidad pragmática, le proporciona su arma preferida: el poder mágico de la palabra satírica, que promete herir al enemigo no sólo en el lenguaje sino mucho más allá de las palabras, y marcarlo (Elliott, 1960; Hodgart, 1969). Eso explica la intensidad con que Sarmiento percibe, recorta y pone de relieve los ataques satíricos que recibe de sus adversarios ocasionales o insistentes. A veces, aun antes de que estas sátiras tengan intención o forma de tales: desde sus textos, Sarmiento las provoca, lleva el terreno de la discusión allí donde le conviene batirse. Cuando es él quien toma la iniciativa, su sátira descubre en cualquier objeto su veta política: la presencia de mujeres en las galerías del Congreso, el uso de determinado uniforme, el conocimiento o ignorancia del nombre de unos peces vernáculos (“las carpas”). Todos esos blancos no son sino variaciones de lo que, en cada oportunidad, busca atacar: la degradación o el ocultamiento de la cosa pública.
Para Sarmiento, la sátira es ante todo combate, y dentro del combate, lucha de posiciones. Esta dinámica excede, desde ya, el entramado de la prensa satírica ilustrada –vale decir, de ese conjunto de periódicos que se dedica exclusivamente a comentar satíricamente los sucesos políticos, ya a través de textos, ya mediante ilustraciones y caricaturas (Román, 2007). Pero encuentra en ese corpus un dispositivo particularmente sensible. Más allá de las idealizaciones de su nieto Augusto Belin (quien afirma que “el jefe de Estado era el primero en celebrar y reírse de su propia efigie profusamente caricaturada”, contradiciendo al menos parcialmente, como se verá, lo que Domingo Faustino expresa en las Obras Completas que el mismo nieto compiló; Belin Sarmiento, 1905: 196), es evidente que para Sarmiento la prensa satírica y la caricatura son, en diferentes momentos y por distintas causas, foco de curiosidad, de atención permanente y alerta constante. “La afición de Sarmiento por el dibujo se remonta a sus años mozos. Merece observarse que tanto los trabajos a los cuales se refirió alguna vez, como los pocos que han llegado a nuestros días, ejecutados todos a modo de agradable pasatiempo, presentan carácter humorístico. Antes de los veinticinco años, el mayordomo de minas de Copiapó, distraía a los compañeros de la ruda labor haciendo divertidas caricaturas de toda clase de bichos. (…)”, afirma Alberto Palcos (1945: 125). Los dibujos de Sarmiento (reproducidos en Palcos, 1945) participan evidentemente de la síntesis y la economía de la caricatura, aunque no siempre parecen ser -necesaria o, en todo caso, deliberadamente-, “humorísticos”. Expresan, en todo caso, la sintonía del dibujante con un tipo de discurso en el que, a lo largo del siglo XIX él mismo es, y se convertirá cada vez más acentuadamente, en personaje central. Este protagonismo de Sarmiento marca además –y de manera a veces sorprendente- las lecturas críticas, contemporáneas y posteriores, que se han hecho de su biografía cultural, de su figura pública e incluso de sus textos. En este sentido, aunque las figuras que traza Sarmiento se solapan y confunden de muchos modos, examinar algunas de ellas, ya sea recuperadas al enemigo o revertidas sobre él, permite asomarse a esa estrategia, que reconoce vaivenes y múltiples conexiones y reenvíos. 
Loco       

 
“La Locura. Estatua ejecutada por el escultor José M. Gutiérrez”.
La Presidencia, 1875. 
A punto de cumplir cuarenta años, Sarmiento redacta y publica sus Recuerdos de provincia (1850). “Mi nombre anda envilecido en boca de mis compatriotas”, se queja en las primeras líneas. La referencia inmediata de esa degradación son los “epítetos” que acompañan ese nombre:
[L]a prensa de todos los países vecinos ha reproducido las publicaciones del gobierno de Buenos Aires, i en aquellas treinta i mas notas oficiales que se han cruzado, el nombre de D. F. Sarmiento ha ido acompañado siempre de los epítetos de infame, inmundo, vil, salvaje, con variantes a este caudal de ultrajes que parecen el fondo nacional, de otros que la sagacidad de los gobernadores de provincia ha sabido encontrar, tales como traidor, loco, envilecido, protervo, empecinado i otros mas (…) (OC III: 26).
Hacía ya unos cuantos años que el gobierno de Juan Manuel de Rosas había hecho de esta secuencia de adjetivos, en sus diferentes combinatorias, una fórmula cuyo alcance iba del catecismo laico recitado por los serenos a la leyenda notarial, incluida en todo tipo de documentos oficiales. La escritura de sus Recuerdos, esa autobiografía desmesurada, prematura y panfletaria, suscitará su propia retahíla de sátiras, entre cuyos primeros elementos está un folleto anónimo: la “Carta particular en contestación a los insultos que habiendo por acaso registrado un infame libelo del salvage unitario Domingo Faustino Sarmiento bajo el título de Recuerdos de Provincia, halle entre la multitud de sus locas y anárquicas producciones”. Fechado en 1851 en “Carrascal de San Juan” –un pequeño pueblo donde Sarmiento ubica parte de sus hazañas juveniles en Recuerdos— el folleto reactiva las lecturas paródicas y satíricas de la figura pública de Sarmiento que había suscitado Mi Defensa (su primer texto autobiográfico publicado, de 1843) y también su Facundo. Y se cierra con una caricatura:
 
Es evidente que la caricatura no es un portrait-charge: no hay intento alguno de emular los rasgos faciales o físicos de Sarmiento (y, de hecho, otro epígrafe podría invertir su sentido ofensivo, y convertir a este cliché en una ilustración enaltecedora del papel de la prensa en la difusión del conocimiento). El lema cerca la pequeña figura la rodea, como queriendo justamente contener lo que Sarmiento “propaga”. La caricatura anida en esa articulación. El rasgo personal del ataque y de la injuria consisten en la mención del nombre propio y en su asociación con las dos palabras que se ubican justamente, los dos emblemas de la oralidad y la escritura: la trompeta y la hoja impresa, los “embustes” y la “anarquía”; y no en el principio de la frase, en la sentencia repetida de “loco asqueroso unitario” que, en todo caso, enmarca la anarquía y los embustes de Sarmiento, los pone en serie, los asimila a otros, los explica.
Entre esas palabras, como entre la larga serie de adjetivos que envilecían su nombre en la primera cita, Sarmiento señala una referencia específica, individual: una injuria que, como tal, singulariza al ofendido. Planteada la disputa política entonces en términos de ataque personal, el agredido despliega diferentes estrategias para disolver o revertir esas injurias. Entre ellas, la de elegir un “epíteto” que explora y asimila en sus escritos como si intuyera en él una productividad particular: el de “loco”.
Fuera de la razón, fuera de la mesura, la imagen del “loco” alude eficazmente a la verborragia, a la desbordante producción escrita y al exceso de actividad física que ostenta. La locura es la gran figura del desborde y de la excepcionalidad, caracterizada epocalmente por una admirable “insurrección de la fuerza” (Foucault, 2005), Sarmiento se encarga de actualizar ambas connotaciones. (El tipo penal del “loco furioso”, que aparece ya en el derecho indiano y persiste en el moderno derecho codificado, subtiende muchas de las acusaciones y de las chanzas que recibe Sarmiento, y su fuerza sostiene más de una vez los autorretratos que Sarmiento se diseña). La figura del loco, por lo demás, se amolda especialmente a una posición de enunciación que afirma incondicionalmente y como único valor la “verdad” de sus palabras: la del panfletario (Angenot, 1982: 85-86). Solo, fuera de la falsa verdad que se ha instalado en el mundo y sin lenguaje, al panfletario le han robado las palabras, trastornando su sentido –Sarmiento ya lo había denunciado en Facundo (1845), profusamente al describir el “diccionario civil” impuesto por Rosas-. Por eso, la fuerza política de la locura presupone un desdoblamiento, una inversión excluyente: la palabra “loco” reside en que denuncia ese deslinde del mundo en dos mitades nítidas, irreconciliables. Y grita que sólo en una de ellas habita la verdad.
La contracara del loco lúcido y veraz es, desde ya, la postulación de la locura como una máscara para encubrir al falsario y al hipócrita. Esta, justamente, será la acusación abierta o implícita de muchos de los ataques de Juan B. Alberdi, desde sus Cartas Quillotanas (1853) a su Peregrinación de Luz del Día (1871),donde Sarmiento aparece apenas encubierto bajo el nombre de “Tartufo”. La misma denominación o su presentación como carácter sustantivo, la “tartufería”que Alberdi atribuye a Sarmiento, son para Alberdi prueba irrefutable del cinismo de su oponente, y se reiteran bajo la inflexión del epíteto –no del calificativo ocasional- en cartas y papeles privados (por ejemplo, en su “Facundo y su biógrafo” (Alberdi, 1897)). Tal cinismo hipócrita gira siempre en torno a la noción de interés: si el loco, como el panfletario, es insoportablemente veraz desde que su libertad le permite enunciarlo todo, para Alberdi, así como para muchos otros contemporáneos, tal libertad encubre en Sarmiento una avidez mucho más concreta: la codicia económica.
 
El Mosquito, 23-7-1876. Lámina sin firma. Detalle
En las alas del murciélago-Sarmiento: “Chupa-Sueldos”. La caricatura alude a las reiteradas acusaciones hacia Sarmiento respecto de las rentas que percibía por diversos empleos en el estado nacional.
Pero volvamos al modo en que Sarmiento incorpora la imputación de locura en su biografía cultural. Porque si la acusación de “loco” implica ante todo su descalificación política, Sarmiento responde a esta acusación reforzando esas proyecciones. Por eso decide escribir una genealogía política de la locura, cuyo último eslabón es él mismo. Se había entregado a esta empresa con especial ímpetu durante los meses que rodean la publicación de Recuerdos de Provincia. Muy poco tiempo antes, Sarmiento había publicado en su diario chileno La Crónica, una artículo que incluía la publicación de algunos “brindis” realizados en ocasión al aniversario del 25 de Mayo, y algunos documentos probatorios de su accionar patriota en el Chile de entonces. Entre ellos, una carta de Ramírez al gobernador Juan Manuel de Rosas, en cuyas primeras líneas se lee: “Me honro en elevar a V.E. la carta adjunta, que acabo de recibir en el correo por la vía de San Juan, del loco, fanático, salvaje unitario Domingo F. Sarmiento… ”. Augusto Belin –quien fue nieto de Domingo y fanático, a menudo salvaje, editor de sus Obras Completas-, consigna junto al primer adjetivo de la serie: “La nota manuscrita de Sarmiento dice: ´Primera aparición en documento oficial del epíteto de loco´” (OC XIII: 278). Sostenida por el frágil hilo de la cita, el trazo manuscrito quiere dejar constancia de la estampa “oficial” –tardía, si se atiende a las referencias históricas- del “epíteto”, despejando de toda duda su carácter ideológico.
Lo sepa o no, Sarmiento no está solo en esa tarea. A contraluz de esa primera carta de Ramírez a Rosas, se puede leer otra, una carta privada. Fue escrita pocos meses después de aquella y es también, aunque en otro sentido, una infidencia; una carta de complicidad y de traición: “Sarmiento camina a loco. Rosas ha logrado su objeto ha inflado su vanidad a punto de hacerle creer que es su enemigo más formidable en el exterior, y además su rival en candidatura para el gobierno. El fantasma de Rosas lo desvela, lo deschaveta, y lo hace desbarrar del modo más lastimoso (…). Lástima es que tan bello talento se haya extraviado así. Porque Rosas ha dado en la manía de divertirse con él, Sarmiento ha tomado la cosa a serio, y se desvive a quijotadas (…) (Alberdi, 1900: 789).
Entre la carta de Ramírez a Rosas y esta, que Esteban Echeverría le dirige a Alberdi y está fechada el 12 de junio de 1850 media, justamente, la publicación deRecuerdos, la obra que consagra la locura como legado y como conquista, y la erige en posición de enunciación.
De allí en más, y sobre todo a partir de la caída de Rosas, el epíteto de “loco” acompaña a Sarmiento, agregando rasgos que sus adversarios persistentes u ocasionales encuentran ya inscriptos en su biografía. Después de Caseros (1852), a diferencia de lo que sucedió con otros personajes, Sarmiento mantendrá (y se empeñará en mantener) el mote que se había elegido. A partir de entonces, cuando el paso del tiempo vaya atenuando la carga política de esta calificación, irá convirtiéndose en una especie de rasgo genético o idiosincrásico que habilitó una modalidad de actuación. Habría que decir, no obstante, que Sarmiento intentó mantener ese lazo político –que era, una vez más, el que legitimaba su posición panfletaria-. Variará ocasionalmente, eso sí, el origen de aquella atribución original (“Mi título de loco me lo dio Urquiza, que ha sido bastante cuerdo para sacar veinte millones de su vida pública”, le escribe a Mary Mann desde Nueva York, en 1867). Muchos años después, como prueba última de la construcción de un mito personal que quiere legar a la posteridad diseñado con perfiles nítidos confesará o dictará al historiador Adolfo Saldías una de sus escenas más acosadas, más deseadas. Es la voz de Rosas la que habla, tras la lectura de Facundo: “El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí: así es cómo se ataca, señor; así es cómo se ataca; ya verá usted cómo nadie me defiende tan bien, señor” (Saldías, 1911: 57), escribe Saldías que le ha dicho Sarmiento. La locura se desliza aquí de la política, de la vanagloria y también de cualquier sombra de ensoñación quijotesca: el “loco Sarmiento” se ha convertido, en esta escena ficcional por definición, en un nombre de autor: el satírico ha vencido a su enemigo en su propio campo, arrancándole el sentido de sus palabras para invertir su connotación. Eficacia del ataque y escritura del libro son “la locura”: una y la misma cosa.
A lo largo del siglo XIX –resulta evidente tras haber recorrido la historia de la prensa satírica argentina- las campañas electorales y, sobre todo, presidenciales, fueron momentos de previsible auge de la sátira gráfica y verbal. Como las elecciones –nacionales, provinciales, municipales; presidenciales, legislativas- eran bastante frecuentes, resultaba relativamente sencillo “activar” ciertas representaciones y tópicos eficaces para caracterizar a los personajes más expectables, así como para lograr rápidas e igualmente eficaces adhesiones y rechazos para las candidaturas en juego. La candidatura presidencial de Sarmiento no fue una excepción a esta rutina que, en todo caso, funcionó de manera quizá más virulenta, porque el candidato no tenía partido propio que modelara de manera unívoca ni su programa gubernativo ni su estampa como líder. Previsiblemente, la locura de Sarmiento fue un tópico revisitado en el debate preelectoral (vale la pena revisar, por ejemplo, los intercambios en La TribunaEl Nacional (favorables a la candidatura de Sarmiento) y La Nación Argentina (que apoyaba la de Rufino de Elizalde)), y un recurso satírico fácilmente actualizable.
En 1868, un folleto anónimo publicado en Buenos Aires pone en el centro de la caricatura los “desvaríos” del presidente recién elegido: “La República de los canallas. Aventuras y descalabros del dómine Palmeta, miembro fundador de su familia, sócio del manicomio de la residencia, autor de viajes alrededor de sí mismo y presidente imajinario de una república de escuelas. Obra coronada por la Convalescencia de Michigan”Y aun ocho años más tarde, en 1876, el primer periódico satírico “coloriado”, Los Grandes Pigmeos, elige completar las páginas del que será su único número, dedicado al “non plus ultra” de los “grandes pigmeos” públicos, Sarmiento o “el Moro Al Ben Racin”, con fragmentos de este texto, a los que añade una caricatura-portrait charge a doble página. Desde su título, este libelo organiza la imagen de Sarmiento en una suerte de curriculum vittae paródico, donde la única línea de continuidad es la sinrazón. El relato parte del linaje moro de Sarmiento, se detiene especialmente en su segundo viaje a Estados Unidos y su elección como presidente argentino, consigna la fundación de Chivilcoy y termina con el ingreso de Sarmiento a la “Residencia”. La parodia acude a textos sumamente conocidos, como por ejemplo la arenga napoleónica de 1798 en Egipto (“Soldats! Du haut de ces Pyramides quarante siècles d´histoire contemplent nous…”) y a algunos episodios de Don Quijote –particularmente, al de la “iniciación caballeresca”-.
La locura de Sarmiento se convierte, para la prensa satírica, en piedra de toque productiva para justificar cualquier caricatura, y en la síntesis perfecta para ejercer la sátira verbal sobre cualquiera de sus palabras, de sus acciones privadas o de sus actos de gobierno. Un ejemplo es la “la estatua de la locura” de Sarmiento publicada en La Presidencia (1875), que funciona como epígrafe de este apartado, y donde el diagnóstico de un “caso” de megalomanía que permite “ejecutar” esa representación –se trata de una polémica, y la palabra no está elegida al azar-. El gorro de arlequín del ex presidente, lleno de vaivenes y curvas tan imprevisibles, al parecer, como sus ideas, resuena en la curvatura de su espada y en la concavidad de la silueta de sus orejas, oponiéndose a las rectas, pragmáticas bases de apoyo de la “estatua”, a los rasgos duros de la expresión de la cara. Solo la inminencia muscular de las piernas, a punto de dar un salto, indefinible entre el bailarín y el espadachín, comparte tensión y desvarío, rasgos de ambas.
Trece años más tarde, a fines de 1888, Sarmiento ha muerto. Y tras su muerte, Henri Stein, director y dibujante de El Mosquito y uno de los más sagaces lectores e intérpretes contemporáneos de la figura de Sarmiento, hace de la locura un rasgo central para su imagen póstuma. El Mosquito de Stein –el periódico satírico más importante de su época- alguna vez había proclamado a Sarmiento el “rey de sus tipos” (caricaturescos). En ocasión de su muerte, sin embargo, publica su retrato en tapa, con una banda negra, como si el periódico buscara –entre el decoro y el deber impuesto- recomponer, salvándolo de la deformación caricaturesca, un cuerpo físico en disolución. El desplazamiento de la deformación caricaturesca y su reemplazo por la forma del retrato es aquí un medio para sostener, en el pasaje de la vida a la muerte, una imagen que se busca construir estable para la imaginación colectiva (este desplazamiento, además, está en sintonía con los homenajes que tanto el gobierno como gran parte de la prensa local ya discute; entre ellos el de la necesidad de erigir una estatua para el muerto: es decir, de construir una imagen literalmente sólida para la posteridad). Dos números más tarde, la doble página central de El Mosquito muestra el ascenso al cielo de Sarmiento, recibido por el panteón de los próceres (“clásicos”, como, entre otros, José de San Martín y Manuel Belgrano; y “modernos”, entre quienes se distingue a Nicolás Avellaneda y Adolfo Alsina). Pero quince días después, a casi un mes de su muerte, Stein organiza en su periódico una ceremonia mortuoria muy diferente. Desde 1877, Sarmiento ha venido ocupando un puesto sosteniendo las letras que conforman el frontispicio de El Mosquito. Su figura debe salir, ahora, necesariamente de ese lugar. Stein convierte lo que podría ser un mero reparo vinculado con las convenciones del decoro o un dilema ético en un problema vinculado con la especificidad de su medio de prensa y que le permite hacer los honores fúnebres de Sarmiento en términos de su propio discurso. Así, en un artículo titulado “A rey muerto, rey puesto. Asamblea general”, convoca a los “tipos” que adornan por entonces el frontispicio del periódico, e incluso a otros que se presentan sin avisar. “Quién había de bastante digno por su genio descarrilado, por su talento innegable, por sus originalidades, para pretender el honor de ocupar el vacío que la muerte del gran patriota había dejado en nuestro título?”, resume el director del periódico (El Mosquito, 7-10-1888). Y en esa frase sibilina traza la última caricatura de su héroe.
Moros y militares
La Cotorra (1879). “La adoración de los tres reyes… magros”. Detalle 
“Moro” y “militar” son dos de las investiduras más reclamadas por Sarmiento. La tercera es la presidencial. Y si obtiene esta última de manera plena aunque no exenta de trabajos ni de compromisos adquiridos, las dos primeras son reclamos constantes y –contra lo que podría esperarse— harto más difíciles de conseguir. Solo en la prensa satírica y en las caricaturas Sarmiento, repetidamente, es una y otra cosa (y a veces, como en la caricatura que es epígrafe de esta sección, ambas).
Como en el caso de la locura, Sarmiento funda explícitamente su linaje moro enRecuerdos de Provincia. Este segundo linaje es interpretado por sus contemporáneos (y particularmente, por la prensa satírica) a veces sinónimo o síntoma del primero, o en todo caso, como una de sus proyecciones más pintorescas. La analogía orientalista en el Facundo, que a fines del siglo XX será una productiva clave de lectura de su obra política y literaria (Altamirano, 1997), servía entonces para reactivar todas sus connotaciones: exotismo, habilitación de la voluntad despótica, predominio del temperamento de las pasiones por sobre cualquier apariencia de racionalidad. En el momento en que ascendía a la presidencia nacional, aquel folleto satírico que lo titulaba canalla Dómine Palmeta aprovechaba también, en cuerda chabacana, la referencia oriental: “Yo soy moro, es decir un sanjuanino pero de casta mora: mi abuelo era el famoso turco Alí Kaka Ben Al-Bazín, maestro de contrabajo del Profeta Mahoma" (1868: 5).
Algunos años antes, durante su viaje a Argel, Sarmiento se había encargado de dejar plasmada una imagen que verosimilizaba su ascendencia mora: en el Departamento Fotográfico del Archivo General de la Nación se conservan dos o tres daguerrotipos –alguno, seguramente, tomado en estudio— donde se lo puede observar con túnica y fez, sosteniéndose entre vagas y románticas columnas truncas. Igualmente ataviado lo retrata en una “fantasía” pictórica su hermana Procesa, montando sobre el lomo de un camello.
Archivo General de la Nación
La caricatura contemporánea hizo de ese puñado de imágenes –prueba de un gusto y una práctica que, como se sabe, fueron menos idiosincráticas de Sarmiento de lo que podría suponerse— una impostura personalísima. Así, lo que constituía en buena medida una marca de época o una estructura de la sensibilidad, el gusto colonialista por lo exótico y el remedo o la imitación oriental, fueron en Sarmiento marca subjetiva y definitoria, singularizante, que combinaba el exhibicionismo con la extravagancia y el desparpajo. La sátira y la caricatura se encuentran así en el modo y el blanco de la injuria una “pulsión” que anima menos la figura que la escritura sarmientina; lo que Nicolás Rosa, un siglo después, ha definido como uno de sus dos “regímenes escriturarios”: el ethos oriental.
Como objeto pulsional de la escritura [el ethos oriental] da cuenta de un carácter secreto y cuasi-anecdótico de la ´personalidad´ de Sarmiento: sensualidad, carnalidad, la gula, el chiste indecente. Sus figuras retóricas mayores operan por desagregación textual: la digresión y la dispersión. Estas figuras no poseen el peso gravitatorio que poseen las figuras del ethos romano, no se ´graban´, ni se inscriben como trazos de la letrafuneraria, son lábiles, discontinuas, y generan una perturbación desconstructiva (…) (Rosa, 2004: 113). 
Lábiles, discontinuas y, en efecto, perturbadoramente deconstructivas del texto sarmientino, caricatura y la sátira que toma por objeto a Sarmiento funcionan productivamente porque están en sintonía con ese ethos oriental. Y por eso pueden, en el extremo, hacer visible y tematizar intuitivamente lo que la crítica literaria descubrirá y articulará como categoría dadora de sentido.
Si ser moro requiere de un linaje que es necesario exponer, ser militar será un reclamo en el que pesa la prueba del cursus honorum. Su Campaña en el Ejército Grande (1852) es el primer paso en la articulación de su foja de servicios, y en el triunfo de esa campaña se ubica también la primera imagen de esta trayectoria. Se trata del daguerrotipo que, con su traje completo, se hace tomar tras la batalla de Caseros. 
Archivo General de la Nación
Casi una década más tarde su voluntad de “figurar” también como militar irrita a algunos jefes: “Ha sido preciso variar las instrucciones que primero le di a Sarmiento –escribe el general Wenceslao Paunero a Bartolomé Mitre, en plena campaña de disciplinamiento de las provincias tras Pavón- porque tiene el furor de hacer figura militar ante todo, y después sus puntos de déspota jacobino, que si se le deja con la rienda suelta es capaz de convertirse en un carrier de las provincias que caigan sobre su férula” (Gálvez, 1945: 429) [subrayados míos].
Al general daguerrotipado, la prensa satírica opondrá insistentemente la cantera de imágenes que, una vez más, ofrece Recuerdos de Provincia. El motivo de “la infancia del jefe”, articulado con el del héroe militar cuya valentía y liderazgo surgen entre los juegos infantiles anidan en las batallas barriales de las tardes provincianas, narradas en el capítulo “Mi educación”. Entre los personajes de esos episodios la prensa satírica eligió a uno que acompañaría en sus páginas a Sarmiento: Piojito, interlocutor y confesor del funcionario ávido de convertirse en general. Sarmiento lograría su anhelo, tras largas discusiones parlamentarias, en 1877. Para entonces, El Mosquito había agregado a la compañía de Piojito la de unas cada vez más pesadas y enormes charreteras, un bicornio napoleónico -que sobreimprime, claro, la connotación de la locura a la de pretensión militar—. Ahora bautizará a la espada del flamante general como “la virgen”, en obvia alusión a su falta de bautismo de combate. Por añadidura, en este atuendo militar, la obsesión sarmientina por los trajes queda articulada en una imagen demoledora. “Sarmiento es general, como lo es aquel loco de la convalecencia, que se engalana con los trapos chillones y se condecora á si mismo con objetos menudos de quincallería y pedazos de hojalata”, se conduele falsamente El Mosquito, al descubrir que el Senado le ha jugado la “chanza” de hacer realidad esa “broma pesada”, concediéndole finalmente el grado de general. Entonces, declara el periódico que el buen humor de sus páginas “ha cedido el paso á una piadosa melancolía como la que se experimenta al considerar un caso de demencia incurable, por mas que se preste á las risas de los desalmados (…)” (El Mosquito,8-7-1877).
Zumbonas y todo, las “condolencias” duran poco, y llueven en cambio las burlas abiertas y las caricaturas. Así lo presentaba el semanario de Stein tras las intervenciones de Sarmiento en El Nacional, atacando al nuevo diario de los hermanos Ricardo y José María Gutiérrez, El Pueblo Argentino:
Se alquila al mejor postor la pluma del escritor que tumbó a Rosas, que contuvo á Urquiza, que hundió a Taboada, que colgó (dicen las malas lenguas) al Chacho, que sostuvo los gobiernos regulares y á veces sus enemigos aunque imperfectos de Obligado, Alsina, Mitre, Avellaneda, y que no tiene levantado el látigo de las Eumenides, sino contra tiranos, demagogos, pillos, explotadores, cínicos escribientes, y cagatintas sin instrucción, sin delicadeza y sin vergüenza! (OC LII: 312) [subrayados míos].
El Mosquito, 9-6-1878, p. 3. Detalle. Caricatura sin firma.
En la columna detrás de Sarmiento, “Imprenta del Nacional” (su diario).
En la espada: “la virgen”. En la cartera, “sueldos”. 
Pocos días más tarde, la caricatura de El Mosquito redoblaba la apuesta. Bajo la imagen se lee: “El miércoles pasado salió de una imprenta de la calle Bolivar, un loco, desnudo y furioso que gritaba “¡Canallas, respeten las charreteras del general CAGATINTA!” Después de ser sometido á un examen médico se reconoció que su locura desaparecia cuando se trasladaba á cobrar sus sueldos”.
El uniforme militar, completamente desestructurado, es soporte aquí de la sátira sobre un cuerpo travestido y fuera de control (el apodo del “general” y el gesto de taparse la nariz dan cuenta de hasta qué punto el descontrol es aquí, también, escatología).
La figura de Sarmiento, su cuerpo dibujado, se transforma en la percepción de los lectores con el añadido de nuevos atributos. Su bastón presidencial queda completamente obliterado por una espada virgen, mellada, excesivamente curva o que chorrea sangre, que se complementa a la perfección con el bicornio de la locura napoleónica y con la hipérbole de las charreteras. Son varias las imágenes que tienen como centro y como blanco a Sarmiento que recogen estos rasgos, y que configuran así una serie en la que se concentran simultáneamente varios ataques. La espada puede ya ser cimitarra árabe 
El Mosquito, 7-1-1877
En la mesa, la cabeza de Ricardo López Jordán.
“Con permiso de la autoridad, YO apuesto todos mis sueldos que una vez cortada esta cabeza no habrá mas revoluciones”
O bien estilizarse, rígida, para hacer del uniforme militar el del director de unabanda militar: 
Antón Perulero, 18-5-1876Detalle. Caricatura de Carlos Clérice 
Pero lo que la prensa caricaturesca no deja de repetir, una y otra vez, es que ese uniforme, tan trabajosamente conseguido e impuesto, no puede leerse sino como disfraz: el reverso simétrico y perfecto de su ideal del traje como didáctica de la civilización.
Esta imagen olvidada, como en buena medida está olvidada hoy la dimensión militar de la figura de Sarmiento, fue lo suficientemente eficaz y lo suficientemente significativa como para que aun en 1911 Leopoldo Lugones se sintiera tentado a polemizar con ella, y desmentirla: “la posteridad no puede continuar en su engaño sobre aquel general de la caricatura y del epigrama (…)” (1911: 226).

Primitivismo y otros excesos
            El sátiro sanjuanino,
de talla grotesca y
espíritu dañino
Olegario V. Andrade “Candidaturas” (1867). 
Defendía sus asuntos como si fueran casos perdidos, con una fiereza de mono acorralado.
Era capaz de andar con el pantalón desprendido, de pura rabia.
Ignacio Anzoátegui, Vidas de muertos (1934).
Las representaciones del cuerpo de Sarmiento están atravesadas por dos vectores: la fealdad y la fuerza. Y son vectores porque, efectivamente, su magnitud y su orientación definen a ambas características por completo. La magnitud siempre es desproporcionada: hiperbólica (de ahí que la talla que le atribuye Andrade seagrotesca, tanto –el paralelismo lo sugiere—como es dañino su espíritu). La dirección, al parecer, se define por estar siempre desentendida de sus efectos: si los adversarios de Sarmiento pueden ver en ella intenciones conscientes y malévolas, su alcance es casi siempre inesperado, una reacción en cadena que él mismo no podía prever. En cruce con el ethos oriental, ese cuerpo siempre está disponible para los desbordes: la avidez económica que sus enemigos le atribuyen se traduce en un organismo monstruoso, que se agiganta a fuerza de comer y enchupar (como el murciélago del apartado anterior). 
El Mosquito, 1-10-1876. Caricatura sin firma. Detalle
Avellaneda y Sarmiento intentan probar la “torta” del presupuesto. En sus cuchillos, respectivamente, se lee: “presidencia”, “sueldos”.
Magnificada, orientada siempre hacia los desvíos, la locura puede aparecer bajo la forma del cuerpo desequilibrado por la ebriedad. “El borrachón de Sarmiento”, lo había llamado La Nación, para desdecirse rápidamente –es Casimiro Prieto Valdés quien se hace cargo—señalando que se trataba de un dudoso error de imprenta (donde se lee “borrachón”, léase “bonachón”…).
Desde El Pueblo Argentino, José M. Gutiérrez denuncia que se ha visto a Sarmiento regresar borracho de los bosques de Palermo (1878). Es entonces cuando Sarmiento responde no sólo con una justificación que pulsa la cuerda personal e innegablemente trágica (regresaba de visitar la sepultura de su hijo en la Recoleta) sino que además le dispara la injuria que cruza, justamente, la letra y el cuerpo: es en esa ocasión que llama a Gutiérrez “cagatintas”.
Aun años después, en plena campaña por las leyes de educación laica (febrero de 1883), y frente a un discurso contra la educación religiosa que Sarmiento ha dado en Montevideo, Pedro Goyena, en un artículo anónimo, le arroja el mismo calificativo por vía de la metáfora –el diario desde el que lo hace, defensor de los intereses de la Iglesia, es pudoroso-: “¡estás ebrio de vanidad, de mentiras y de calumnias! ¡animalis homo!” (La Unión, 18-2-1883). Sarmiento le responde al día siguiente desde su propio diario, El Nacional. Devela que esa nota anónima ha sido escrita por Goyena y se apropia de ese sintagma para usarlo irónicamente, como su propia firma, poniendo al pie de su texto: “Un viejo ebrio de vanidad”. Pero antes de este final, devuelve la injuria diseñando, una vez más, la superposición entre obra y letra para su oponente. Nuevamente, la clave está en el cuerpo: “El cuerpo de la obra de Goyena encierra lo que todos los intestinos; y la peroración es lo que correspondía a un joven pulcro, de lenguaje culto, de ideas sanas, de un Don Pedro Goyena” (OC LII: 358).
El ataque de Goyena incluía un elemento sobre el que Sarmiento no focaliza, pero que encierra también un núcleo semiótico productivo para sus representaciones:animalis homo. La fealdad y la fuerza se configuran a menudo, también, para hacer de Sarmiento literalmente una bestia: rusticidad, primitivismo y falta de reflexión articulan tanto la imagen del sátiro que le impone Andrade como la de lafiereza del mono acorralado que, de manera póstuma, le sobreimprime Anzoátegui. El enaltecimiento de Sarmiento de la figura de Charles Darwin y de las teorías darwinistas, por un lado, y por otro, su fervorosa propaganda, desde 1855, de las islas del Delta del Paraná, “el Carapachay” –Sarmiento, como es sabido, fija una de sus residencias en la zona— pasan entonces de ser motivos, causales o disparadores de la sátira, en tópicos que atraviesan sus representaciones. Hacia 1873, por añadidura, a modo de reconocimiento por haber implementado los corsos de Carnaval, la comparsa que se autodenomina Los habitantes del Carapachay regala a Sarmiento, entonces presidente de la Nación, una medalla conmemorativa con su esfinge caricaturizada en ella y con la leyenda: “Al emperador de las máscaras” (Bilbao, 1962: 180). Algo más de un año después, Casimiro Prieto Valdés estrena un “juguete dramático” con ese mismo nombre. Aunque para evitar la censura municipal se suprimen los nombres propios, el público reconoce y celebra a Sarmiento entre los protagonistas (la obra aparece referida en la prensa con un título que se anuncia apenas más picante: Una boda en el Carapachay). Así, el republicano presidente argentino no sólo es habitante de la selva del Delta, sino monarca absoluto equiparado al rey Momo. Y complementariamente: el contexto selvático es perfecto para insistir en la estirpe simiesca de Sarmiento. Si ha sido y será propagandista de las doctrinas de Darwin, su propia estampa servirá para “probar” satíricamente tales teorías (algo muy similar ocurría en Gran Bretaña con las caricaturas del propio Darwin).
Primitivismo, rusticidad, escasez de razón o sutileza y fealdad hacen del mono(imitación, indicio apenas de lo humano en algunas otras ficciones de la época) el retrato perfecto de Sarmiento. Años más tarde, es de nuevo Lugones quien se exaspera:
El Mosquito, periódico de caricaturas que no eran sino grupos de figurones chatos en que la cargazón de tinta suplía al rasgo incisivo, ó para decirlo en dos palabras, á la sobriedad propiamente artística, representaba el ingenio criollo: colección orejas asnales, jetas de mono, y demás factura, cuya ridicula monstruosidad nos resulta algo así como la paleontología de lo grotesco (Lugones, 1911: 255-256 n. 2) [subrayados míos]. 
El Mosquito, 18-2-1883Tapa. Caricatura sin firma
“El Mosquito tambien quiere felicitar al viejo Domingo en su septuagesimo segundo cumple-años y cree llenarlo de felicidad presentándole el poetico cuadro de su nacimiento, que tuvo lugar en un silvestre bosque de Sn. Juan” 
El exceso hace además que, en una prensa satírica que no abusa de las analogías zoológicas, existan, sin embargo, otras versiones animalescas de Sarmiento. Así, al murciélago y al mono, se suma un previsible burro (El Mosquito, 9-9-1883); la tozudez y el carácter pendenciero del toro (El Mosquito, 29-3-1868); y aun un elefante, en paquidérmica alusión a su “pesado” diario El Nacional (El Mosquito,5-10-1879). En su versión más ácida, y cuando no se vincula ya solamente a un beneficio económico sino también una acusación moral, esa voracidad brutal de Sarmiento lo convierte en una hiena. 
La Presidencia, III, 203, 27-11-1875, p. 3. Caricatura sin firma
“Sr. Gelabert. Justificada la identidad, fusile. Sarmiento. Gral. Iwanoski: Cualquiera sea el número, siendo enemigos míos, fusilelos por la espalda. Domingo Sarmiento” 
La naturaleza y sus excesos, por último, no sólo asoman bajo la forma animal. Mucho más revulsiva, por más imprevista, es la feliz ocurrencia de Martínez Villergas en su Sarmenticidio de 1853El subtítulo de su exitosísimo folleto, a mal sarmiento buena podadera”, encuentra un devenir-vegetal inscripto en el nombre de su héroe. De sugerencias rizomáticas y desmadradas, el nombre del folleto tiene la economía memorable de la injuria, y obtura o, al menos, desplaza a un segundo término la lectura de sus argumentos (que se entretienen en contradecir la versión que da Sarmiento de España en el volumen de sus Viajes (1849)).
El Sombrero de Don Adolfo, 5-11-1875. Sin firma
“Para esta parra, lector/ no hay podadera mejor”. Arriba, derecha: detalle
 
El nombre y el pronombre

el Pardo, el pardejón Rivera, el getón Santa Cruz, el manco Paz,
el pilón Lamadrid, el loco SarmientoEl apodo es el mordiente,
sin él no queda grabado el nombre en la memoria.
Sarmiento. “La Matraca (periodismo argentino)” (1878). 
A menudo, una de las formas en que se expresa la voluntad de ser escritor es la aparición de una firma y la reafirmación de un nombre propio que se pone al servicio de la escritura. En el caso de Sarmiento, la escena en la que él mismo narra su iniciación literaria tiene un núcleo explícito allí. Se trata del pasaje de la seudonimia, entendida como impostación de una voz y de una perspectiva (cuando firma su primer artículo como “Un teniente de artillería”) al reconocimiento de la autoría (antes que nadie, para él mismo). Todo está relatado, una vez más, enRecuerdos de Provincia. Otro pasaje de su obra hay también una iniciación que habla de ganarse un nombre. Se trata de la célebre y recurrida escena de Facundo(1845), el anónimo escritor de consignas políticas en francés, en la sala de los baños de Zonda, se convierte, a través de la publicación del libro que incluye ese fragmento, en autor que desde Chile fustiga a los tiranos con su nombre, convirtiéndose él mismo así, “como su héroe [vg., Facundo Quiroga], en un mito”. La aparición del nombre propio es en ambos casos un triunfo. Y no únicamente un triunfo biográfico, individual; es también un triunfo del talento y de la verdad, sancionado por la aclamación que cada uno de esos textos espera obtener de los lectores. La primera persona, el yo, queda completamente ocupada, habitada por la omnipotencia del escritor.
Quizá por eso el ataque más sagaz que pueda hacérsele a Sarmiento como escritor es, justamente, el negar la sustancia de esa firma y de ese nombre. Porque al hacerlo, se niega la sustancia de su referente. Así lo intenta, de manera ejemplar, Juan Bautista Alberdi, uno de los mejores lectores que tuvo Sarmiento, tanto en lo que hace a su obra como a su figura pública: “Porque Sarmiento, en sí mismo [afirma Alberdi en sus Escritos póstumos], no es nada. Es una fantasma cuyo valor total consiste en su apariencia de ser algo” (1899: 517). Desde perspectivas muy diversas aunque no necesariamente inconciliables, disciplinas como el psicoanálisis, la sociología de la cultura y la crítica literaria han reflexionado largamente sobre el nombre propio y también sobre el nombre de escritor en tanto dispositivos. ¿Es posible pensar, entonces, aun, en que persista una sustancia? ¿Qué ha hecho, en todo caso, Sarmiento, para burlar la amenaza de volverse, como su nombre, fantasma?
Intraducible, constante en cualquier lengua, el nombre propio porta, como uno de sus rasgos definitorios un trazo que lo une a su portador. Desmadrado, rebosante de la voluntad de ungirlo con múltiples sentidos y de llenarlo con predicados que den cuenta de sus acciones, la amenaza del nombre cuando se desborda es, sin duda, el apodo. Se sabe –el anterior y sumarísimo repaso es una prueba— que Sarmiento recibió muchos. Pero el gran riesgo del apodo no es que reemplace al nombre, sino que se deposite sobre él, como una mancha, una mota de polvo que, opacándolo, lo deja entrever. Pero antes que intentar limpiar o restituir el brillo a su nombre, Sarmiento elige dos estrategias que aumentan su apuesta. Por un lado, él mismo es el primero en descubrir, registrar por escrito, subrayar y finalmente, adoptar –cuidándose siempre de señalar su autor- los sucesivos apodos que recibe. Y por otro, al decidir reemplazar el nombre propio por el pronombre de primera persona. Si el nombre propio es por definición la falta, lo que demanda ser llenado por atributos, acciones, valores; Sarmiento invierte la relación de fuerzas y elige el deíctico, palabra de fondo inagotable, y en la que por definición no hay falta, desde que se llena con el contenido de su enunciación. Ni apellidos, ni linajes, ni rasgos heredados, entonces, a menos que se los convoque. Apenas un título, de lo más ramplón: “Yo soy Don Yo, como dicen”, anuncia, y de inmediato agrega: “pero este Don Yo ha peleado veinte años a brazo partido con Don Juan Manuel de Rosas y lo ha puesto bajo sus plantas;(...) todos los caudillos llevan mi marca” (OCXIX: 255).
“A mi progenie me sucedo yo”, no obstante, recordémoslo nuevamente, había escrito en Recuerdos de Provincia. Agregado el título, el mote de “Don Yo”, con que lo tildan y se tilda, es más que un señalamiento a la vanidad: es la síntesis extrema de un deseo de estatus en términos de la serie social y literaria –hidalguía, títulos, linaje; y también hispanidad, palurdismo, bravuconería-, que va acompañado de un término que puede, con lo mínimo que dan dos letras, serlo todo, llenarse de todo. El dislocamiento pronominal del auto engendramiento se potencia y continúa en este gesto. (Habría que leer esta fórmula como un punto de inflexión en una historia del “yo” y de sus definiciones verbales en la cultura occidental; una historia en la que para Sarmiento, probablemente haya que subrayar dos inflexiones, en sus formulaciones decimonónicas y francesas. Es decir, ubicar este “yo” sarmientino entre el reflexivo de Michelet, C´est livre est plus q´un livre, c´est moi-meme (Le Peuple, 1846) y aquel que disloca, para siempre, esa reflexividad y con ella, al sujeto mismo, cuando Rimbaud escribe: Jesuis un autre (1871)).
El Sombrero de Don Adolfo, una “caricatura político-dramática” que Casimiro Prieto Valdés quiso estrenar en Buenos Aires en 1874 y cuya módica notoriedad se debe, en buena medida, al haber sido censurada por la Municipalidad de Buenos Aires. La pieza ostenta, tras la lista de personajes, una advertencia singular e ilustrativa de la potencia de la autenticidad que garantizaría el “yo”:
“Al que leyere
El autor, en descargo de su conciencia literaria, se apresura a declarar que las palabras subrayadas que pone en boca del histórico personaje don Domingo, pertenecen a éste exclusivamente” (Prieto Valdés, [1875] 1934: 67). En la “caricatura político-dramática”, el personaje de Don Domingo se presenta con palabras como estas:
Muchos me silban, mas son
Gentes de mal corazón,
Gallos de mala ralea,
Dignos sólo del desprecio,
Y no de altivos agravios,
Pues no es justo que los sabios
Hagamos caso del necio.
Conmigo en consorcio van
Genio y talento profundo,
¡Yo soy antorcha del mundo
Y doctor de Michigan!
La autenticidad de las palabras de Sarmiento es, de hecho, uno de los argumentos que esgrime el autor frente a la censura municipal para intentar autorizar su obra teatral: ¿cómo considerar injuriantes en un personaje dichos que no han sido desmentidos por su enunciador referencial, real?
D. Domingo, que es el último rol que me falta establecer, es un personaje en cuya boca se ponen frases que pertenecen, de pública notoriedad, a uno de los hombres políticos del país. Ahora, y en este último caso, si no hay alusión, no hay ofensa; y si hay alusión,  de ninguna manera podría jamás darse por ofendido el hombre público a quien se atribuyeran sus propios documentos y palabras, que constan en escritos suyos y que él no ha retractado ni piensa retractar.
Si esas palabras son censurables, la censura, en ningún caso, podría recaer sino sobre su propio autor (Municipalidad de Buenos Aires, 1876: 112).
El “yo” de Sarmiento, identificado con el del personaje de “Don Domingo” oficia, en la argumentación, de garante ambivalente: habilita tanto el ejercicio de la sátira como el reconocimiento de que esas palabras constituyen una injuria.
Para Sarmiento, por último, las dos oes del Don Yo se abren como un espacio ávido y productivo. En el vacío que instala el deíctico, en la concavidad con que Sarmiento encuentra la posibilidad de un llenado incesante de obras, de discursos y de escritos, la prensa satírica argentina encuentra la clave de una interpretación. Sarmiento, literalmente, lo será todo: podrá ser cualquier cosa. Extravagancia, desborde, disfraz, locura, ínfulas y exceso encontrarán su fórmula visual en la variedad y la combinatoria virtualmente infinitas.
El escultor triunfa sobre el dibujante
(…) el rostro humano todavía no encontró su cara, y que depende del pintor que se le conceda una. Pero esto significa que la cara humana tal cual es está aún explorando con dos ojos, una nariz, una boca y dos cavidades auriculares que corresponden a los agujeros de las órbitas como las cuatro aberturas de la bóveda sepulcral de la muerte próxima. (…)
Antonin Artaud, “El rostro humano”.

Para Sarmiento, la prensa satírica encontró, justamente, los trazos caleidoscópicos con que sobreimprimir al vacío de las órbitas, al vacío del yo, un rostro –múltiple y variable- y un cuerpo humanos. Años más tarde, es de nuevo Lugones quien más se acerca a ensayar la misma operación. En el centenario del nacimiento de Sarmiento, Lugones inicia así su biografía:
La naturaleza hizo en grande a Sarmiento. Dióle la unidad de la montaña que consiste en irse hacia arriba, de punta; mas fuera de esa circunscripción al triángulo proyectivo que tambien perfila el remate de la llama, hizo de su estructura una aglomeración pintorescamente compuesta de piedra, abismo, bosque y agua. Así son de cerca esos caos donde parece expresar una especie de antiguo dolor ceñudo el desorden del granito. Su fortaleza manifiéstale en una ruda fealdad, como la carne del pobre. La breña negruzca, la desmirriada paja de la grieta, erízanle una pelambre de lobo. (…) Sabe que todo han de sacarle al rostro, menos vergüenza ó miedo. (…) (1911: 9 y 13).
Multiplicidad, naturaleza, fealdad, primitivismo, desorden y fiereza. Los tópicos se reiteran en la sátira, en la interpretación que se quiere neutral y aun en la hagiografía. E incluso en términos similares, en un pasaje que no puede sino pensarse como caricaturesco, Sarmiento imagina –una vez entre muchas- su lugar en la historia.
Es 1º de noviembre, el día de los muertos. Sarmiento, cronista, ha andado por la Recoleta entre tumbas de amigos y enemigos, repasando a través del paseo la historia argentina que, asume, no se separa de su propia historia. El recorrido va llegando a su fin.
Aléjeme de estos lugares poblados de recuerdos, de fragmentos de nuestra historia y pasando por delante del sepulcro de Rivadavia, de Brown, de D. Juan de la Peña, el maestro de escuela, porque en este sonambulismo del espíritu, hé adquirido la facultad de no ver sino lo que entra en el cuadro de mi propia vida, interrogo mis propias fuerzas, pido á mi espíritu la solución buscada, y cuando eureka! ya la tengo en las manos, siento que el impulso de la voluntad se detiene, que mis hombros se paralizan, y que una comezón en las plantas me anuncia que como aquellas ninfas castigadas por dioses celosos ó irritados, me arraigo en el suelo, me endurezco y consolido, mis facciones toman el aspecto griego del arte y me convierto en monumento del Cementerio... (OC XLVI: 84-91).
Si el Sarmenticidio de Martínez Villergas había revelado que el pasaje del monumento al devenir-vegetal estaba escrito en su nombre, del sarmiento a laparra, es su autor, protagonista y blanco quien se encarga de aprender de la sátira e invertir el camino. Ya no parra susceptible de sarmenticidio, sino para convertirse en ninfa de una mitología rocambolesca, Sarmiento se imagina monumento… de cementerio. El súbito giro fantástico de la crónica anuncia no sólo el triunfo de Sarmiento sobre la muerte, sino el del autor sobre cualquiera de las formas con que intente injuriarlo la sátira. Sarmiento la ha hecho suya para la posteridad.
El Mosquito, 24-11-1883. Sin firma. Detalle
En el pedestal del monumento se lee: “Gral. Dn. Domingo. Vencedor de Piojito. Creador del magnífico Puerto de Buenos Aires, del Parque 3 de Febrero, de los manglares, etc. Protector de animales y enemigo de los burros. 
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